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Eliseo Brener
3 August 2005, 11:15
Los que siempre fuimos gorditos solemos estar capacitados en el diet assessment y sabemos cuando los números no dan. Si en una dieta te dicen que podés comer quesos y fiambres de cualquier tipo a discreción, desconfiá: en algún lado alguien te está metiendo el perro. Es más o menos como con el asunto de la convertibilidad: por ahí durante un tiempo parece que la cosa empieza a funcionar y la balanza te es favorable, pero después el descalabro es mayor y entonces terminás sudando algo que parece una especie de aceite de girasol, tenés palpitaciones, ves todo turbio y si el cutis jamás te preocupó llega el momento en que te preguntás por qué tu cara está llena de manchas, hinchazones y barritos bastante pestilentes y sobre todo, dolorosos.
Parece que la dieta del Dr. Atkins era el epítome del abuso de los cuerpos cetónicos. Brevemente, aunque se puede encontrar muy buenas explicaciones al respecto, los cuerpos cetónicos son unos ácidos que cuando se producen en grandes cantidades en el cuerpo, hacen quemar grasa a lo pavote. Esto ya se sabía y se comentaba en los ’70, pero aparentemente las tentaciones de las cetonas vuelven una y otra vez sobre la parte de la humanidad que busca la lámpara de Aladino que se lleve los lípidos. La filosofía que está detrás de esto es la de combatir algo con lo mismo: en este caso sería eliminar grasas consumiendo más grasas y siempre volvemos a la cuestión de que las cuentas no cierran: en algún lado todo el asunto suena a los negocios piramidales que tantas decepciones causaban entre fines de los ’80 y mediados de los ’90. Decepciones para quienes se metían en semejantes asuntos, porque terminaban teniendo su casa llena de bidones de detergente que no le vendían a nadie, y también para quien sin meterse ni mamado recibía la llamada fatal de alguien que considerara amigo o casi: “Tengo un negocio para ofrecerte. No puedo decirte de qué se trata por ahora. Te invito a una reunión en la que te lo explicaré en detalle. Venite bien empilchado”
La noticia de estos días es que la empresa del Dr. Atkins está en quiebra, y entre los motivos que se mencionan como origen de su decadencia está el hecho de que en el 2003 falleció el auténtico Dr. Atkins, según el Clarín, debido a heridas sufridas durante una caída tras resbalar en el hielo, explicación turbia con interpretaciones surrealistas:
Su muerte derivó en un escándalo al conocerse que el accidente fue en parte producto de su sobrepeso
La explicación del cuchillo de palo del herrero no sirve, porque la humanidad ha sido constante en estas cuestiones: siempre fueron los enterradores las personas menos aptas para sepultar a alguien, los mejores ingenieros de sonido son generalmente los que graban los peores discos y la mayoría de los carpinteros que conozco hacen sus propios muebles con aglomerado. Los gordos, consecuentemente, son las personas que mejor saben cuál es la dieta más apropiada. Las causas de la decadencia de la empresa Atkins no sólo son algo que no vale la pena rastrear, sino que apenas pueden ser motivo de especulación, como sucede con la mayor parte de las decadencias de la historia.
[Resulta bastante curioso entrar al sitio Atkins, porque si lo que uno supone que se vende es una dieta, está equivocado. Mucho tiempo atrás, para estos propósitos se fabricaban libros –Scarsdale, Fit for life (Anti-Dieta)– y no encuentro mencionado ningún tipo de libro en Atkins: todo lo que tenga que ver con su divulgación y servicios aledaños –incluyendo la Atkins University– es gratuito.
La dieta y todas sus etapas se explican minuciosamente, con lujo de detalles, con recetas, con fotos, con step by step. La venta, obviamente, está en los productos aledaños: panes, aderezos, syrup, mezcla para hacer panqueques, barras de cereal y cosas por el estilo además de –supongo que principalmente– la licencia de la marca para fabricar, qué se yo, matambres Atkins por caso.]
Alguien me había comentado una vez que a Roland Barthes –que tanto se dedicó a estudiar la ropa y el sistema de la moda– lo había matado el camión de una lavandería al atropellarlo, y es interesante ver como en estas mitologías se vuelve en contra lo mismo que originalmente se intentaba combatir utilizando su propia entidad. Una vez –hará unos veinte años, como siempre–, sentado en un café y haciendo un balance frente a mi viejo de lo que en ese momento venía siendo mi frustrada carrera, yo esbozaba que la falla era que no podía soportar las materias relacionadas con la economía. Mi viejo entonces sugería:
— ¿Y por qué no te pasás a Ciencias Económicas?
En ese momento sentí claramente que había una brecha generacional.
Me pregunto entonces cuál es la situación en este momento de la creencia en que las cosas se combaten con más de sí mismas. ¿Estará también en decadencia? Hace rato que no tengo noticias de los negocios piramidales, y mi sensación es que su desaparición coincide en parte con el surgimiento del spam, que de alguna manera viene a ocupar el mismo lugar de esos negocios que no cierran, sólo que ahora el fastidio de uno está orientado hacia seres totalmente anónimos y no hacia supuestos amigos. Si así fuera, sería claramente un ejemplo de algo que es combatido con más de lo mismo, al menos en esencia, aunque no algo demasiado auspicioso: antaño recibíamos la llamada fatal de parte de una persona concreta, de carne y hueso, y sabíamos instantáneamente que a partir de ese momento pertenecíamos a universos irreconciliables el uno con el otro, mientras que ahora nuestro enemigo estaría cubierto por un manto de impunidad, y no son los encargados de combatirlo personas de nuestra mayor confianza, precisamente.
Buscar ejemplos trillados para situaciones que se combaten con más de lo mismo quizá nos haría caer en el golpe bajo, como poner por caso la pobreza o las guerras, pero eso nos haría ver que en realidad nunca es lo mismo una cosa que otra, que el más de lo mismo resulta ser algo bien diferente de lo que parecía a simple vista y que, si parece fácil con ribetes de magia, seguramente las cuentas seguirán sin cerrar por algún costado.
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