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Esteban Schmidt
7 August 2005, 13:12
“A partir del lunes, los alumnos secundarios del colegio Mariano Acosta retomarán las clases en la Facultad de Ingeniería de la UBA, en Paseo Colón 850. Así lo resolvió la Secretaría de Educación, ya que el edificio del colegio, en Urquiza al 200, sigue clausurado por la Justicia porteña.
Los chicos serán llevados a la Facultad en micros que contratará Educación. Lo mismo sucede con los alumnos primarios, a quienes ya se les dan las clases en el Instituto del Viajante y en el Colegio Da Vinci. El Acosta, que está en plena refacción, tiene las clases suspendidas desde el 8 de julio por orden del juez Fernando Lima, quien hizo lugar a un amparo de un grupo de padres que reclama un plan de seguridad mientras duren las obras.
El jueves, Lima inspeccionó el edificio pero no levantó la clausura porque aún hay fallas en la instalación de gas. El martes, un obrero que trabajaba allí murió tras caer de una escalera”.
Mi vida escolar empezó en marzo de 1974. No me lo acuerdo como si fuera ayer pero al menos me acuerdo como si me hubiera pasado a mí. Pudo haber empezado un año antes cuando me sentaron un día entero en un aula del Normal 1 para ver si me adaptaba al primario a los cinco años y medio. Pero me fue mucho mejor a los seis y medio y en el Normal 2, en el Mariano Acosta. Un psicólogo de camisa blanca y barba me hizo hacer unos dibujitos con crayones en la sala de usos múltiples del primer piso, unos días antes.
El Mariano Acosta es gigantesco, ocupa media manzana en el barrio de Once, en la parte no textil, no judía, no coreana, de Rivadavia al sur, en Urquiza y Moreno y 24 de Noviembre, una zona de lagunas hace 120 años. La escuela y éste edificio no son del mismo día. En 1874 se crea la escuela normal pero funciona en dos edificios distintos y consecutivamente mientras se construía el definitivo que estuvo listo en enero de 1889, años antes que el edificio del Congreso y que el Teatro Colón. Como tantas cosas que uno ve, esa escuela es de otro siglo, de otro tiempo, de otro país, como la estación de Constitución o Retiro. O el Congreso y el Colón. La entrada tiene la gravedad de una catedral, el vestíbulo es para rodar películas con reyes, el salón de actos tiene un cielorraso como el del Colón o la Capilla Sixtina, pero donde está representada la figura de “la verdad”, y las escaleras de mármol blanco que llevan para arriba y para abajo son versallescas.
Por los dibujitos o por sorteo terminé en primero “A”, en un aula de la planta baja donde los pupitres son diminutos. Alguien nos hizo creer que a la mañana íbamos los que seríamos más machos, los que nos bancábamos salir de casa con frío y de noche, y al “A” los que seríamos más inteligentes. Todo fue cierto.
Algunos días antes, con calor, con el cielo celeste, mi mamá me llevó a una librería de Rivadavia y Paso y compramos los lápices, la Sheaffer, una cartuchera y una valija en la escala del pupitre y de mi brazo. Mi mamá me daba fuerte la mano, me la agarraba. Yo sentía el calor pero también los huesos de sus dedos y, a veces, parece que esta mujer llamada mami me estiraba, no me llevaba. Pero íbamos a algún lado, eso es seguro. Ibamos para adelante y para arriba. Mi papá era entrerriano, del medio del campo, mi mamá de Corrientes, al lado del Obelisco y yo ya era del Mercado Spinetto adonde me arrastraban una vez por día a hacer las compras e iba por todo.
El sábado antes de ir a clase, mami me compró los zapatos y el domingo me hizo una sopa de arroz, unas salchichas y un huevo duro y tomé agua de la canilla con un cubito. No recuerdo la cocina, ni el departamento, ni a mi papá. Recuerdo el color miel del vaso Durax, el ascensor, la luz del pasillo, la puerta de entrada al edificio y la panadería de enfrente.
Y no, no recuerdo el primer día de clases, una lástima. Aprieto el cerebro con la puerta del cuarto y hago fuerza y sólo me veo tres veces a los seis años en la escuela.
