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Esteban Schmidt
31 July 2005, 13:59
Que me la corten en rebanadas si los aumentos de precios no están minando nuestra esperanza, módica, módica, de vivir al menos tres años seguidos tranquilos en la Argentina. Acabo de llegar de mi desayuno con tostadas, queso blanco, y mermelada de frutillas en Piacere y si esta semana no aumenta el precio del combo matinal, le voy a levantar un monolito a Leonardo, el dueño. Ayer en el Havanna de Thames y Santa Fe se nos vino la noche cuando, por lo mismo que pagaba 4,30, un café con leche con dos medialunas de grasa, ahora te cobran 5,80, pero agregándote una medialuna más, que no me hacía falta. Un café, en cualquier lado está 2, 2,50, 3. Es decir donde no cuesta 1 dólar, cuesta más de 1 dólar, lo que nos remonta lamentablemente a 1991 y el inicio de la convertibilidad. Ya estamos en el uno a uno, de nuevo. Estamos todos avisados. No nos vengan con llaverazos en diez años.
A fin del 2005, con este dólar anoréxico y la inflación a mil ya estaremos casi, casi, como entonces. Lo obvio es que ni de casualidad estamos como entonces. En el Jumbo ya hay de nuevo todo lo que queremos: queso Brie, francés, por ejemplo, nuestro must de los años convertibles. Pero ahora no se puede pagar. O se puede pero te da bronca.
Digo que hay que encontrar alternativas para poder seguir tomando el café expreso, que es el único café que se puede tomar, el único café que pega y te despierta. Y que hay que tomar con azúcar para que pegue más. No edulcorante. El azúcar a la mañana no engorda y, además, el cuerpo no sabe qué le estás metiendo cuando le metés edulcorante, entonces cree que es azúcar y el metabolismo se vuelve loco. Por eso lo de la Coca Light es un verso total aunque si te acostumbraste a la Coca light ya no hay vuelta atrás. Hay que insistir donde uno no tenga el hábito del ciclamato, con el azúcar. Cualquier cosa consulte a su médico pero que no lo recete porque está arreglado con la farmacia. O sea si lo va a recetar arregle con el doctor una comisión.
Un lugar donde se puede ir a tomar café y leer los diarios, es el bar del gimnasio Always en Paraguay y Gurruchaga. Que como no tiene todo puesto en la gastronomía te cobra un café 1,50 y el café con leche, 2,50 y tienen los diarios y varias teles que podés cambiar vos mismo sin drama con los botoncitos. La atención es excelente porque tienen una política como de turismo receptivo para los socios del gimnasio y aun si no sos socio podés ir, porque un día capaz que sos socio. Importante: no ir por las minas a Always. No es lo fundamental en ese gimnasio. Alguna gente de la tele, empresarios de la noche e integrantes de periodistilandia es todo lo que hay. Si sos cholulo, rinde. Pero si vas para entrenar, quemar, rinde más. Lo único que les reprocho es que no tienen todavía el “taller de abdominales” que ya funciona en otros gyms porteños. Una hora torturando la panza. Copeishon. Pero hay Body Pump, que hay en casi todos lados pero que es la forma más rápida de ponerte en forma. Trabajás muchas repeticiones con un poco de sobrepeso y quemás posta. Pero no sirve si querés esas panzas con los raviolitos en hilera.
Ojo, en Always hay una política de hacer sentir como en tu casa a los clientes pero son buenos tipos los que manejan, es una política ajustada a cosas que ya están en ellos. MUY DIFERENTE a lo que pasa en la parrilla Don Julio de Gurruchaga y Guatemala.
Me permito por este medio y por ser realmente un conocedor del asunto desalentar que se siga yendo a esa parrilla. El pibe que atiende y saluda y te franelea hizo un curso de marketing gastronómico y aprendió toda la boludez de la franela del cliente y la pelotudez del mozo qué te pregunta cómo comiste. Pero el pibe no tiene la más puta idea de lo que hace. Va a Always para ponerse grosso y a la noche cuando cierra el restaurant o cuando los negros se quedan baldeando se lo ve en el Bizarro con la remerita blanca apretada. Qué cliché, flaco. Comprá carne buena, cambiá el aceite, no estaciones los vinos al lado de la parrilla que llegan a cincuenta grados a la mesa. En fin, puede ser que la ecuación de precio, atención, pasar un buen momento dé a favor. Digamos pagar por cabeza, 20 o 25 pesos pero por 25 o 30, con postre y eso, creo que hay que ir La Dorita, del otro lado de Juan B Justo en Costa Rica y Humboldt. La comida es mucho mejor y los combos que te hacen de tablas de carne o choricampi son cope. En Don Julio, todas las veces que la gente de TP Buenos Aires hizo mesas de análisis de coyuntura con Nico W. o Martín S., alguno terminó descompuesto.
Es un fuerte lugar común ir a esa parrilla, pero es un grave error. Si hay novedades, lo cambiamos el comentario. Y, por favor, tener en cuenta que si en algún diario o revista, se lee un comentario favorable es porque es pago. Importante, pedir ticket para que eso vaya a la jubilación de los abuelos, y sino pedir descuento. El otro día, Guillermo C., un hombre de la CEPAL, nos explicó en La Dorita que entre el IVA, Ingresos Brutos los tipos si no te facturan se hacen un treinta por ciento extra.
