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Gli Uccelli
12 July 2005, 03:04

—¿Qué hay bueno?

La pregunta es completamente inocente. No sé nada de fútbol, no veo la tele y me aburre hablar del tiempo. Si hubiera tenido que responderme a mí mismo habríamos terminado hablando de Andrew Bird o de War Of the Worlds (que buena, lo que se dice buena, no es, pero a quién le importa después de esos primeros cuarenta minutos). Qué me estoy perdiendo. Qué me sugerís. Qué te gustó, qué te entusiasmó en los últimos meses, años, desde la última vez que nos vimos.

— Y, seguramente vos no vas a estar de acuerdo, pero las bombas en Londres me pusieron muy contento.

Mi interlocutor tiene veinte años. Recuerdo haber sido bastante pelotudo a los veinte años, pero no tanto, ni remotamente. OK, cada cual tiene sus tiempos. Mi interlocutor es el hijo de mi prima; lo vi crecer, tengo una foto de él jugando con Marcus, mi bull terrier demente, en el jardín de mi casa de Bufano, una casa que no existe más desde hace años, y yo como un boludo pensando que vuelvo ahí cada vez que me tomo un avión para Buenos Aires. ¿Qué pasó en el medio? El nene de alguien se vuelve homeless en The Conversation y otro nene de alguien se pone contento porque vuelan personas por el aire. ¿Cómo puede ser?

Algo de esto digo, como puedo, sugiriendo que tal vez los problemas de uno no sean tan importantes como para permitirte canalizarlos a través de convicciones nominalmente ideológicas que son tan imbéciles como criminales y la mamá del joven belicoso se ofende. ¿Cómo no respeto la opinión de los demás?

Matar gente se puede, pero decirles que están locos, parece que no.

En abstracto, esta es una discusión que consideraríamos indigna, absurda, e imposible. De lejos, la necedad de la madre daría cuenta de las fantasías emancipadoras del hijo. Pero la madre (mi prima) es la misma persona que me regalaba discos de Jack DeJohnette cuando yo tenía diez años, la misma que yo encontraba escuchando el Album Blanco con auriculares, en la oscuridad el living, cuando bajaba a por un vaso de agua a las tres de la mañana. Son personas, que en casi todos los órdenes de su vida operan con sensibilidad y cordura pero de pronto se alegran, o justifican, o creen entender los motivos por los cuales otras personas terminan despegando del techo del Tube los dedos, las piernas, las orejas de otras personas. Cuando la demencia es colectiva se expresa así, de a poco, en dosis homeopáticas, y para cuando te diste cuenta ya es tarde.

No digo nada de todo esto, claro, porque discutir en estos términos con la familia de uno sólo sirve para generar situaciones sin retorno, cercanas al espíritu de “you cut the turkey”. [En Avalon, de Barry Levinson, dos hermanos pasan décadas sin hablarse porque uno de ellos cortó el pavo de Thanksgiving sin esperar a que llegara el otro.] Pero se me escapa algo que es percibido como el peor insulto posible: que este revival banal de antimperialismo no es mucho más que una moda, igual que el derechohumanismo que supimos conseguir, y que hace que mi prima no me regale discos del equivalente actual de Jack DeJohnette (qué se yo, Mehldau) sino de Liliana Felipe. Liliana Felipe, autodefinida “descendiente de los comechingones”, es una mujer que canta tangos clásicos de una manera horrible y compone otros neoclásicos cuyas letras podrían ser epígrafe de las contratapas de Feinmann.

—Oremos, por nuestros padres que nos dieron Patria, Orden, y voluntad de vivir —dijo el prelado a cargo del tedeum del 9 de julio.

Después, la banda sinfónica de la provincia de Tucumán tocó el himno, tal como lo habrían hecho los alumnos de Susan Sarandon en Las brujas de Eastwick (antes de que llegara Jack).


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