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Gli Uccelli
19 August 2005, 11:01
“Te gustó”, dice Pacho O’Donnell a cada uno de los actores, después del ensayo. No es una pregunta. Les apoya la mano en el hombro y no espera respuesta, o no parece escuchar las pocas que se materializan. La mayoría apenas consigue emitir un tímido balbuceo mientras asiente. Uno de los actores, el más distraído o el más despierto, lo mira de arriba a abajo y le responde con otra pregunta.
—¿Usted es…?
El autor da un paso atrás, tal vez para facilitarle al incauto la perspectiva necesaria.
—...O’Donnell.
—¡Ah! ¡Pancho!
La obra de Pancho, que sus actores desprecian (“no hay drama, no hay nada, no es una obra,” dice uno, “es un audiovisual con actores. ”) es nominalmente sobre Van Gogh, aunque no oculta la temeraria intención de trascenderlo. Sus metáforas vienen explicadas en un suplemento didáctico que Clarín publica en la forma de entrevista. Quienes objetamos la composición maníaca abochornante de Martin Scorsese en Sueños de Kurosawa no imaginábamos que podría haber sido peor. Podrían haber sido Pacho y Raúl Rizzo.
“Raúl ha evitado el riesgo de actuar un loco,” dice O’Donnell. “En general se lo actúa como a un loco. En cambio Raúl ha detectado que Van Gogh fue un ser sensible”.
Porque, como todos sabemos, la sensibilidad les está vedada a los locos. Esa sensibilidad que llevaba a Van Gogh a comerse sus pinturas, para no mencionar la automutilación, el suicidio y otros detalles menores. ¿De dónde sale esta ambición revisionista de negar hasta la enfermedad mental más evidente? ¿O’Donnell leyó las Cartas a Theo y concluyó que el tipo era ¨sensible”, nomás? ¿Es aventurado relacionar esta reinterpretación de la personalidad de Van Gogh con otra que mencionábamos aquí hace poco? Veremos que no.
Tal vez, sugiere O’Donnell, su obra tenga el mismo origen que su libro sobre el Che Guevara: “En una sociedad en la que somos inducidos a desear lo que otros quieren que deseemos, a pensar lo que otros quieren que pensemos y a hacer lo que otros quieren que hagamos, estos personajes son clave.” Rizzo, que detecta, agrega: “La sociedad de consumo impone atractivos falsos y no permite disfrutar de la vida, de la naturaleza, de las mejores cosas.” El cronista de Clarín, en un momento de inspiración, repregunta: ¿Cuáles son esas mejores cosas? O’Donnell calla, y Rizzo detecta, en este caso, que tendrá que decir lo primero que se le ocurra, aunque no tenga demasiado que ver ni con la pregunta ni con Van Gogh.
De entre todas las cosas sobre las cuales no nos ponemos de acuerdo, la salud mental ocupa un lugar privilegiado. Nadie sabe nada. Mejor dicho, muy pocos saben algo, y esos pocos suelen ser bastante cautelosos. Pero incluso la minoría que se ha decidido por una postura unívoca sabe que no podrá sostenerla sin una fuerte base teórica. Todos, salvo Pacho, coincidirán en que Van Gogh sufría de depresión clínica. Walker Percy dirá que esto era precisamente un signo de la salud de Van Gogh, y Peter Kramer (que es mucho menos inteligente que Percy pero atendió a más pacientes) verá en ello una enfermedad. Nadie en su sano juicio (je) le echará la culpa a la sociedad de consumo. Pero la Argentina da para todo.
Pacho tardó un mes en detectar que una nota sobre el Che Guevara publicada en La Nación merecía respuesta. Detectó mal. El artículo fracasaba rotundamente en su intención de presentar al Che como un loser, entre otras cosas porque la exagerada y tendenciosa visión de Gioffré carece de tono. No podés presentar esa ristra de extrapolaciones como si fueran comprobaciones objetivas. Gioffré sólo acierta a medias cuando se acerca, sin querer, a la comedia (“el Che cometió el error de confiar a Fidel Castro una carta para ser leída después de su muerte y Castro la leyó prematuramente, traicionándolo”) [¡Qué boludo!] o cuando menciona a pasar a los hijos del Che, desperdiciando un argumento interesante al demostrar que a él le importan tan poco como a su padre. Un libelo torpe, mal escrito por un abogado de derecha, no amenaza el equilibrio del universo. Todo lo contrario: sedimenta lo que pensamos de tipos como Gioffré y del medio que los publica. Ya se extinguirán solos. Está todo más o menos bien. Oh, no. Ahí viene Pancho, a hinchar las pelotas.
El retruécano de O’Donnell es, por supuesto, insostenible. Está, increíblemente, peor escrito que la nota que le dio origen, y no consigue rebatir ni uno de los endebles postulados de Gioffré El Salvaje. Como tantas otras veces, es el supuesto portador de un discurso más civilizado el que nos obliga a abandonar nuestro café con leche para incorporarnos a una lucha en el lodo que era completamente innecesaria. Haciéndonos eco de las certeras críticas de Monolingua (a nosotros también nos aburre hablar siempre de lo mismo), asumiremos que la nota de O’Donnell se impugna sola y por lo tanto no necesita mayores comentarios. Nos permitimos, eso sí, un párrafo más como anotación al margen, resignados a que la cuestión de la salud mental en la política seguirá siendo un tema habitual en estas páginas.
En su artículo, O’Donnell se asegura de aclarar que su defensa del Che Guevara no tiene nada que ver con el marxismo ni con una interpretación más bien académica del zeitgeist sesentista. No. El defiende a Guevara porque estaba loco. Cita incluso, volviendo a los problemas de Van Gogh, a Laura Restrepo, una escritora Colombiana que me alegro de no conocer más que de nombre:
En esta sociedad de consumo, nada hay más cursi que el heroísmo, dar la vida por algo, la épica, el culto a los muertos o el hecho de morir por amor.
Y uno, que vive combatiendo otras cosas de “esta sociedad de consumo”, siente escalofríos al pensar por un momento que una alternativa deba necesariamente incluir esas iniquidades. Después se acuerda de a quién está leyendo, y se despreocupa.
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