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Eliseo Brener
11 August 2005, 12:54
—Al fin y al cabo, la poesía siempre viene bien.— dice el vendedor en el colectivo. Al terminar su alocución empieza a repartir los libritos con esa mezcla de prepotencia y casualidad que ya todos aceptamos con un cocktail complementario de pereza y desinterés, que no queremos ponernos a discutir en una discusión prestada, ni inventar argumentos que se habrán desvanecido para cuando suba el próximo vendedor.
Yo acababa de comprarme el libro integral de cuentos de Saer, como fruto de un intercambio que me resultó satisfactorio. Un ricachón que vive en un piso desde el cual no solamente se ve el río, sino también la costa uruguaya, pero que aún así no paga banda ancha en su casa porque sale muy cara y no se puede andar jodiendo con los gastos fijos, me pidió que lo visitara para hacer funcionar la impresora multifunción que se trajo de USA, el último modelo de HP, que le habrá costado como 40 dólares menos que acá. En resumidas cuentas, mi trabajo consistió en hacer que el fax de la impresora multifunción atendiera al tercer ring en lugar de atender al quinto (como venía programado de fábrica). Después tuve que explicarle en qué consiste escanear un documento, porque de todas las funciones que tiene la multifunción, esa aún no había sido explotada por él. Después cobré y me fui. Me había ofrecido algo de tomar y yo había pedido agua fresca, sin gas. Me vino a la cabeza uno de los dichos del General, ese que se refiere a que cada cosa ha de servir para una única función y no como en el caso del sofá-cama, donde uno se sienta mal y duerme peor.
La cuestión es que los morlacos que cobré por esa ínfima visita alcanzaban justo para comprar el libro de Saer (por el cual había preguntado justamente a la mañana.) Cuando la coincidencia es tan grande no hay que dejarla pasar. Después resulta que uno no realiza esa gratificación y la plata termina yéndose en algún episodio infausto, como ser que se jode la batería del celular y hay que comprar una de repuesto.
Venía entonces hojeando mi libro cuando el vendedor de colectivo empezó a ofrecer sus poemas, que no eran suyos, sino de Alfonsina Storni, Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado: poemas de amor. Tuve que hacer una maniobra para sacar el cuadernito y anotar la frase con la que el tipo se dirigía al público y que elegí para comenzar esto y –mientras anotaba, justo en ese momento– el tipo ejerciendo su distribución compulsiva empieza por mí y deja su librito justo debajo del cuaderno donde yo anotaba. Su mirada fue –creí ver– la de quien dice: “después vamos a arreglar cuentas”.
Mientras hacía su recorrida por todo el pasillo del colectivo, yo pensaba si acaso el tipo podría demandarme por utilizar su frase en un texto. Este tipo de persecutas siempre me aquejan, como cuando tengo que entrar a un edificio en el momento preciso en que alguien está saliendo y como no vivo ahí y sé que todo el mundo está obsesionado con que al salir de su casa se le metan chorros aprovechando la puerta abierta, entonces me quedo a cierta distancia, esperando que la persona que iba a salir salga para luego tocar yo el timbre. Pero aparentemente mi actitud –demasiado pensada y poco espontánea– siembra una sospecha aún mayor y entonces la situación que se produce es mucho más tensa que si no hubiera pensado nada y simplemente me hubiera dejado llevar por mi impulso.
Pienso de repente en los colectivos como espacios atemporales, donde las noticias no llegan. ¿Por qué se me ocurre esto? Quizá inspirado en el tipo de objetos que ahí se venden, que algunas veces pueden resultar tentadores, pero se saben inusables de antemano. No estoy hablando de mala calidad, sino de una cualidad de uso que quizá esté adaptada a otro espacio-tiempo que no es el nuestro de la vida cotidiana, sino el que nos imaginamos durante el viaje. Un ejemplo: linternas con batería recargable. Inmediatamente –y siempre en el contexto del colectivo– el artefacto parece la herramienta para dominar el mundo. Esa sensación se acaba ni bien pisamos nuevamente el cordón de la vereda y nos volvemos a transformar en los seres miserables y con necesidades básicas insatisfechas que creímos haber dejado de ser durante el trayecto.
Quizá hubo un tiempo en que las noticias se infiltraban en los colectivos porque había quienes compraban el diario en papel durante la semana (hace mucho mucho) o incluso porque durante un tiempo breve (hace no tanto) se repartían diarios gratuitos aún más breves en el colectivo. Después, como siempre, resultó que los números no daban, se terminaron los de regalo y con más razón aún los pagos. Incluso los pibes que compraban el Olé creo que ahora por la misma guita entran en el cyber, ven los títulos ampliando el chisme que les interesa, y de paso entran un rato al messenger.
