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Ernesto Semán
29 June 2005, 14:45

Y ya que veníamos hablando de la cumbre del G8, la escasamente inspirada película The Girl in the Café y la participación especial de Don Fernando De la Rúa, resulta que en verdad sí va a haber una cumbre del G8, pero en el Gleneagles Hotel de Escocia en lugar de en Reykjavic, entre el 6 y el 8 de julio.

Nada demasiado novedoso al respecto, salvo la confirmación de que De la Rúa no estará presente y de que el G8 dedicará su cumbre al Africa y al Cambio Climático, al menos en lo que dice Tony Blair, y cualquiera sea el significado de dedicarse a estos temas en una reunión así.

Habrá protestas de todos los colores, y el cinismo a toda prueba de uno pone a la revuelta en una distancia y en nivel apenas un poco más importante que la cumbre en sí. Grupos de miles de personas, aferrados a frustraciones personales o exceso de aburrimiento o altisimas dosis de ingenuidad, combinados con una enorme red de burócratas juveniles pertenecientes a una variada gama de partidos y ONGs con algunas ideas mejores que las de Bush, pero seguro que menos interesantes que las de Blair, combinado con algunos que son demasiado radicales y otros que son demasiado moderados. Dicho lo cual, sólo Dios sabe si no es de esa misma arcilla que se hizo la revolución Rusa, o la Rosa, o la de los Claveles. Al fin y al cabo, nadie sabe cómo incidir en el curso de los ocho países más grandes de la tierra, asi que más humilde sería aguardar e incluso sumarse con moderado optimismo, en lugar de hacer diez líneas como las que preceden.

Entonces, con un optimismo renovado, vemos lo que está organizando Dissent. Dissent tiene una convocatoria simpática, que arranca invirtiendo la carga de la prueba:

“From July 6-8th, violent extremists will be converging on Scotland…

They’ll be trying to meet at the Gleneagles hotel,
And we’ll be trying to stop them.”

Los del Gleneagles hotel son los malos. Los ocho presidentes y un millar de pesadísimos burócratas entre los que muchos nos moriríamos por estar. Los buenos, que son la protesta organizada por Dissent, hacen otra cosa. Algunas que suenan Naive, aunque no directamente erroneas, como lo que publican hoy en The Guardian:

“Take me to your leader!” is not only the first demand of aliens to earthlings in science fiction movies; it is one echoed by police to protesters, journalists to revolutionaries. But it is a demand, when directed towards the participants in the global network of grassroots anti-capitalist movements, that can never be met. Ask the workers of Zanon, one of many self-managed factories in Argentina; the squatters of European Social Centres; the Zapatistas; or the participants in the US Direct Action Network, which shut down the World Trade Organisation meeting in Seattle.

Otras cosas son un poco más interesantes, como “Hori-Zone”, un campus de la protesta relativamente alejado, buscando desenfocar la atención habitual al dúo G8/Protestas.

The Hori-zone is an autonomous, convergence space at Borrowmeadow Farm, FK7 7SQ

Stirling open from 1st – 9th July

It is a zone of self-organisation, horizontal decision making,ecology and autonomy in action.
It is a radical campsite in resistance to the G8. It is space where people can organize in an open and participatory way, inviting all to take hold of their own lives and take a part in the creation of their own futures.

The site will be organised into autonomous”neighbourhoods” Each neighbourhood will strive for self-sufficiency, in both political and practical terms, but will also contribute to the running and well-being of the entire site.

The convergence space is less than one mile east of the city centre on the banks of the River Forth near Stirling Albion football club at Forth Bank Stadium just off the A91 Stirling. It was know as Burrough Meadow in loop of river Forth. See map at www.g8convergence2005.org

Once you are in Stirling simply follow the signs to the Forth Bank Stadium, and you will soon see signs to HORI-ZONE.

There will be frequent pick ups in the Convergence space minibuses from the Stirling train and bus station.
Limited shuttles will also run from Edinburgh and Glasgow. There is some car parking next to the site, and only limited on site parking. The best way to get there is by bus or train.

Lo cual le da un estilo distinto a la protesta. “Una protesta de nuevo tipo” hubiéramos dicho hace mil años quienes estuvimos en un lugar llamado Partido Intransigente (el recuerdo no es muy auspicioso, pero viene por una cadena asociativa y no pretende ser la Maldición de Malinche).

El punto es: vivir por unos días a pocos kilómetros de quienes tienen en sus manos el manejo de nuestro actual estilo de vida, demostrando que existe otro posible. Más un ejercicio de autoafirmación que otra cosa, porque a nadie se le escapa que los autos podrían funcionar a moco si alguien hubiera pensado el tema, por no decir que muchas cosas podrían funcionar igual o muchísimo mejor completamente sin autos.

Para eso, las fuentes de energía van a ser sustentables y renovables, las comidas sin pesticidas, los detergentes sin contaminantes, el papel higiénico recliclable, la economía de cada barrio autosustentable, y así.

Una puesta en escena que, si resulta efectiva, puede dar resultados interesantes. Dificilmente su expansión mundial, pero sí quizás algún grado de autoconsciencia sobre las propias responsabilidades de cada uno, llegando así, quizás, al resultado inverso: “Para qué me preocupo tanto por lo que va a hacer Bush con el petroleo si yo mismo soy incapaz de mover el traste sin subirme al auto.”

Un campo engañoso este de las responsabilidades individuales. Trato de seguirlo en aquello que puedo. Estoy en contra del automovil y creo que la expansión del transporte privado es el colmo de la ineficiencia, razón por la cual no tengo auto, no viviría en una ciudad en donde el auto sea indispensable y hago uso y abuso del transporte público siempre que me sea posible.

Responsabilidad individual con límites, claro. Hace tres años, un amigo y yo fuimos a dar una charla al Centro Bertolt Brecht, un reducto semi trotskista de Nueva York donde la concurriencia estaba fascinada con la Argentina y con la eventualidad de que en un lugar así la gente se estuviera matando en la calle por sus derechos. Como sea, el punto es que la charla era en julio, y en Nueva York hacía unos mil quinientos grados Farenheit y otros tantos Celsius. Promediando el bodrio en una sala repleta, con una especie de arroyo de transpiración que me bajaba de la nuca, seguía la columna vertebral y se derramaba por debajo del calzoncillo, logré ver un aire acondicionado en la otra punta del salón. Se me ocurrió pedir que lo prendan, y se me ocurrió pedirlo a alguien al lado, en lugar de proclamar mi derecho a viva voz. El joven, sumariamente, me dijo que no: “No, el aire estaba ahí cuando alquilamos la oficina, pero no lo usamos, porque contribuye al calentamiento global.”

Eso fue todo. Al menos fue todo para mi esa noche. La idea de pensar que el costo de limitar una ínfima contribución al calentamiento global futuro era que un centenar de personas nos derritiéramos como gusanos aquí y ahora fue demasiado.

Todo esto para admitir hoy, que hace mil grados y un trescientos por ciento de humedad en Nueva York, que finalmente, hace dos semanas, tras 36 años de una actitud militante y decidida, me compré un aire acondicionado enorme.


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