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the south downs
Acá falta algo. Ya va.
Estamos ordenando.
Mientras tanto:
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Esteban Schmidt
14 08 2005 - 19:24
El viernes pasado estuvimos en el casamiento por civil de una pareja amiga de TP. La ceremonia se hizo en Bonpland y Córdoba, en un salón pintado de blanco del primer piso, con luces de tubos y puerta corrediza de madera. El juez estuvo discreto en sus dichos aunque con un poco de ironía que agradecimos todos. “Bueh, esto es lo que dice el código civil”, dijo cuando terminó una de esas parrafadas que entran en contradicción con todo lo que uno ya ha vivido, visto en películas y hablado en terapia. Pero no deliró, ni divagó ni aventuró sobre usos y costumbres de la pareja, como se hace en tantos civiles donde hasta los padres de los que se casan se terminan agarrando la cabeza.
Lo más jugoso, como siempre, vino en la reunión posterior en la residencia conyugal de Acasusso. El catering lo aportó Sudestada, un restaurant asiático de Palermo Hollywood y, por lo tanto, no sabemos qué comimos ni cómo se pronuncia. La entrada fue algo que definiremos aquí como “bastones de chancho y pescado, envueltos en hojas de lechuga hidropónica con brotes de soja”. Complicado de comer y mucho más de parado y con una copa en la otra mano.
Un ex ministro de la Alianza terminó apoyado en una barra y puso la lechuga encima de una servilleta y empezó a comer con las manos como si fueran chikenitos y él tuviera cinco años. Su esposa, que no se despegó un segundo de su hermana, le imploraba con la mirada que comiera bien y lo amenazó con irse si no se comportaba. Minga se iba a ir porque parada en una casa cheta, con una copa en la mano funde su ser con el ser. Y con su hermana, que es de la misma calaña, desplumaron a todos los presentes aunque se sintieron incómodas con las presencias de algunas modelos amigas del matrimonio que llegaron con Mike Cameroni, unos de los rrpp más queridos por el progresismo.
Sentados en ronda en cuatro BKF’s , un abogado laboralista, un viejo coronel del CEMIDA, un ex senador radical y un viejo dirigente del Partido Comunista hablaban de política, como en los buenos viejos tiempos del restaurant Pedemonte, cuando civiles y militares con ambiciones vivían en la avenida Santa Fe, entre Callao y Cerrito. Uno de ellos sorprendió a todos al mostrar el libro de Martín Sivak sobre Mariano Grondona, de aparición inminente en las librerías, que lleva el nombre de “El doctor”. Las canciones amables de Jack Johnson y el serpenteo de las mozas mantenían uniformemente distribuidos a los cien invitados por la inmensa casa de dos plantas, hasta que la aparición del libro generó un revuelo llamativo en torno a estos hombros hundidos en el cuero de los sillones. Un productor comercial de televisión que trabajó para Grondona le imploró al ex coronel que se lo prestara y éste le dijo “mirémoslo juntos”. Si en algo pensábamos en los tiempos de Aquellos soldaditos de plomo era en esta fraternidad entre un joven productor de televisión homosexual y un viejo militar. Los dos se pegaron los brazos y juntaron sus miradas en el libro sobre Grondona. Y después de buscarse a ver si aparecían, se entusiasmaron con los párrafos dedicados al tipo de relación que unió a Grondona con Wences Bunge y más frívolamente con la que lo unió con una periodista de su panel.
No llegamos a leerlo pero, por los comentarios de quienes lo hojearon, el libro puede ser una lápida pesada e inesperada para la trayectoria de Grondona, quien pese a los mil y un cuidados que tuvo para mantenerse impoluto dejó muchas zonas de su vida sin costuras, las mismas en las que se metió Sivak con y sin permiso, para desgracia de Elenita Lynch, su prole, el doctor Grondona hijo y el millar de salames que creyeron que Grondona padre fue profesor en Harvard por sus méritos y no porque un grupo de empresarios hizo una colecta para comprarle una cátedra al periodista asociado a todas las causas malas de la historia.