Al momento de volcar estas impresiones ya pasó el tiempo vertiginoso y frenético del desplazarse por la ciudad durante la jornada laboral. Sobrevino otro tipo de reflexión. Aquí y ahora las noticias existen de una forma diferente porque uno les presta atención, aunque no dejan de ser vagas, etéreas, lejanas; a menos que se trate de algo tan banal como que una huelga nos afecte (hace rato que no se las nombra así ¿vieron? Se les dice paro. No es lo mismo.)
O bien que uno se ponga a pensar en el tema y hacerse preguntas.
Y desde hace un par de días está el asunto de esta chica Ana Rita , que inició un juicio civil para cambiarse el apellido, porque su viejo –que ya se murió– no solamente fue represor durante la dictadura, sino que además se jactaba en la intimidad y contaba a su familia detalles de sus torturas.
Uno no puede dejar de buscar significados en los nombres –mucho menos en casos como estos–, y resulta muy curioso y nos causa aún más sorpresa la coincidencia de que la chica al abandonar el apellido del padre, (que es Pretti y significa algo así como puros o sin mezcla) tenga que optar –me imagino que por descarte– por el de la madre, que es Vagliati y significa algo así como tamizados o depurados y que quizá parece a simple vista que son lo mismo, pero pasar de puros a depurados implica no menos de un paso.
Cuestión que mucho juicio, pero después de muerto papá (que además disfrutó de los beneficios de la Ley de Obediencia Debida). Entonces uno no sabe si es algo malo porque el tipo ni siquiera paga con la afrenta que le infligiría la hija, o peor aún al pensar que quizá con el padre vivo la chica temería sus represalias. O quizá sea en realidad mejor, porque muerto el padre, la cuestión sale del terreno de una rencilla familiar para tener un espacio público más claro. Desconfío de esta última posibilidad. Para mí, todo el asunto huele a paternidades y filiaciones pésimamente construidas. Y este asunto, el de las paternidades y las filiaciones como motor de todo el devenir humano es algo tan amplio que lo vengo abordando cada vez que me pongo a escribir y ni siquiera le rasguño la corteza.
El tema (¿el de la represión? ¿el de las paternidades y las filiaciones?) es tan escabroso que vale la pena observar el enredo en el párrafo que sigue.
Comentó que a su padre, un comisario retirado de la policía bonaerense que se benefició con la Ley de Obediencia Debida y murió en abril, prácticamente no lo vio en un año, desde mayo de 2004, cuando tomó la decisión de cambiarse el apellido, algo de lo que el represor se enteró por sus hermanos, que, comentó, no piensan como ella.
Aunque provenga de Clarín, ese texto no es ininteligible de la misma forma que siempre.
Termino preguntándome por la cuestión de los represores. El horror. La obediencia debida que fue, que no podía ser pero se discutía y que ya casi no es más. Nos fuimos quedando, un poco forzosamente, en la discusión del mero juicio y castigo sin avanzar más allá.
Los represores se han ido convirtiendo en una especie de feria de exhibición de monstruosidades. De alguna manera, todos los abordajes a un tema tan desequilibrante van por el camino de dar a entender que –una vez que todos los denunciados en el Nunca Más hayan recibido un castigo o se hayan muerto– el problema se habrá terminado (algo así como otra versión de muerto el perro, se acabó la rabia). Eso en lugar de acercarnos a la pregunta: ¿cómo fue que llegamos a esa situación?
Aclaro (y me aclaro) por si hiciera falta, que deseo que todos los represores sean juzgados y condenados.
El colectivo entonces, pienso, es uno de los mejores lugares para la reflexión y la búsqueda de respuestas aparentemente azarosas a las intrigas que nos andan rondando. Como jugar una especie de I Ching con cualquier cosa que esté al alcance de la mano. Incluso obtener y guardar respuestas por anticipado, que ya aparecerán las preguntas. Así es como ayer, antes de ponerme a pensar en estas cuestiones, súbitamente pispeé el apunte subrayado que leía la chica del asiento de al lado:
Las pulsiones pueden resumirse en dos instintos básicos: el erótico y el tanático, los dos presentes al mismo tiempo y sin los cuales no podríamos vivir. El erótico tiende a satisfacer los deseos, el placer y la vida. El tanático básicamente es una pulsión hacia la agresividad, la destrucción y la muerte.
Cuando levantó la vista para pispear a su vez lo que yo anotaba, cerré de golpe el cuaderno sonriendo: como tantos otros juegos, se pierde el sentido si se devela el misterio.
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