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Ernesto Semán
30 June 2005, 14:11
Alguien nos felicitó ayer protestando al mismo tiempo porque muchas de las notas de TP sonaban a una justificación de quienes viven a fuera, a “algo así como [estar] buscando autoconvencerse de algo, un resentimiento o no se qué.” Una de las respuestas posibles era que nuestro resentemiento es en realidad algo más saludable, que oscila entre la crítica y el hartazo y las ganas; y que, por caso, el coctel aplica tanto para la Argentina como para muchos otros países del mundo, sólo que la Argentina, por una variedad de obvios motivos, está más cerca de todos.
Un depositario habtiual de esa mirada y ese cansancio suele ser España, que ayer sorprendió, o no tanto, al mundo con la aprobación de la ley que permite el matrimonio y la adpoción para los homosexuales, lo cual se contradice con el convencimiento de muchos de nosotros de que España vive en el Siglo XVI, idea forjada entre otras cosas porque hasta hace un par de años tenía como Presidente del Gobierno a alguien que, en el mejor de los casos, había llegado hasta el Siglo XVII.
El país es técnicamente el mismo de hace diez años: más o menos los mismos habitantes, los mismos hábitos, las mismas instituciones, los mismos diarios, la misma modernidad de prestado, el mismo pop pedorro, la misma cantidad de homosexuales, la misma poca o mucha discriminación contra un amplio muestrario de minorías, esas cosas.
Si algo cambió, es que ahora el Presidente del Gobierno fue a la Cámara Baja durante el debate, a pocos días de soportar una multitudinaria marcha contra el casamiento de homosexuales, para hacer su defensa de la ley. Según El Mundo, “ha querido destacar que España es desde hoy un país más decente, porque una sociedad decente es aquella que no humilla a sus miembros.”
O puesto de otro modo, lo que cambió es que antes estaba José María Aznar y ahora está José Luis Rodríguez Zapatero. Lo que significa que lo único que parece haber cambiado es quién es el político elegido. Lo que, a su vez, significa que el único cambio sustancial parece ser el de la política. Lo cual, finalmente y sin arrastrar esto infinitamente, explica por qué la política y lo público sigue estando en el centro de nuestra queja diaria, porqué importa tanto que en un cargo esté Aníbal Ibarra o López Murphy, porqué importa tanto que cuando está Ibarra se termine por parecer tanto a López Murphy.
No es un gran descubrimiento, sino un ejercicio de autoconvencimiento de porqué alguna gente gira y gira sobre las mismas cosas. Al menos en un punto, el paso de Aznar a Zapatero sacó a España del atavismo y lo puso en el mundo contemporaneo, incluso más adelante (sólo Belgica y Holanda comparten con España una legislación de este tipo. Canadá puede tenerla en breve).
Más de uno se pregunta por qué Argentina no tiene un Rodríguez Zapatero, algo tan inconducente como preguntarse por qué en Buenos Aires está Nito Artaza y no Vaclav Havel. En todo caso, algunos de los méritos de Néstor Kirchner en otros terrenos no son menos innovadores y trascendentes. Y en todo caso, alabado sea Dios que Néstor Kirchner tiene para con Zapatero la deferencia de no clavarlo en todas las reuniones, de conversar como si el otro fuera un ser humano, e incluso de romper su estricto deseo de no tener cenas de Estado y de haberle ofrecido una de ellas hace poco (Kirchner también fue, entre otras cosas, uno de los pocos presidentes que apoyó casi explícitamente a Zapatero en plena campaña electoral, cuando todos aseguraban un éxito de Aznar, y cuando Argentina se jugaba mucho en esa elección). En todo caso, queda como deuda que en la próxima recepción oficial a Zapatero se excluya del menú la tortura de tener que escuchar un show de media hora de Víctor Heredia. Enough is enough.
La combinación de cambio drástico y tono calmo no sólo es mérito de Zapatero sino del ambiente. Difícilmente en Argentina se pueda discutir temas que afecten a la distribución del ingreso con tanta gestualidad europea. Pero lo cierto es que tanto él como el PSOE han cambiado el clima de España como no había ocurrido desde el ‘80, cuando Felipe González iniciaba su gobierno. Tomando el calendario total de República-Franquismo-Felipe-Aznar-Zapatero, no es difícil deducir que, como en Estados Unidos, en España conviven dos mitades culturales bastante difíciles de conciliar, y que la calma del tono no exime un nivel de oscilación bastante extremo.
Zapatero no sólo ha promovido el matrimonio entre homosexuales en el país de la Inquisición. También ha liberado una serie de discursos sobre la pluralidad, los inmigrantes y el tercer mundo que, si tomaron forma de poder político y medidas de Estado, se lo deben en buena parte a su enunciación pública por parte de Zapatero.
En general odiamos las cadenas de emails (y las odiamos), pero la pequeña ironía de este email que circuló entre los que más se entusiasmaron con el final del debate público sobre el tema merece una excepción:
“Estoy completamente a favor de permitir el matrimonio entre católicos. Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo.
El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos.
Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión legal entre dos personas.
También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.
Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.
Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: también estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.
Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de ”¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”. Veo ese tipo de críticas y respondo: si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que,por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.
Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.
En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.
Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.”
Hay varias grietas en la comparación, sobre todo porque la homosexualidad es una opción sexual y privada sin ningún fin moral ni afan de prédica o expansión universal, y sólo tiene relevancia pública precisamente por la insistencia del pensamiento religioso sobre el tema. Pero en todo caso el punto no es ese, sino lo que El País llama como Las Bodas Gays, sobre las que Manuel Fraga acaba de advertir, al borde de la alucinación, por el peligro que traerán para el envejecimiento de la población española.
Eventualmente, un problema no tan grave. Fraga bien sabe que se resuelve recibiendo más inmigrantes.
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