Como segundo plato se sirvieron unos ravioles rellenos de una proteína a determinar y que fueron servidos directamente desde un wok. A estos, luego, había que empaparlos en alguna salsa y siguiendo la recomendación de José Ignacio López, lo hicimos en chili. Escuchamos la rotura de al menos tres copas y el vino derramado era un Marqués de Griñon cosecha 2000 cuyas cajas regaló un economista de la CEPAL. Demasiado roble fue la coincidencia generalizada en la degustación. Para el remate, champagne Norton extra brut, bastante bueno, aunque lo que confunde un poco a los pobres es que ya no tomamos tanto champagne como antes del megacanje y se pierde la memoria en las papilas gustativas. En síntesis, un almuerzo modesto pero amable y con emociones parejas. El postre fue un palito helado de jengibre, bañado en chocolate.
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Un resumen de lo que escuchamos y dijimos en las distintas rondas en las que estuvimos.
Kirchner gana en la provincia pero por menos de lo que espera, lo que automáticamente puede traducirse como un triunfo de Duhalde. (Políticos, periodistas y diplomáticos retirados y en actividad coincidieron con esto)
Guillermo Cañas falta a la verdad. Dijimos que en TP se parte de la base que los análisis están bien hechos y que por la cantidad de fallidos que tuvo Cañas en los reportajes que dio, nos animamos a concluir que no dice la verdad cuando menciona a Chinchilla, el médico mexicano del torneo de Acapulco como el responsable de haberle suministrado el diurético. Si tenemos razón, Cañas y su entorno son gente mala, como para empezar a hablar. Lo que no es ninguna novedad porque el mundo del tenis es un ambiente bastante desgraciado. Basta ir al Abierto de Buenos Aires cada año y ver el ambiente más de mierda de la Argentina. Y no es que el tenis sea individualista, sino que estos son hijos de puta y en todo caso se valen de la individualidad del deporte para justificar, pobremente, su egoísmo.
Lo otro que dijimos es que Cañas no le sirve al negocio, pero no por comunista, sino por negro y por ser uno entre cinco jugadores blancos y con chances de ser top ten de la Argentina. Si fuera el único argentino importante, estaría vestido por Adidas o Diadora y sería la cara de varias marcas. Pero sonó, ya están Coria, Gaudio, Nalbi, Mariano Puerta, que son blancos. En el mercado internacional no funciona tampoco. A nivel mundial funciona si sos uno o estás, sostenidamente, entre los cinco primeros como Roddick o Hewitt. Por lo tanto, Cañas en el top ten incomoda. No ayuda a vender torneos, tickets, transmisiones de televisión. Entonces, si el doping es verdad, no es menos cierto que la forma de caminar de Agassi y Roddick no se hace en la academia de Gene Kelly. Es con pastillas de colores tomadas con yogur desde los siete años. ¡Y andá a sancionar a Paradorn Srichaphan! Un tailandés que ayuda a vender cien millones de zapatillas por año en el sudeste asiático y que está 41 en el sistema de entradas de la ATP. Nos fuimos aplaudidos por lo que dijimos. El alcohol además nos pone apasionados para tratar todos los asuntos menores.
De inmediato nos colamos con Manuel Trancón en una ronda donde la palabra la llevaba un escritor con una obra publicada en Interzona. Estaba vehemente también, con una copa en la mano y con la corbata con ositos desajustada, como un escolar.
Estaba ácido por el jurado designado por editorial Planeta para su premio de Novela del 2005. Dijo algo así:
“Quien gane el próximo premio Planeta estará muy contento por el reconocimiento a su obra, por la plata que le permitirá vivir tranquilo al menos dos o tres años, por la publicación que irá acompañada de publicidad y porque se asegura que le publiquen el libro anterior al del premio y, por lo menos, también el posterior. Pero se tiene que comer el garrón de haber sido elegido por Magdalena Ruiz Guiñazú, viejo. Y los sádicos de la editorial lo van a destacar en las primeras hojas del libro antes del capítulo 1 de una novela que al tipo, a lo mejor, le costó el desprecio de su hijo mayor, una tendinitis, una panza irreductible y remontar una desconfianza en si mismo apilada por siete generaciones. Pero no, no lo pueden hacer perfecto. No puede ser que te elijan por lo que hiciste y que lo haga un jurado digno o respetable y que en el acto de premiación te den un abrazo y callen para que hables vos, si querés decir algo, o para que nadie diga nada más porque lo que hubo que hacer se hizo. No, no alcanza. Es: vení, presentate a los premios, te damos cien lucas, cincuenta meses sin trabajar, pero antes un poco de dunga dunga. Si te elegimos, la que te elige es Magdalena”.
