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Las Cosas Nuestras
Eliseo Brener
1 07 2005 - 12:34

Cuando yo era chico, mi viejo me torturaba en el auto poniendo tango. Pero algunas –raras– veces, ponía a Gardel. No voy a decir que me gustó desde siempre, pero era otra cosa. Como se cumplieron setenta años de su muerte tengo ganas de evocarlo, o quizá de invocarlo.
La sensación que uno tiene es que Gardel vivió en un mundo que no era el nuestro (lo cual es cierto porque era otra época, pero no lo digo por eso), así como que su muerte sigue aconteciendo una y otra vez. La imagen jurisprudencial que se aplica ahora a los crímenes de lesa humanidad, eso de que se siguen cometiendo y que por lo tanto no prescriben, es la relación que aparece. De cualquier manera, hoy pareciera que la muerte de Gardel está devaluada respecto de mi recuerdo de chico, y quizá tenga que ver con la devaluación (puertas afuera) de la canchereada argentina.
Siempre que uno intenta acercarse a lo que era Gardel, se encuentra con otra cosa. Difícilmente algún personaje argentino esté tan saturado de estereotipos como él: “el morocho del abasto”, “el zorzal criollo”, “cada día canta mejor”, “uy dio, qué ircerdio” y prácticamente cualquier cosa relacionada que uno pueda vislumbrar, es un cliché. Tanto que cuando, finalmente, uno accede a algún material un poco más recóndito, resulta sorprendente que detrás de todo eso haya una persona. Todo lo que contribuye a la construcción de su imagen parece mantenerla bajo siete llaves, como para que de ninguna manera se la pueda deconstruir. Me viene a la cabeza la controversia reciente por la supuesta humanización de Hitler en La caída: hay fuerzas inexplicables que tironean cuando se intenta ver la humanidad de ciertos deshumanizados.
Lo que se conoce de la vida de Gardel –que es bastante– parece sembrado de un misterio constante. Y es que cualquier testimonio de época que uno encuentre no puede escapar de ese melodrama, y esto impide acercarse o provoca el temor de encontrarse con nada. Recuerdo especialmente cuando era chico que se hablaba de los misterios: que si había nacido realmente en Toulouse, que si había compuesto realmente las canciones con Le Pera, que si en realidad no era homosexual. Ahora que enumero estas versiones, parece que hubieran perdido vigencia. Algunos uruguayos siguen insistiendo con hacerle un ADN al cadáver por ejemplo, pero no hay mucho más que eso ¿Las teorías conspirativas pierden vigencia? Los que acabo de mencionar son misterios que en el mundo de hoy no presentan mucha inquietud por esa sensación constante, que todo lo abarca, de impostura generalizada. ¿Si nació en un lugar o en otro? Los artistas se fabrican los orígenes que crean convenientes. ¿Si en realidad no compuso las obras que se dice que compuso? Los artistas tienen quien les componga como parte de la producción. ¿Era homosexual? Los artistas pueden o no serlo, y eso aún como una estrategia de marketing. Lo que me parece es que la figurita con la sonrisa fue perdiendo el brillo de los misterios, la liturgia se ha ido convirtiendo en piezas de museo arrumbadas y polvorientas, de una sala que ya nadie visita.
Estamos en épocas en que la cuestión de las identidades nacionales está a la orden del día. Quien intente hacer algún negocio tiene que enarbolar la identidad nacional si pretende quedar bien parado, porque es algo que vende y condición sine qua non para cualquier cosa. Esto podría dar cuenta de cierto sentir popular, pero sin dudas atestigua lo difuso y cada vez más insostenible de una idea de identidad nacional: si fuera algo concreto y firme, no se hablaría tanto de ella. La idea de membrana de Semán merodea por acá, pero mi pregunta es ¿esto fue siempre así? ¿siempre fue la identidad nacional una membrana atada al tipo de cambio?
[Digresión I: El 11 de septiembre de 1931 Gardel actúa en el Broadway (el mismo cuya parte superior es ahora un apart hotel, en Corrientes casi Obelisco). El 15 de septiembre, Carlos de la Púa, (a)El Malevo Muñoz, le escribe una carta pública en el diario Crítica. Cuenta haber estado en el teatro acompañado por Discepolín, y después de dorarle la píldora diciéndole lo grato, canchero y entrador como ninguno que es Carlitos, le empieza a dar con un caño por haber cantado una canzoneta napolitana.
“Nos miramos con Discépolo y con nuestro lengue que solo estaba acostumbrado a almacenar mocos, nos secamos una lágrima.”
(...)
