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Esteban Schmidt
19 June 2005, 21:52

“par in parem non habet imperium”

Es muy posible que alguien esté haciendo mal los números. Es la frase de siempre, en cada despelote grande, cómo puede ser que los restaurants estén todos llenos. Pero están y se abren más y más. A los que vivimos por Palermo nos viene bárbaro porque tenemos mucho para elegir y porque esos lugares al mediodía también abren y te dan un almuerzo por diez o doce pesos y zafás bien, comida rica, todo limpio, un cope. Ahora faltan los diez o doce pesos cada día, pero eso es otro tema. Todo, además, por aquí, se acomoda a esa belleza para lo ínfimo que supone el design llevado a cada cosa.

Con seis pesos el otro día nos prepararon en una roti de qualité, un sándwich de pollo, con tomates confitados, con hongos, con brotes de soja, todo salteado y le echaron crema y saltearon y lo empanaron en panes grandes de campo y le pusieron lechuga y tenía tres o cuatro cosas más, riquísimo.

Por acá da gusto vivir porque hay cien detalles que están bien. Y excepto los tres o cuatro temas grandes: “El amor, la muerte, el para qué vivo” que son iguales para todo el mundo en todos lados, los otros cien detalles que les bailan alrededor a los temas grossos, es mejor vivirlos donde son bien tratados.

Igual nos falta información, que alguien investigue un poquito, para saber, no para botonear. El valor de las propiedades, más la transformación de casas en restaurants, los reciclados, los cubiertos, la batería de cocina cuestan una fortuna. Y no dan los números para que eso sea un negocio con una tasa de retorno aceptable sino hasta dentro de cincuenta años. Por lo que la hipótesis es que los papás con guita le están asegurando una ocupación a los hijos. Con la escritura los padres compran una propiedad y una vida para sus hijos. Igual que en el interior los padres acaudalados bancan la carrera de los pibes que hacen turismo carretera, acá les bancan los restós. Seguramente fue siempre así, con todo.

Ahora se han puesto muy de moda los negocios de bombachas y calzoncillos divertidos.

Al tiempo que se advierte un baby boom que tiene la novedad de que encuentra a muchos padres relacionándose técnicamente con sus hijos. “Y ahora que son las 22 horas y en la calle hay 17 grados, le ponemos éste sombrerito. Ah, pero no tomó la media mamadera de las 16:40, entonces, le ponemos también un algodoncito en la bolitas” y mañana…, “Vamos a hablar con una amiga sicóloga de papá para que ver cómo le decimos a bobito que mamá se va dos días a un Congreso”. Hay que tener hijos pronto para salir a combatir esto. Por suerte los chicos suelen hacer bastante lo que quieren pero si le hacen caso a estos padres, en veinte años no habrá ninguna historia interesante por contar ni habrá quien la cuente.

Esto en Palermo.

Porque en Caballito, donde una delegación de TP estuvo ayer haciendo un poco de campo, los pibes recojen los Sugus que se le cayeron al suelo, ya sin el papelito, y se lo meten en la boca y no se han muerto. Y los padres los agarran de las orejas, o los tironean del brazo para cruzar Rivadavia por la mitad de cuadra. Y si piden helado no les compran. Y les dicen; “vestite, la abuela se murió”. Y, claro, también hay abrazos, con los goles o cuando entierran a la abuela. Estos pibes van a tener algo que contar seguro.

En Caballito, todavía, el jamón es jamón y el coño es un coño como escribió Geno Díaz.

Nos críamos en Caballito, el cine Moreno, Ferro, las pendejas del normal 4, la disquería de la galería París, Río Rhin, Ronne. En 1980 Caballito estaba parejo con el Palermo de hoy o con el Belgrano de hoy. Posiblemente era más que Palermo en esos años y menos que Belgrano. En términos de skates, en Caballito la mayoría se compraba la patineta Leccese y en Belgrano, la mayoría, una yanqui…, ay que cómo te llamabas…

Definitivamente las calles Beauchef, Rosario frente al Parque Rivadavia, todo ese mundo de Toselli y Fuentes era un mundo cheto, re cheto. Con cosas de calidad.