Enseguida se habló mal de la Conadep. De Sábato, de la Walsh, de Manuelita.
“¿Y el premio Clarín”, preguntó Trancón dándole manija al tipo.
“Ah, quien gane el premio Clarín tendrá que comerse el discurso de la apropiadora y que te toque , que te de un beso y que te diga delante de todos que le gusta lo que hiciste. Después dar el reportaje en Ñ y decir cómo empezaste a escribir y dar un montón de definiciones idiotas sobre las cuales no tenés la edición final”.
“Ah, y ahí vi que hay unas charlas con escritores en el Llao Llao y en el Alvear”, continuó Trancón cebando al tipo.
“Claro, y si además ganás el premio, tenés que asistir a las charlitas en Pinamar, en el Alvear o en el Llao Llao. Lo que no está mal, si el catering es bueno y hay frigobar en la habitación con cargo a ellos. La cagada es que no podés escribir sobre eso. Una vez alcanzada esa cumbre nacional no se escribe más sobre las cosas que te pasan todo el tiempo y pasás a escribir sobre las que no te pasan lo que te convierte en un idiota. No escribís con tu emoción, sino con lo que se espera que sea la emoción de un escritor. No decís la verdad, aunque sea tu arbitraria verdad sino que acomodás todo en función de asegurarte la reproducción calórica y simbólica”.
Trancón se quedó y yo, que estaba confundido por el vino de día y el champagne y por haber comido como si fuera un inmigrante, me fui a acostar. Me tiré en el sommier del flamante matrimonio en la planta alta y prendí la tele para ver el partido de Puerta Nadal por el AMS Montreal. Pensé un segundo que para no ser idiota y seguir escribiendo la verdad hay que traicionar a los que te ponen la manito en el hombro y que el precio consiguiente es la soledad y la pobreza. Por suerte entraron las dos minas amigas de los novios y que fueron con Mike, Solange Cubillo y Gaby Creciente. Se acostaron conmigo a ver el tenis y enseguida se sumó Mike, que, como todos, se sacó los zapatos y se quedó en unas medias de siete colores. Los conozco bien a los tres. Con Solange cenamos una vez en Pinamar en una mesa totalmente absurda en su composición porque estaba el profe Córdoba y otro amigo platense. Entonces estaba casada. El viernes no. Puerta perdió pronto, Mike se fue cuando le sonó el celular y Gaby se quedó frita.
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Una hora después bajamos cuando la música, hasta entonces en inglés, se hispanoamericanizó de manera dramática. La angustia, la pena profunda, las ganas de largar todo, de dejar de estudiar y leer, de hacer las cosas bien, de hacer el bien, de separar el cartón de los residuos orgánicos, llegaron con Jorge Drexler.
“El padecimiento de los seres humanos puede no tener fin”, dijo Trancón cuando me vio la cara.
“Ayer leí en Clarín que este uruguacho tiene un hermanito que se llama Diego y que tiene una banda que se llama Cursi”, dije yo.
“Esperá”, dijo Solange que escuchaba entretenida y enamorada. Y fue a buscar un Clarín del jueves, del estudio de su amiga.
Era en una de esas entrevistas en profundidad que hace el Clarín Espectáculos llamadas Minirrepo.
Dice Drexlerito que editaron un disco en la Argentina llamado Corazón de hotel, que ya está en las disquerías y que a fines de agosto viene a Buenos Aires a presentarlo.
—¿Tu hermano (el músico Jorge Drexler) ya lo escuchó?
Sí, igual trato de no mezclar las cosas y que si compartimos unos pocos días de vacaciones sea para surfear juntos y hablar de cualquier cosa. No de contratos y trabajo. Si no, no parás más.
“Ay, que dolo’, ay que dolo’, ay que doloooo’”
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Bueno, sin otro particular. Y para que haya más para leer agregamos fragmentos de una entrevista que le hicimos a Mike para la revista Quien hace unos años cuando terminaba la temporada en Pinamar.