Me veo con la mano del maestro acechando por la izquierda con una lapicera Parker verde poniéndole un puntito a la primera línea en el margen izquierdo de una primera hoja de un cuaderno de tapa dura desde donde debía arrancar mi trazo para dibujar, posiblemente, la primera letra escrita con tinta que habrá sido la M, como se acostumbra.
Me veo acomodado por el fotógrafo, con los percheros de fondo, sentado mirando a la ventana por donde entra la luz, y veo la foto que me sacaron y me veo hermoso y feliz. Si cierro los ojos recuerdo la poca luz de la primera hora de invierno, la penumbra y el frío y la mano del maestro y los pelitos en los dedos y las líneas gruesas que tienen las manos de las personas grandes.
Veo el pizarrón negro y grande como un arco y lo que me enojaba que el maestro Politti fuera un hombre tan seco y que no se riera nunca. Me acuerdo de mis dos compañeros de clase que eran negros argentinos, Correa y Cuevas, recuerdo a los dos que tenían padres extranjeros o inmigrantes, Rodríguez y Bayer. A los que eran como yo, Petete García y Daniel Roque, petisos y lindos, y a los ricos como Mondrik, hijo del dueño de Top Toys y a un judío pobre como Polanowsky que tenía problemas con la ere.
Me acuerdo especialmente del día en que mi mamá me fue a buscar a la escuela el primero de julio cuando se moría Perón. Era un rumor a las once de la mañana y a mi mamá la dejaron irse del Hospital de Clínicas donde trabajaba de asistente social y me pasó a buscar por la escuela. José Pablo Facio, el regente de primaria, nos acomodaba a los pibes en la puerta grande que da a general Urquiza y mi vieja le preguntó a Facio: “¿se murió?”, sin tragedia, como una movilera del pasado y Facio le dijo: “todavía, no”, sin tragedia, como el pariente de un pariente que se muere, pero despachaba a todo el alumnado porque la UTA paraba el transporte en cuanto muriera.
Salimos a la calle y mi mamá me empujó debajo de un taxi en la calle Moreno para que nos pare y para ganarle de mano a un señor de barba con attaché que posiblemente estaba esperando antes que nosotros pero unos metros más adelante. El tipo se enojó al ser burlado y mi mamá me revoleaba para dramatizar la situación y el señor le dijo: “está bien, señora, soy papá noel. El tachero bajó la banderita y dobló en Urquiza hacia Belgrano y luego en Belgrano para el bajo.
El general se moría en el taxi, por Radio Rivadavia y lo mataba de a poco, un locutor. Mi mamá, el taxista y yo escuchábamos. Afuera llovía. Estábamos todos, las gotitas en la ventanillas, mi aliento contra el vidrio y el frío. Dibujé la “ve” con el índice, como lo hago siempre que hace frío y ando en auto y aliento el vidrio empañado. Como lo hago después de ducharme, cuando me afeito, una tara que es muy profunda. Siempre la ve y la pe en un vidrio empañado.
Mi mamá se quebró un poco, le tiembla el mentón cuando va a llorar y no llora, pero no es indicativo de su peronismo. A mi mamá le jode cuando se mueren los papás, cualquier papá. Si Perón murió oficialmente a las 13.15, yo estaba siendo revoleado por el aire en la calle Moreno cuando López Rega, según contó el Taiana de entonces, le estiraba las patas al General para hacerlo resucitar y estaba subiendo el ascensor de nuestro edificio en Matheu e Hipólito Yrigoyen donde vivíamos, cuando se dio por vencido.
Desde ese día soy un peronista emocional, veo las viejas imágenes del general, de Rucci escoltándolo con el paraguas y me quiebro. Veo a lopecito poniéndose los dedos en los ojos para no llorar cuando habla Isabel y quiero ver el clip de nuevo y conmoverme como cuando reviso las fotos de Casildo Herreras en las reuniones de la CGT de la calle Azopardo.
Y un recuerdo más. La fiesta de los cien años de la escuela en el patio de afuera. Con la presencia estelar de Oscar Ivanisevich. (Con este dato hay algo que no me cierra. Porque yo creo que fue Ivanisevich aun cuando el 16 de junio, día del aniversario, todavía el ministro de Educación era Taiana a quien remplazaron tras la muerte del general. Cabe entonces que la fiesta del centenario se haya hecho varios días después de la fecha exacta). En cualquier caso, era un día de sol como hoy, un día hermoso. A los de primer grado nos alinearon en el pasillo techado que lleva al laboratorio de biología al lado del jardín donde vivía el yacaré Pericles. Mis papás estaban al fondo del patio, detrás de los alumnos de la secundaria, cerca de una puerta de hierro verde por donde al principio de 1890, el rector de entonces ingresaba con su carruaje.
