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Ernesto Semán
22 July 2005, 12:49
“Como dijo Tony Blair, seguimos alertas, pero lo que ha ocurrido hoy no va a sacarnos de nuestras actividades normales.” Decía ayer Ivana. Y en su modo implícito se reía, o no, de esa obcecada idea de aterrorizar con la perversión. “Podemos volar como chanchos por el aire, pero sigan viviendo como si nada.” Yo había pensado ayer qué iba a hacer hoy, cuando la policía de Nueva York empezara con la política de poder revisar bolsos y mochilas a la entrada del subte. Ahí andaba uno, imaginando algún chiste que fuera facil de entender y que marcara mi punto sin ofender de más, o haciendo una proclama más bien enojosa sobre la invasión a la privacidad, o sobre la probablemente inútil efectividad de la nueva medida.
Cerca de las siete de la mañana, sin todavía haber probado el subte en su nueva version de bolsos abiertos, llama alguien de un medio de comunicación argentino, que quiere hablar urgentemente con alguien de la ciudad para que le cuente “cómo se está viviendo esta cosa de terror de que la cana te puede requisar los bolsos a la entrada del subte.” Más de cinco años en Nueva York me dejan con la sensación que el mayor pánico que he vivido en la ciudad ante cada ataque terrorista o amenaza del mismo ha sido a través de leer los diarios argentinos. Hay días en los que paso todo el día haciendo la vida de cualquier mortal y recién a la noche, cuando abro la página de algún diario de Buenos Aires, me entero de que en verdad estuvimos todos en la calle muertos de miedo, paralizados ante amenazas varias, sojuzgados por fuerzas represivas que se llevan todo por delante, o paranoicos ante cualquier extraño.
La escasa contribución que hacen los medios a entender lo extraño no es, lamentablemente, algo particularmente argentino. Si uno leía los diarios de Estados Unidos en la época del colapso de Argentina 2001 la impresión era que que Buenos Aires estaba a mitad de camino entre la Selva Lacandona, San Petersburgo en febrero del 17 y Abidjan. Cada vez que alguien de acá encara un viaje de turismo a la Argentina lee durante unas semanas las notas sobre el país que publican rutinariamente el Times o el Post. Luego van a Buenos Aires y vuelven a Nueva York para describir como una verdadera aventura zapatista que tomaron un taxi o que caminaron por Corrientes a las 9 de la noche. Guau. Dejame ser tu amigo.
Creo que no logré disuadir a mi interlocutora porteña de que dejara dormir en paz a la gente de Buenos Aires y de Nueva York y se dejara de preguntar pavadas. En todo caso, antes de hacer mi diario peregrinaje hacia el subte F me enteré de que la policía de Londres había matado de cinco balazos a un pasajero del subte. A esa hora del día la información era mezquina y confusa, asi que era difícil saber si el pasajero se llamaba Bin Laden o si estaba intentando hacerle un chiste a un policía carente de sentido del humor. Ante la duda, descarté prudentemente la idea de hacer cualquier escena en el subte. Ah, la prudencia.
Esta nota de ribetes anodinos tendría un remate fenomenal si yo pudiera contar que cuendo me crucé con la policía les hice un chiste y se rieron, o no les hice un chiste y me dejaron pasar, o me dispararon ante mi intento de buscar la tarjeta de subte en el bolsillo. En rigor no pasó nada de eso. Llegué al subte a los pedos como siempre. En la estación había una policía de no menos de 100 kilos que me vio pasar, a mi y a miles, sin demasiado fervor. El subte estaba tan lleno como siempre (es decir, moderadamente lleno). Todo el mundo con sus bolsos y mochilas, leyendo o con los iPods. La señora de al lado, como casi siempre, ocupaba un 125 por ciento del asiento de dos, dejando para mi la tarea de acomodarme en el 75 por ciento restante. Un par de estaciones antes de bajar, el audio del vagón recordó que desde hoy la policía tiene el derecho a revisar los bolsos de los pasajeros. Los pasajeros prestaron atención durante la duración del mensaje. Yo me bajé virgen como había entrado, sin que nadie me pidiera que abriera la mochila, en la que por las dudas había ordenado todo con una prolijidad inusual.
“Lo que ha ocurrido no va a sacarnos de nuestras actividades normales”, pero uno puede aprovechar para poner un poco de orden.
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