La parrilla Don Julio es medio emblema de Palermo pero no termino de adivinar por qué. Su público es el mismo del Club de amigos, una concesión de Grosso de la época en que loteó los bosques de Palermo y al que va gente grossa como el Chacho y Graciela y muchos integrantes de periodistilandia, digamos de los que tienen un 306. o sea, los que con la gráfica se abrieron el mundo de los anunciantes para el programita de cable.
Una de estas tardes nos vamos a colar para luego hacer una crónica pero mientras tanto me baso en los comentarios de quienes van y me cuentan de estos domingueros con la raquetita, calcados de los tipos que hace sesenta años iban a GEBA. La misma rutina: trabajo de lunes a viernes, y el sábado y el domingo voy al club con la raquetita. Van al sicólogo, eso sí. Te hacen una terapia de parejas y no te leen a Anthony de Mello o a un Coelho pero te leen los libros amarillos de Anagrama que es como tener una raqueta Babolat o al menos un palo Callaway para jugar al golf.
En fin, cada uno tiene sus rutinas. Julio Nudler, por ejemplo, debía llegar al menos al último tren de cada noche. No acomodó su residencia a su lugar de trabajo, sino que acomodó sus horarios, su orden para el esfuerzo, a la distancia con su residencia. Y, entonces, estaba concentrado en su máquina todas las veces que lo vimos que fueron como novecientas veces, para terminar a tiempo y bien.
Ojo, en las redacciones uno ve a la gente muchas veces pero la onda es no saludar. Ese es un aprendizaje doloroso. Si saludás es como que sos un loco. Leímos todos los comentarios sobre la muerte de Julio Nudler. No sólo por haberlo conocido un poco, poquísimo, sino porque efectivamente y como se dijo era uno de los mejores haciendo eso que se publica a diario en los diarios. Ahora que los que hacen el trabajo son muchos malos, cuando se muere uno bueno querés ver cómo funciona ese contraste en la despedida.
Nudler escribía bien, ok, que es pensar bien. No es que hacía todas esas vueltitas tipo garcía marketing y todos sus influenciados. No, decía lo que quería decir y lo decía asumiendo el salto al vacío de pensar. Sacaba de adentro para afuera y no estaba preocupado por los efectos de su comunicación, las posibilidades de que el Banco del Suquía le ponga un avisito para un programa de radio que no tenía o que IBM le regale una notebook para el día del periodista o que Eurnekian lo lleve a hacer un paseo por el aeropuerto de Frankfurt. No es que no cuidara a sus fuentes, no. Al contrario, en las participaciones de su fallecimiento en La Nación hemos leído los nombres de Cristiano Ratazzi, de Miguel Bein. Gente que ha fundido al país, ¿eh? Pero estaba preocupado por llegar al tren. A veces, pasaba a buscar a su señora que es crítica teatral por alguna sala o se quedaba esperando en algún bar de Corrientes viendo un partido de Boca o leyendo. Viendo un partido de Boca, como un chico, fue la última vez que lo vimos en el Premier de Corrientes.
Se ha exaltado que era un hombre malhumorado. Que era gruñón. Que era esto, que era aquello. Sí, era un hombre que hacía muy bien su trabajo. Como un hombre de otro tiempo. Fue un trabajador responsable y que lo haya sido de los medios, posiblemente sea lo menos interesante. Su ejemplo es concreto, claro: Tomate el trabajo, sé modesto, escribí con la boca cerrada. No hables del coraje, tenelo.
Hizo un libro precioso que cruza el judaísmo con el tango y muchas notas muy buenas. Cuando editaba, cuando corregía el trabajo de otros era excelente. Volviendo al malhumor, no lo digo por Julio porque no sé exactamente qué le pasaba por la cabeza pero este asunto de la mala onda que tiene alguna gente, me apena mucho. Mi creencia última más fuerte es que hay gente que en un momento de la vida se da cuenta que puede prescindir de los demás, que ya no les hacen falta. Que, a lo mejor, un hijo, o dos les permite saber que tienen cubiertas las siete manijas de su ataúd del futuro, incluyendo a los amigos del pibe y que el mundo fue y será una porquería. Y entonces te tratan como el orto.
Anoche, volviendo a la gastronomía, comí solo en Mc Donalds, uno de esos menúes nuevos “especialidades del cheff” que promocionan con Pablo Massei, un rubiecito que era amigo del grupo Sushi y que tenía restaurant en La Recova de Posadas. Me comí un combo siciliano por 9,25 que está bastante bien. Es el paty de siempre pero con un tomate que parece recién cortado, con una feta de mozzarella y una mayonesa con albahaca. Para las papas te dan un pote de salsa ranchera que no sé bien cómo es pero es rica. Y luego gaseosa o agua si pedís. Está bastante bien, para zafar. Lástima el patetismo del salón un sábado tipo medianoche. Con los pibes haciendo el pre dancing para Fantástico y toda esa tensión sexual que termina con media Santa Fe vomitada a las seis de la mañana. Y las luces del Mc que te matan, que son sórdidas por donde te iluminen.
De regreso a casa me abrí una botella de Tradición, un vino de 9,50 que está bueno y fue recomendación de Franco R. (¿futuro presidente de sociales?). Vi Dodgeball, una peli con Ben Stiller que es muy graciosa y me invitaron luego a una mesa de análisis en el Bizarro y tomamos un JB con agua y hielo, por 10. De regreso, vimos Ed Wood. Y corrimos a la compu que estaba prendida, con éste documento abierto y anotamos lo que Orson Welles le dice a Ed:
“Vale la pena luchar por una visión. ¿Por qué pasar la vida realizando los sueños de otros?”
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