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Eliseo Brener
9 July 2005, 17:03

El bondi demoró un poco más. Eso es todo. Ni siquiera podría uno atribuirlo al episodio de la madrugada en forma muy directa. Quizá a lo sumo la coincidencia de que los conductores se demoraron tomando el café y comentando en la terminal, pero no mucho más que eso. El aleteo de las alas de una mariposa en un extremo del mundo debería repercutir en el otro, pero uno tiene la sensación de que es cada vez menos así. ¿Cómo cada vez menos así, cuando sucede algo como los atentados y nos estamos enterando al instante? Justamente: nos estamos enterando, apenas.

En la vidriera de una casa de buceo camino del jardín hay una pecera. A mi hijo eso le fascina y cuando andamos por ahí me dice:

– Quiero ver los peces.

El jueves yo estaba aturdido y con retraso para dejarlo en el jardín. Cuando me hizo el pedido acostumbrado, empecé con una perorata: que él ya es grande, que puede entender, que estamos demorados y que los podía ver en otra oportunidad. Hizo un silencio de dos segundos y replicó:

– Soy chiquito. Quiero ver los peces.

La secuencia de las noticias de los últimos días vistas una detrás de otra (como esos libritos que yo alcancé a tener de chico y que tenían cuadritos en la esquina superior derecha de cada página, de manera tal que al hojear rápidamente con el pulgar uno veía una peli de animación) debería componer una película que nosotros podamos decodificar al menos, ya que no es precisamente espectáculo para disfrutar, salvo en clave psicótica.

Enumero al voleo: los yankis pinchan un cometa a millones de km de distancia, el cual podría haber sido destruido pero no y entonces se debate sobre el derecho que tienen o no a pinchar cometas allá lejos y que si la naturaleza nos abrirá las puertas o si por el contrario nos empezará a dar golpes cada vez más fuertes para que reaccionemos. Mientras tanto se arma un doble show planetario en donde se complementan los líderes del G8 con los artistas de Live 8, como en una especie de Spitting Image del hiperrealismo, donde lo más caricaturesco pareciera ser justamente la carencia de rasgos caricaturescos de los personajes. Quiero decir: esas personas, por ejemplo Bono en la foto con Bush diciendo “Yo sé que para ellos es cool hacerse ver en público con nosotros”, con el aspecto que siempre le vimos, diciendo cosas semejantes, se convierten en caricaturas por su discurso y por su contextualidad forzada, no por su aspecto. Unos y otros le atribuyen especial interés al calentamiento global y al hambre en Africa como si fueran issues aislados y proporcionales, algo así como items de una lista de supermercado: “traeme 100 gramos de morigerante de hambre y 200 de refrigerante global”. En el medio de todo eso, competencia y nominación de Londres como sede de los juegos olímpicos 2012, pica y gaste con Francia, Chirac opinando al respecto, vuelan los subtes en Londres, el COI dice que la nominación para los juegos olímpicos no es la causa del atentado. Fin del episodio.

¿Quisiéramos poder entender? ¿Hay una lógica detrás? ¿Por qué desaparecieron los Live 8 después del atentado? ¿Acaso será que operan como algo funcional a la maquinaria? Tienen que desaparecer porque algo les disputa sus pretensiones de ser quienes confrontan con el sistema y los ponen de un plumazo del mismo lado que aquellos a quienes dicen increpar, de la misma manera que creemos tener la opción de estar de un lado o de otro y entonces ante el horror suponemos que tenemos que elegir, y por supuesto que no estaremos con los que ponen bombas en los subterráneos, pero entonces surge también la “versión Eduardo Aliverti”, diciendo que “claro, nos hacen fijar en estos muertos, pero ¿qué pasa con los de Irak?”