Mi papá tiene a uno de mis hermanos subido a caballito, según consta en unas diapositivas que guarda la secretaría de la escuela. Fue la primera vez que escuché el himno de la escuela normal. Un himno del carajo. Aprendí que hay que ser el diamante que bruñe al diamante, que hay que ser mañana más sabio y mejor.
2005.
Me acuerdo de todo. El miércoles saludé a una importante directiva de Juventus Lyrica en cuanto entré a Herman’s en Santa Fe y Malabia e inmediatamente después me confundí en un abrazo con el turco Jozami, que estaba en otra mesa cenando con su compañera de toda la vida, Lila Pastoriza. Me encuentro con mis tres amigos, para una mesa de análisis sin grandes novedades, en medio del salón. Entre los cuatro hacemos un aporte al producto bruto de exactamente cero, hacemos un gasto calórico importante y un consumo de aire y agua caliente que nunca sabré del todo cuán merecido es. Vivimos de la industria simbólica, por decir algo bueno para nosotros. Vivimos de que las empresas necesitan medios para publicitar sus productos y nosotros ponemos las letritas que van en el medio. En el resto de las mesas y los boxes el aporte a la humanidad era más o menos similar. Podríamos afirmar que si el Rojas y Tea cierran durante tres años la Argentina se industrializa, los malabaristas a poner tornillos, los editores a control de calidad.
En la mesa se pidieron salchichas y pollo y chucrut y puré. Pero “puré no hay” dijo ese mozo petiso, medio rubión y posiblemente loco que atiende en Herman’s. Entonces fueron papas fritas.
Se pidieron aguas con y sin gas. Y se pidió el vino de la promoción, un Norton Barbera que por cada uno que tomás en la mesa te llevás uno a tu casa.
Bueno, este vino estuvo bueno hace dos años. Yo pienso que ahora lo cagaron las lluvias o los soles o los taninos bolivianos. Barbera es una variedad que se da en Italia y la trajeron acá porque siempre habrá alguien que quiera hacerse el distinto y no tomar Malbec o Cabernet. La primera vez que lo tomamos fue en La Suburra cuando estaba en Medrano, a unas cuadras del outlet de Arredo, ofrecido por su dueño, otro tano falso que andá por acá, tan falso como el tano de Guido’s, por ende tan mentiroso. El restaurant era y es (ahora en Palermo) caro y el tipo trajo el Barbera y lo dio para probar. Lamento tanto haber dicho: “mmm” cuando lo probé. Me despierto a medianoche reprochándomelo. Porque el tano seguro que pensó en lo forra que es toda la humanidad.
Luego lo rechazamos varias veces picado en Don Julio, en los años de la infamia, cuando íbamos por ahí. El tano de Guido’s también lo servía pero como no voy a Guido’s no me importó.
Bueno, querido diario, me tengo que ir a votar a la interna abierta radical.
Otro día retomo la cuestión con el Mariano Acosta. Quería contar que cuando se cumplieron los 126 años de la escuela en el 2000 y la escuela, el edificio, fue designado monumento histórico, yo estuve ahí pero también estuvo el vicepresidente Chacho Alvarez que pasó por las aulas del Acosta pero que resolvió bruñirse solo a sí mismo. Cantamos el himno del normal, y todos lloramos, menos uno. Luego fuimos a la oficina del rector y el maestro de primer grado de Alvarez, Isidoro Pirovani, el hombre que le enseñó a leer y escribir, trató que su alumno lo escuchara ahora que era importante pero no hubo caso. Yo lo vi. Hubo mucho ruido humano. Mucho agotamiento moral por algo que no tenía un pedo que ver con la coggupción.
Al final de la noche en Herman’s, cuando todavía hay clientes, los mozos quedan en musculosa y se comen un bife con ensalada y abren un Vasco Viejo. Es algo medio peronista o medio argentino o medio humano. Es algo muy lindo.
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