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Eliseo Brener
16 July 2005, 04:53
Cuando era chico me gustaba leer historietas. Entre los distintos tipos de acumulaciones que fui acumulando a lo largo de la vida, la de revistas de historietas es la primera que recuerdo. No tenía dónde guardarlas y se iban juntando en cajones de fruta o recipientes similares. Claro que eso siempre y cuando estuvieran ordenadas, cosa que jamás pasaba. ¿Por qué se desordenan las cosas? O bien ¿Por qué pretendemos tenerlas ordenadas? Si su estado natural fuera el orden, no existiría esa tendencia de las cosas a desparramarse por los lugares más inapropiados. Una constante que recuerdo es a mi vieja reclamándome que ordenara las revistas. No juguetes o ropa: revistas.
El ordenar revistas es una tarea engorrosa en sí misma. En mi caso además se complicaba, porque ya de chico tenía una tendencia a la nostalgia, que en ese caso podía ser nostalgia de una revista de un año atrás. Así era como empezaba a ordenar y luego de unos breves instantes me encontraba leyendo una Locuras de Isidoro y protestando porque aparentemente desde el primer momento Dante Quinterno tuvo la costumbre de chorearse a sí mismo las historias que había publicado (y eso sin poner arriba en la tapa y con letra chiquita selección de las mejores como hace ahora que sigue editando), y como en ese entonces yo hacía arqueología de revistas me encontraba con que un número del año 74 tenía exactamente la misma historia que otra que yo había conseguido de saldo quién sabe dónde y que era de algunos años atrás.
Otra dificultad en la cuestión del orden es tener un lugar apropiado para lo que hay que guardar, y ya sea por falta de previsión o porque las cosas nos atiborran, nos encontramos las más de las veces buscando sitios antes que utilizándolos. En mi caso particular, me la pasaba quejándome de que nuestra infraestructura familiar no fuera adecuada y la verdad es que había una contradicción ahí porque no se podía decir que me faltaran muchas cosas: el quejarse de no tener lugar para poner todo lo que uno tiene es evidencia suficiente. En resumen –y a pesar de que aún no existiera esa clasificación– no podía decirse que yo fuera uno de los chicos pobres que tienen hambre, ni tampoco de los chicos ricos que tienen tristeza. Pero por otra parte, había amigos que al visitarlos uno percibía la armonía de las cosas en su lugar. Ahí la infraestructura no fallaba jamás y nada parecía librado al azar. Se podrá decir que la improvisación es una herramienta importante para descubrir cosas nuevas en la vida y no caer en la monotonía, pero a mi me fascinaba encontrarme con objetos tales como auténticas bibliotecas, bauleras, servilleteros individuales, objetos que entraran y salieran de la escena siempre en el momento apropiado, haciendo la vida más placentera sin estorbar.
Hay una gran confusión hermenéutica con la cuestión del orden. Un orden saludable nos permite encontrar las cosas que buscamos. Con este problema nos enfrentamos los que juntamos y juntamos discos frenéticamente. Nos la pasamos buscando posibles clasificaciones y encontrando aquello inclasificable que introduce nuevos factores de desorden, los cuales se resuelven asumiendo el desorden (en cuyo caso andan los discos que no sabemos dónde poner tirados por cualquier parte) o bien por el camino de la obsesividad, formando una clasificación de los inclasificables, pateando el problema hasta que la categoría inclasificable crezca al punto en que no encontremos nada dentro de lo inclasificable.
Otra noción de orden es la de tener los objetos guardados de tal manera que no estorben la visual. La imagen apropiada es la del placard cuyo contenido se nos viene encima cuando abrimos la puerta. Sin embargo, tengo que reconocer las virtudes de este segundo orden para muchos casos en que intentar lidiar con ciertos desórdenes puede llevarnos a la inmovilidad más absoluta. Bien vale en este caso un “máh sí! Abrí la puerta del placard que ahí voy”
Me empecé a ir por las ramas con el asunto del orden. Me gusta intentar organizar al menos lo que escribo, y a esta altura me parece que algo me debería hacer retomar cierta órbita. No sé si ponerme a hablar de las cajeras de Disco, de la exclusión del tema que León Gieco canta con Patricio Fontanet en la reedición de su nuevo disco (y eso a pedido de los familiares de las víctimas) o bien de un evento que tuvo poca difusión y que fue la realización de la Expo Franquicias en el Hilton la semana pasada. Me pongo a pensar en la recurrencia de los temas tristes, que parecen ser los únicos que encuentro. Mejor vuelvo a las historietas.
Hacia 1973 se iba terminando la guerra de Vietnam y al mismo tiempo iba desapareciendo también Mafalda. No había reparado antes en esta coincidencia, pero algo habrá tenido que ver, digo yo. Como a tantas otras cosas, a Mafalda llegué cuando ya había pasado. A los nueve años mis viejos me llevaban a casa de unos amigos que no solamente tenían biblioteca, sino además los diez libritos originales. Siempre que los visitábamos yo me proponía leer los diez en el tiempo que durara la velada. Con suerte, para la hora de irnos había podido terminar uno y medio y me sumía en la desesperación cuando empezaba a notar que mi objetivo era muy ambicioso, pero conservaba la esperanza de lograrlo la vez siguiente, aunque volviera a empezar cada vez.