Todo empezó a cambiar con la hiper del 89. Ahí se fue para abajo. Suponemos primero en los hogares, esa historia de los azulejos que se parten y ya no los cambiás y luego, de a poquito, mostrando la miseria para afuera. Pero hubo uno de esos años en que todo cambió abruptamente.

Si hubiera que marcar el punto de inflexión fue cuando les cambiaron el vestuario a los mozos de El Coleccionista y el delantal marroncito te con leche pasó a un estampado floreado. Y no es que los dueños cambiaron como algunos creímos; no, esos mismos dueños creyeron que esa era la forma de renovar el vestuario. Actulizarse fue afear. Si el público del bar había cambiado para 1996, eso era algo que sabrían mejor que uno. Debe haber una suma y resta de tostados o licuados que les debe dar una idea de quiénes van y quienes no van. Pero si el público no había cambiado, el público cambió con la renovación del vestuario. Fue una expulsión. El Coleccionista, que era una coqueta confitería perfectamente trasladable a Roma o a Paris, se había mudado de golpe a Quito.

Entonces, todos los de Paris, nos fuimos a Paris con el 55.
Hay quienes dicen que el punto de inflexión fue la instalación del bingo sobre la calle Rosario o que el sanatorio Antartida comenzara a caer y mostrara una imagen de hospital del conurbano.

Y el resto es conocido. Como hubieron más kioscos, el paisaje de cada vereda se llenó de los cartelitos de las marcas de golosinas, más comercios minoristas, más cartelería y como cuando la cosa viene mal se compite por precio, hay que poner carteles grandes y vistosos de oferta o sale.

Y bueh, si estás más pobre, comés más panchos, entonces una heladería que podía perfectamente cerrar todo el invierno como la heladería Silvio en Acoyte y Yerbal terminó vendiendo calentitos y todo, se fue lumpenizando.

Nuestra casa era en Acoyte y Avellaneda. Y en la misma cuadra vivía el dueño de una maderera llamado Viganó y a la vuelta vivían los Vilaplana que eran como los goldsilver porque tenían dos ford farlaines, uno para el esposo, otro para la esposa. Sus hijos iban a la misma escuela pública que Manuel Sadosky. A la otra vuelta de casa, por Hidalgo vivía Hugo Lamónica, quien había integrado el gabinete económico de Joe y se había mudado al primer edificio de Buenos Aires en incorporar el portero visor, hablamos de 1978. Sí, es el mismo Lamónica que luego se bizarró mal, peor que Ikonicoff.

En Rivadavia y José María Moreno estaba Liceo deportes. Propiedad de un turco y sus turquitos con una capacidad de venta inigualable. El turco mayor iba a siempre a ocupar una mesa en Grandes Valores del Tango, todos los miércoles. Uno de sus hijos me encajó una raqueta Donnay de grafito que no se parecía mucho a la que usaba Borg y que era la que yo estaba buscando. “Esta es de entrenamiento”, me dijo. Y la madre de uno no sabía nada y nosotros queríamos jugar con lo mejor que hubiera para poder llegar lo más lejos posible. Al poco tiempo le empezó a saltar la pintura a la Donnay y un año después la madera se venció. Como dijo Saúl Ubaldini cuando las masas insultaron a Jaroslavsky en la avenida Nueve de Julio, aludiendo no a su condición de radical, sino de hijo de sion, “la colectividad no tiene nada que ver, siempre hay una oveja negra”.

Bueno, es tarde.

Otro día continuamos.

La cosa es que en Avellaneda y Acoyte instalaron un Ugi’s ya hace varios años y para esa época vino el definitivo destete. “Mami, no podés ser tan grasa”, fue la frase que marcó nuestra madurez.

Pero ayer…, que era lo quería contar, Caballito dio muestras de estar levantando. Que la caída terminó y que nos levantamos.
Pero hacemos otra excursión y escribimos con más tiempo.

Feliz día del padre.


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