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Eliseo Brener
23 July 2005, 18:47
Hoy tengo ganas de hablar de cosas que no le interesen a nadie.
A ver, esta frase es engañosa porque parece que quisiera autoexcluirme de algo. Pasa que abro los diarios y encuentro títulos que se supone deberían interesar a todos (o a muchos) pero si hablo con quien tenga cerca –mi mujer por ejemplo– y le comento sobre los atentados de ayer o de anteayer, nos decimos al unísono ¡qué desastre! e inmediatamente nos ponemos a hablar de otra cosa. La interna justicialista, que parece haber terminado porque ya empezó la previa a las elecciones, sin embargo sigue apareciendo y se parece a cualquiera de las tiras diarias de nuestros canales de aire cuando ya pasaron a su segundo año consecutivo: los argumentos de las historias (ya desde el inicio bastante endebles) se terminaron y entonces todo se sustituye con una serie de chivos y situaciones fantasmagóricas: los personajes –si es que los hubo– se murieron hace rato y entonces aparecen unos zombies interpretados por los mismos actores que antes que se la pasan repitiendo situaciones de cuando estaban más o menos vivos.
Sospecho entonces que lo que pareciera interesarles a todos no le interesa a nadie y entonces que quizá se aplique la inversa y que lo que yo supongo que no le interesa a nadie termine interesándole a más de los que inicialmente hubiera imaginado. Entonces trato de hacerme preguntas aparentemente sin sentido, como por ejemplo: ¿por qué tantos taxis? ¿alguien puede explicarme la relación entre el frío y los estados gripales? ¿es casualidad o cada vez hay más mujeres en los colectivos que van tejiendo crochet? ¿por qué es delito disponer sin usufructo monetario de música copiada y no es delito que una empresa que me otorga un crédito sepa de mí hasta la marca de vino que tomo para evaluarme? ¿Por qué el spam es algo digno de combatirse y la publicidad no, si ambos molestan por igual a las personas?
Cuando uno lee los diarios en internet, con todos los beneficios que esto implica, se encuentra con problemas insalvables. En casa de mis viejos se compró siempre el Clarín. Tenían contratado al diariero que cubría la zona de casa, que a la sazón quedaba en Palermo viejo, muy cerca del arroyo Maldonado y por lo tanto altamente inundable. En esas épocas –y cuando me leo diciendo esto tengo la impresión de que estuviera hablando de tiempos inmemoriales, pero en realidad hará unos veinte años, como siempre, y veinte años no es nada– a esa zona de Palermo (que hoy se le diría Soho con muy buena voluntad, porque en realidad estaba en el borde de todo, demasiado cerca de la vía y Juan B Justo, demasiado cerca de Córdoba) se la podía considerar un barrio. El diariero que pasaba por la mañana (un tipo grandote de mostacho grueso) andaba durante la tarde por el centro, cerca de Rentas, porque también era gestor. En esa época no se habían inventado los carteles que advirtieran al público que no se necesitan gestores o intermediarios para hacer ningún trámite, de manera que la situación era un poco más franca y los gestores y el público se relacionaban de una manera más directa, parece.
En un determinado momento mis viejos cayeron en la cuenta de que el diariero afanaba al hacer la cuenta a fin de mes, se escandalizaron y decidieron no comprarle más el diario a él, con el consiguiente problema de conseguir alguno que cubriera la misma zona, cosa que se supone imposible porque hay un motto que reza que los canillitas son una especie de mafia que se divide los barrios y tiene un pacto de no intervención, de no pisar el piso de otro. Después de algún tiempo consiguieron a otro diariero que no se sabía de dónde había salido y que presentaba todos los rasgos de esos personajes de películas de cuerpos usurpados, que actúan claramente no siendo ellos, y uno esperaba que en cualquier momento se le saliera de lugar la máscara y apareciera nuevamente el mostacho delator que indicase que en realidad nada había cambiado, en ningún momento.
En efecto, si bien la escena no se desarrolló exactamente como la describo arriba, al poco tiempo se supo que el quiosco de este nuevo repartidor era una especie de subsidiaria o franquicia (aunque todavía no se decía así) del anterior, y que por lo tanto las ganancias iban a parar al mismo bolsillo. A mis viejos les quedaba el consuelo de decir que al menos se ahorraban el disgusto de verle la cara al otro estafador y yo empezaba a entender a desgano el funcionamiento de las leyes de mercado.
Pero en esa época de diarios de papel teníamos ciertas posibilidades de rebeldía civil ante sus pliegues. Las cosas guardaban cierto orden, aún en Clarín. Más o menos las secciones iban desde política interna con sus diversas novedades, algún análisis con caricatura de Hermenegildo, alguna sección de interés general, internacionales, espectáculos, deportes, carreras de caballos, obituarios, remates, secciones colgadas de los clasificados, claringrilla, datos del tiempo, aeropuertos y contratapa con chistes. Resultaba muy sencillo entonces ir a una sección, eliminar suplementos que a uno no le interesaran como el rural o los clasificados y concentrarse exclusivamente en el área a la que uno quisiera prestar atención, más allá de si el discurso era esquizofrénico o no. Hoy en día, con la página web todo eso se terminó.
[Digresión: Uno está acostumbrado a despotricar contra el Clarín, porque se cae en esa ahistoricidad que el diario propone, pero todo puede ser peor. Es decir, el de ahora es bastante peor que el de hace poco más de un año. Si entramos a la edición del 2 de mayo de 2004 y a la del día siguiente veremos el último cambio de diseño. Comparando diagramación y facilidad de búsqueda –no vamos a hablar de contenidos, porque ahí habría que hacer un relevamiento más profundo– el diseño anterior parece una maravilla respecto del actual.]