(advertencia: si uno pone www.mafalda.com aparece un bulldog con una capa y saltando: mejor no intentarlo)
Nunca pude lograr tener los diez libritos, y mucho menos en sus versiones originales. Una que otra vez me compraron alguno. Yo verificaba que le faltaban tiras (porque a medida que salían ediciones nuevas les iban sacando tiras) y quedaba disconforme. Como además no tenía un lugar apropiado para guardarlo, se terminaba rompiendo como cualquier revista, de manera que en mi casa lo que podía encontrarse eran retazos de Mafaldas, páginas sueltas que yo por ahí encontraba cuando se me exigía orden, y a partir de la página hallada empezaba a reconstruir la historia completa hacia atrás y hacia delante.
En Mafalda se hablaba de política y había cantidad de cosas que yo no entendía. De alguna manera eso no me importaba: quizá fuera que ella entendía las cosas por mí. A mi lo que me interesaba era el desarrollo de la historia de la familia, los amigos: ser Felipe. Que hubiera ciclos. Que las clases comenzaran y terminaran y se fueran de vacaciones y que cuando iban en tren y Mafalda señalara un ranchito miserable el señor que tenía delante se diera vuelta y le marcara con el dedo pintoresco nena, pintoresco. Que hubiera vendedores que golpearan las puertas de las casas. Que los padres se resistieran al televisor. Que existiera un 3CV, que era el auto que podía comprar en cuotas un empleado de seguros. Que la hija viera con distanciamiento el papel de ama de casa de su madre. Cuanto más entiendo las referencias que supuestamente son más políticas, más valoro la parte que entendí desde siempre y los remates de las tiras no me resultan tan graciosos como el desarrollo de las historias en sí.
Para la época, ese mundo sonaba ordenado. Claro que se trataba de una historieta y yo era un chico. Los tiempos eran complicados como siempre y ya continuarían los horrores, las miserias y también las maravillas. Siempre que llego a este punto se me plantea el mismo problema, porque estoy hablando de una época en la cual yo era un nene y supongo que siempre que un adulto vea retrospectivamente la época en que era chico, ésta le parecerá mucho más armoniosa que la actual, en que el horror de la adultez y cómo sobrellevarla es mucho más opaco que cualquier horror de las pesadillas de la niñez.
Mi fanatismo por Mafalda en esa época me llevó de manera inesperada a encontrar El Eternauta. Resulta que habiendo leído ya los diez libritos y conociéndolos de memoria, tejía especulaciones según las cuales debía haber en algún lado tiras inéditas. Una vez –creo que era en 1976– apareció una revista española. Se llamaba El Globo. En el primer número tenía la imagen de Mafalda y yo corrí a comprarla pensando que incluiría el tan mentado material oculto. Encontré tiras que ya había leído muchas veces, pero como era una revista de historietas diversas, también encontré una primera entrega de El Eternauta. Era la versión dibujada por Breccia, mucho más fantasmal que la de Solano Lopez, que terminaría leyendo mucho más tarde porque las entregas de El Globo se cortaron abruptamente al segundo número. Me pasé años esperando poder continuar con esa historia y elucubrando la forma en que se desarrollaría.
Al recordar al Eternauta había pensado volver sobre cosas demasiado dichas. Que Oesterheld y la dictadura. Que las relaciones entre el Eternauta y el imperialismo. Nunca pude entender esas relaciones. Se dice que en la versión de Breccia (que yo nunca terminé de leer) se avanza en forma explícita sobre eso, que ahí los yankis transan con los extraterrestres para entregarnos a los del tercer mundo a cambio de su libertad. Habría que ver si no se equivocaba Oesterheld al forzar esas interpretaciones (¿equivocaciones que pagó carísimas?). A mi lo que me fascinaba de la historia era esa marcha en medio de la desolación más absoluta, la búsqueda de resquicios por los cuales escaparse de una situación desesperante, la fantasía de ser parte de un pequeño grupo de sobrevivientes de una catástrofe gigante aunque la supervivencia durara muy poco. Yo había vivido por Congreso, y la imagen de Salvo y sus compañeros Franco y Favalli acercándose al teatro de operaciones montado en la plaza, circundándola y metiéndose en una y otra casa con pudor por violar la intimidad de los muertos que había por ahí, resultaba altamente estimulante para mi fantasía.
En este momento escucho la música que Georges Delerue compuso para La nuit americaine, otra vez año 1973. No puedo dejar de evocar esa escena con la que todo empieza y termina, en que la calle es una orquesta que nos hace vivir la magia de una casualidad artificiosa y lo reconfortante de compartir el artificio cuando la cámara se aleja y permite ver que la calle es un set enorme, con muchos implicados ya sea en papeles menores o mayores y donde el entusiasmo es movimiento constante. Y todo eso se parece mucho a la vida.
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