“No profanés hermano, las cosas nuestras que te dieron gloria y guita alternándolas con esas macanas franco-napolitanas, que no nos interesan, no las sentimos y que…bueno”
“No te dejés engrupir, Carlitos, largá a tiempo antes de que se pase el santo por el elemento rante y empiecen a disminuir los discos, que bien sabés que no los compran los bacanes.”
(...)
“Pensá que mañana se te puede pinchar un neumático y cuando te quedés en yanta…el amor del pueblo vale mucho, por eso no tenés que dar motivo para que pueda echarte nada en cara.”
“Tu querido Buenos Aires, la calle Corrientes, la Cortada, los burros, el tango, la milonga, esa es tu vida, tu verdadera vida; todo lo demás es grupo”
Las cartas publicadas en los diarios para que las lea alguien más que su destinatario explícito no son algo nuevo. Para esa altura, Gardel ya había interpretado y grabado foxtrot, shimmy, pasodoble y balada rusa entre los años 1924 y 1927, pero de repente irrita al Malevo Muñoz que cante una canzoneta napolitana en 1931. ¿Qué debate entre lo nacional y lo foráneo había oculto ahí? ¿Tendrá algo que ver el hecho de que ya hubieran comenzado los ’30?]
Para quienes éramos chicos en los 70, el tango era algo absolutamente obsoleto, grasa, digno de vergüenza ajena (que siempre es vergüenza propia de alguna otra cosa). La imagen de los miércoles de Grandes Valores del Tango era de lo más decadente que se podía imaginar. Con el Piazzolla de fines de los ’80 (coronado con los conciertos de su último sexteto donde reverenciaba a Menem asumiendo la postura de gorila converso) y con el globalismo de los ’90, el tango pasó a estar bien como otra expresión de World Music. Aún así, acceder a una colección integral de Gardel siguió siendo algo imposible.
Recuerdo que EMI editaba una colección integral de sus discos en volúmenes triples de vinilo. En los finales de los ’70 o principios de los ’80, aparecían comentarios en la sección de crítica de discos de la revista Humor, si no me equivoco a cargo de Aquiles Fabregat. En ese entonces andaban más o menos por el volumen 36 (cada uno de los cuales contenía 3 vinilos) y el que hacía la crítica se sorprendía de que siguieran desenterrándose versiones de sus grabaciones, con lo cual no creo que aparecieran muchos volúmenes más. Haciendo cuentas, a 12 pistas por vinilo, unas 36 por volumen, a 40 volúmenes darían un total de unas 1400 grabaciones más o menos. Los datos coinciden con la discografía que tengo en mis manos. Todo ese material de estudio está desaparecido (como integral, quiero decir). Lo más aproximado es una colección de cds que apareció por fascículos hace algunos años, que consiste en un integral sin versiones alternativas.
Los discos de Gardel siempre se escucharon mal. Por más remasterizaciones aplicadas (o tecnicismos que debieran considerarse herejías, como ser las mezclas de su música original con una superposición de acompañamiento a cargo de la orquesta de Alfredo De Angelis) o por más que en los noventa nos hayan intentado vender la falsa edición integral –horrible por otra parte– a cargo del sello suizo “El Bandoneón”. La secuencia técnica más o menos real indica que las grabaciones iniciales, las de los dúos con Martino o Razzano se escuchan como una especie de lamentos chorreantes en un idioma muy extraño, que en la primera mitad de los ’20 se escucha un poco peor que a partir de más o menos el año 27 (o fines del 26, con las grabaciones eléctricas) y que lo que grabó para la Paramount –los hits compuestos con Le Pera– es lo que se escucha más limpio de todo.
[ Digresión II: Año 1930. Gardel graba –a poco de la invención del sonoro– lo que serían los primeros clips musicales de los cuales yo tengo noticia. En estas películas quemadas se ve la silueta fantasmal, con ojos llameantes al cantar el tango Canchero:
El cariño de una mina
que me llevaba doblado
en malicia y experiencia
me sacó de perdedor
Las canciones se alternan con un sketch y presentaciones donde participan fugazmente Francisco Canaro, Enrique Santos Discépolo y Celedonio Flores.
En el sketch que precede a Viejo Smoking, Gardel –en la miseria– le dice a su partenaire que llevó todo a empeñar, que ya no le queda nada excepto el smoking. El otro le sugiere empeñar las boletas de empeño, a lo que Carlitos replica:
— Son boletas de boletas. ]
El tango era música instrumental, que tenía sus expresiones intelectuales en Juan Carlos Cobián, Julio de Caro, Pedro Maffia, Ciriaco Ortiz, y como más populachero a Francisco Canaro. No existió un tango cantado hasta que a Gardel se le ocurrió cantar Mi noche triste en 1917. Lo hizo en el teatro Esmeralda, que hoy es el Maipo. Paso casi todos los días por esa vereda –instransitable de humo de bondis, grasa de choripanes que baja desde Lavalle por las zanjas hasta las alcantarillas, motoqueros que pasan rozando el cordón– sin poder relacionar esta decadencia actual con algo tan trascendente.