—¿Cómo se llega a ser relacionista público?
—Te puedo contar mi vida de estos años y de ahí sacar una conclusión. Estudié arquitectura en la Universidad de Belgrano pero llegué hasta tercer año nomás porque me fue gustando mucho el diseño y la ambientación. (Mike ambientó casi ochenta lugares, entre restaurants y discos). Luego trabajé también en Páginas Doradas en el área de marketing y publicidad. Me dedicaba a la producción gráfica de las guías. Como se ve distintos trabajos que fueron convergiendo. El mundo de las imágenes, en diferentes soportes, para distintos usos y luego sí, el trabajo posiblemente más definitorio: Mi hermano Rubén era el dueño de una discoteque llamada Cinema que estaba en la avenida Córdoba y empecé a manejar las públicas del lugar, armé el vip, los viernes y sábados. Me convertí en el anfitrión de gente famosa.
—¿Qué es para vos un anfitrión?
—Alguien que tiene que lograr que los invitados se sientan cuidados, que los haga sentir bien. Eso hago yo. Me integro a ellos y los integro con otras personas. Me encargo, me importa que la gente se sienta cómoda. Y creo que he llegado a un punto alto en mi trabajo. No lo manejo concientemente pero me doy cuenta que es muy loco cuando la gente llega al lugar donde soy anfitrión. En cuanto me conocen, bajan. Bajan las revoluciones, las ansiedades, los nervios. Y ser anfitrión también es divertirse siéndolo y a mí me divierte mucho mezclar la gente dentro de un mismo espacio.
—¿Por qué Mike y no Miguel?
—Mi nombre es Miguel Angel pero en el jardín de infantes al que fui de chico, La Asunción en Núñez, eramos tres chicos llamados Miguel. Para diferenciarnos, una de las maestras me llamó Mike y ahí quedó.
—¿Y cómo eras de chico?
—Supongo que normal. Aunque hice terapia entre los seis y los once años.
—¿Y por qué?
—Porque no me integraba socialmente con mis compañeros.
—Uy, el colmo del relacionista público. Y ahora ¿podés integrarte o lo tapás con el trabajo?
—Me cuesta relacionarme con las personas. Y supongo que por eso no puedo parar cuando estoy trabajando. Es así, siempre tengo la cabeza funcionando. Trabajo desde que me levanto hasta que me acuesto. Me desespero porque la gente esté bien. Cuando paro la máquina me siento vacío.
—Y ahora qué, que no hay temporada.
—Error, la temporada no empieza cuando llega la prensa ni cuando llegan los veraneantes. Nuestro trabajo empieza mucho antes. Hay que ir al lugar, decidir qué, con cuánto, cómo. Todo para estar listos el día que arranca la temporada. Y cuando termina la temporada de verano, me pongo a trabajar para la de invierno. Así que ya mismo estoy empezando con la temporada de Las Leñas. Empezar a organizar el trabajo es lo más difícil.
—Vivís rodeados de modelos, femeninos y masculinos. ¿Se te acercaron para pedirte condiciones por alguno de ellos?
—Alguna vez alguien me preguntó que cómo podía hacer para conocer mejor a alguna amiga con esa intención que vos decís. Pero la verdad es que nunca, nunca podría ponerme en el lugar de responder esa pregunta o de hacerle una sugerencia a una amiga.
—¿Estás en pareja?
—Me separé el día de fin de año y no he reincidido. Umm, no sé. Me cuesta armar una pareja. Siento que nadie me sigue el tren.
—¿Adoptarías un bebe?
—No, no podría. No me daría el tiempo. Y para que la críe una nurse, nunca.
—Otra característica tuya es que sos quejoso.
—Ay, sí. Es que no me siento vivo si no soy quejoso.
—Ah, ¿y por qué siempre tenés chofer?
—Porque siempre me gustó que me trasladen pero, ojo, me gusta sentarme al lado, porque es más seguro.
—Y por último, ¿qué es un personaje top? La última definición de tu diccionario.
—Mi definición más sencilla es la siguiente. Un top es alguien que entrando en un lugar se diferencia absolutamente del resto, que brilla, por elegancia, por trato que da y por trato que le dispensan.
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