A Discépolo en Cambalache no le indignaba tanto que el mundo fuera un desastre (“que el mundo fue y será una porquería ya lo sé”) como el hecho de que todo se hubiera entreverado (“e igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclado la vida”). Esa fue precisamente la característica del siglo XX, que Eric Hobsbawm llamó The age of extremes: la biblia y el calefón, todo junto. Cabe señalar que Discépolo escribió el tango en 1942, cuando la maquinaria de la muerte comenzaba su funcionamiento a pleno. ¿Hay algo que caracterice a la época que empezamos a vivir hace un tiempo? ¿La empezamos a vivir? ¿Podría tratarse de una época que no termina de comenzar? Hasta ahora lo que surge siempre como la obviedad es que los atentados, las nuevas guerras preventivas, ese poder minucioso (que a su vez parece esquizofrénicamente distanciado de lo que se llama la marcha de la economía: el mismo jueves a última hora las bolsas europeas habían recuperado prácticamente todo lo perdido durante el día) podría destruirnos a todos o a cualquiera de nosotros en cualquier momento. La factibilidad del fin de todo, pero ¿y el principio? ¿o es un eterno comienzo? Pareciera haber una conciencia general de destrucción que ya comenzó, que se está desarrollando y que se dirige hacia un final. La evaporación de la atmósfera, qué se yo. El secado de todos los ríos, cosas así. La lógica de la acumulación pareciera entonces exacerbarse como la mejor preparación para ese destino irreversible. Los mensajes que reafirman la validez de lo que hemos construido se postulan como paladines de los mejores rasgos de humanidad cuando en realidad solamente se refieren a una cuestión de predominio, de resguardo de poder.

Una historización muy elemental de los conflictos que se resuelven cobrando vidas humanas debería revelar que la humanidad ha avanzado (siempre dentro de su bestialidad): con atentados, con guerras preventivas y con daños colaterales inclusive, se cobran menos vidas hoy que, digamos, cuando Vietnam. La sutil diferencia es el trasfondo apocalíptico, que hoy parece haberse exacerbado. La visión apocalíptica anterior, que estaba representada por la posibilidad de guerra nuclear (y que se veía más o menos desarticulable como efectivamente sucedió) fue reemplazada por la actual visión apocalíptica del calentamiento global, el cual aparece como prácticamente imposible de detener. ¿Será otra falsa alarma que una vez más suena con gran verosimilitud?

El mito del fin de la historia sobrevuela los episodios que estamos viviendo: si no hubiera una predisposición generalizada a creer que la destrucción de nuestro planeta es muy factible, se podría ver a esta época como un nuevo asedio de los pueblos bárbaros al imperio dominante, y suponer por consiguiente que esa amalgama provocará una nueva síntesis. El mismo reconocimiento del calentamiento global como problema terminal podría verse como un sutil modo de extorsión: o compramos el actual fin de la historia o sobreviene el fin. ¿Es la historia una sucesión de distintas formas de ver el fin del mundo?

El tratamiento de este nuevo atentado en lo mediático da una sensación de naturalización que no parece proporcional a una magnitud decreciente (hasta ahora) en vidas cobradas. Aquí la imagen de atentado que se impone es la de los que se perpetran en Brazil, un atentado sistémico, un atascamiento en algún caño de esos que Robert de Niro desembrollaba. La maquinaria en general no se puede detener y en todo caso apenas hará falta poner caños que sean vías alternativas a los que puedan taparse. Cualquier cosa menos detenerse. A eso se refiere Blair cuando dice no lograrán destruir lo que hemos construido en este país. Entre los elementos comunes a los tres atentados hay uno que escapa a las distintas especulaciones: los tres atentados impactan en una maquinaria. Matan personas, sí, y desde ya que no queremos que mueran personas en forma arbitraria, pero cabe destacar que esas personas mueren en tanto parte de esa maquinaria. Matan laburantes se dice. Precisamente.

Existe en la economía política el mito muy conocido de los destructores de máquinas a partir de la revolución industrial. La versión oficial dice que los obreros acostumbrados a un régimen manufacturero preindustrial, tenían y tienen una tendencia a destruir las maquinarias por verlas como instrumentos que les harían perder sus trabajos. En el artículo que Hobsbawm dedica al tema en Gente poco corriente escarba documentación descubriendo que en realidad esas destrucciones eran más bien protestas gremiales, utilización de las escasas posibilidades que los obreros tenían de causar un perjuicio en pos de negociar mejores condiciones laborales. Resulta interesante establecer un paralelo entre aquellos sabotajes y los actuales. La versión oficial en este caso estaría hablando de un barbarismo que se opone al orden occidental pero ¿y si fueran factores no externos sino endógenos que reclaman una cuota de poder diferente?

A la vuelta del jardìn, le pregunto a mi hijo qué tendría ganas de hacer el fin de semana.

– Ir a pescar –me responde enseguida.

Me imagino yendo al rosedal con alguna cañita y pienso en lo remota que resulta la noción de pesca en la ciudad. Ya en la vereda, una grúa del SEC que se lleva a la rastra a algún incauto mal estacionado, me devuelve a mi hábitat.


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