Gardel para mí fue el personaje omnipresente sin que mis viejos pudieran dar testimonios de haberlo visto u oído en vida, porque se murió antes de que ellos nacieran. Eso por diferenciarlo, por ejemplo, de Perón, a quien hasta yo pude ver vivo en la tele. A lo sumo, alguno de mis abuelos contaba haberlo escuchado alguna vez por la radio. Prácticamente no hay teatro en el país que haya sido contemporáneo suyo y no ostente la marca de que en algún momento pasó Gardel por su escenario. Así lo recordaba hace algunos años un locutor que presentaba al Quinteto Real en el actual Teatro Regio. Nos dicen “en este escenario cantó Gardel” y resulta muy difícil establecer la presencia de alguien así de mítico en ese sitio, en cualquier sitio. Y sin embargo cantó en casi todos…
¿A cargo de quiénes quedó la liturgia? Me intriga saber cómo se construyó el personaje deshumanizado. Uno podría suponer que haya habido algún grupo de apóstoles que resguardaran el acceso a su vida y sus milagros, pero era demasiada la gente que lo conocía y podía dar testimonio como para que ésto sea así. En la construcción tienen que haber intervenido factores sociales y políticos, principalmente cuando se tiene en cuenta el abismo que hay entre su época, que es la belle epoque y su culminación con la caída de los años ’30 y lo que se fue conformando como época de oro del tango en los años ’40 y el nuevo contexto mundial y el advenimiento de la nueva identidad nacional ¿Habrá surgido una necesidad posterior de elevar a la categoría de mito para alejar? Las teorías conspirativas sobre lo espurio de sus supuestos orígenes y de sus obras ¿podrían ser afluentes de tal necesidad?
Hace algunos días en este mismo espacio Ivana Steimberg se preguntaba sobre si hay un mandato o un consenso respecto de las modas. A mi me interesa ahora plantear diferencias entre modas y clásicos con respecto a eso. Visto desde la perspectiva de aquella dialéctica y tomando una posición nihilista, se podría decir que hemos llegado a un punto en el cual sólo queda un reciclado de modas, que ya nada tiene esperanza de transformarse en clásico y que sólo queda entonces una destrucción a través de la alternancia. Paradójicamente y en sentido contrario, también desde ese punto de vista se podría afirmar que la irreverencia generalizada que desacraliza todo lo que toca nos da la posibilidad de terminar con los clásicos en tanto figuras estáticas y estereotipadas pudiendo ser revisados y vueltos a revisar y puestos cabeza abajo y del derecho y del revés en un proceso creativo. Quién sabe.
Ya dije que me sucede con frecuencia el añorar tiempos que no viví. Algunos de esos tiempos son los años 20. A veces, incluso juego a fantasear que algunos recuerdos muy borrosos de cuando era muy chico se corresponden con esa época. El ponerme a pensar que durante esos años transcurría el mundo de Gardel, que era también el mundo de Arlt, el de las huelgas de la Patagonia, el anarquismo (y afuera el de Kafka, el primer Ellington, Buster Keaton, el expresionismo, la bauhaus y la música degenerada, Satie y el art nouveau) conforma para mí un universo fantástico, lleno de objetos de interés.
El asunto del acercamiento a los personajes, algo que insinué respecto de la forma de recordar de nuestra generación, me sugiere que nos podemos remitir a las fuentes y encontrarnos con algo que no sea la litografía sonriente. Siguiendo en la misma línea: lo que tenemos son versiones, en particular aquellas que se convirtieron en registros. Si fuera cierto que podemos tener una mayor conciencia de la mediatización de los recuerdos, entonces tendríamos que poder reconstruir un universo desconocido en base a la documentación existente. Una mayor igualdad de derechos de acceso a documentación histórica existente que no está digitalizada –lo cual seguramente implicaría su digitalización– es un punto que no figura en la agenda de ningún proyecto de país de los que supuestamente se están discutiendo en la actualidad. Mientras tanto, miles de páginas de noticias se apilan una tras otra, contándonos acerca de novedades tales como la corrupción, la desigualdad y el ser argentino en su doble aspecto de ostentación de virtudes y de miserias.
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Del mismo autor:
Correspondencia Escolar (02)
Pagliaccio
Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
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