A menos que haya algún episodio de último momento que llame mucho la atención (en este momento es la caída de aerosillas en villa la angostura ), habrá una franja amarilla con avances deportivos que lo cruce todo. El deporte se fue transformando en una especie de religión que todos debemos tener. Elegí el que quieras: no tenés obligación de que sea fútbol. Puede ser tenis, natación, rugby o alguna de las distintas sectas del automovilismo. Pero la cuestión es omnipresente y es indivisible del resto: aparece en el medio de todo. Siempre se está jugando algo y siempre se están produciendo resultados. Estos resultados dan la sensación de que algo acontece. No quiero ponerme en Sebreli para sugerir cosas tan sesudas como que el fútbol es un objeto de dominación de masas o algo parecido. Me refiero a temas que aunque uno no tenga la más mínima intención de prestarles atención, estarán ahí en el medio de la misma manera que las publicidades.
Otro acontecer bajo la superficie es el reporte meteorológico o de tránsito. Estos datos han sido toda la vida una materia objetiva e inopinable, pero con el correr del tiempo se trata cada vez más de cuestiones políticas más o menos remotas: la meteorología cada vez más afectada por el calentamiento global, lo cual es un elemento a tener en cuenta a mediano plazo, pero que ya tiene sus efectos y por otra parte, si determinados cambios climáticos muy violentos ocasionan accidentes que cuesten vidas humanas, la noticia será la imprevisión del órgano público más directamente involucrado y toda su cadena de mandos. En el caso del tránsito, la politización es total debido a su ligazón con los cortes de calles y rutas.
Lo que no hay en los diarios ni en la radio es un reporte de la situación (mayor o menor tensión) en los lugares de trabajo más alienantes. Los call centers son bombas a punto de estallar, lo mismo que las líneas de cajas de los supermercados o los disfrazados que trabajan para productos franquiciados. No me refiero a los que se visten de empanadas o a los muñecos del doctor Simi, sino a los propios empleados que despachan portando estandartes de empresas a las cuales no pertenecen. Personalmente tengo contacto con algún call center ubicado en sitios donde yo también trabajo y veo las reacciones de las operadoras, altamente nocivas para su salud y para la de aquellos que las rodean, incluyendo las personas que llaman o son llamadas. Una de estas chicas a quien frecuentemente veo trabajar, llegado determinado momento del día ante el sonido del teléfono grita “¡la concha de tu madre y la reputísima madre que te parió!” para, una vez realizada la descarga atender el llamado. Otra se la pasa diciendo que porque tenemos la ventana cerrada el ambiente es un caldo de cultivo para los gérmenes y por eso estamos todos apestados y enfermos. Tengo reportes de otro call center en donde se atienden llamados de personas que viven en Miami y compran productos anunciados en la televisión. En ese lugar saben que lo único que pueden recibir son quejas como mínimo subidas de tono, y la técnica utilizada es la descontextualización o desestructuración del cliente. Hablar y preguntar sin importar las derivaciones que pueda tomar el caso y buscar todas las escapatorias posibles que provoquen la postergación o el cansancio.
– Esta crema para hacer crecer el busto no funciona.
– Y dime, ¿a qué hora te la has aplicado? (hay que hablar como en la propaganda)
– Por la mañana.
– Pero no, corazón. ¡Debes aplicártela por la noche!
Casi siempre los ambientes de trabajo alienantes se complementan (o están conformados con) música alienante, servicios sanitarios alienantes, sistemas de seguridad alienantes, teléfonos alienantes, espacios de trabajo alienantes, provisión de aire asfixiante y otros varios componentes o complementos de idéntica naturaleza. Muchos trabajadores toman actitudes de rebeldía velada ante esta situación y van poniendo pequeñas piedras en el camino de las corporaciones, de manera de generar desperfectos que terminen con la explotación del hombre por el hombre. Entonces, si desde una punta del call center un grupo de personas pone una radio fm que transmite una y otra vez canciones de Juanes, Amaral y Soraya, desde la otra punta algún otro pone música de rave a un volumen ligeramente superior, lo cual genera una carrera armamentista imparable. Otras acciones de rebelión civil pueden incluir el dejar cafeteras llenas quemándose lentamente, de manera que esos vapores tóxicos vayan minando la salud de los componentes del ámbito de trabajo, enviar y recibir mensajes de correo electrónico que contengan todo tipo de pestes informáticas, de manera de ir saturando las vías de información corporativas, o bien pedir una y otra vez datos que estén solamente en archivos de papel, lo cual ocasiona la agitación de los ácaros y el consiguiente ataque con armas químicas insospechadas como son las alergias. Claro que, salvando las distancias con otro tipo de rebeliones, a éstas también se las puede llamar suicidas.
A la manera de un apéndice, habida cuenta del alto grado de alienación imperante, hoy iniciamos un nuevo servicio en TP: piezas musicales recomendadas para que cada uno busque en su casa y las escuche, que es lo mismo que buscar en el mundo: en algún rincón de la casa las encontrará, si busca bien. El juego es una mezcla de crucigrama y búsqueda del tesoro. La primera persona que las encuentre y escuche a todas podrá reportárnoslo, sin esperanza de recibir premio alguno más que el de la búsqueda en sí.
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