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Eliseo Brener
21 June 2005, 18:28
Susanita le contaba una vez a Mafalda su fantasía de ser una gran dama de caridad y se explayaba en los detalles al contar cómo organizaría banquetes donde hubiera pollo, pavo y lechón con el fin de juntar fondos para comprar harina y sémola y fideos y esas porquerías que comen los pobres.
Entre tantas otras cosas, 1984 fue el año de Band Aid, y a su vez Band Aid fue el proyecto que terminó de consolidar a Bob Geldof, que ya había hecho carrera con Boomtown Rats y sobre todo como el protagonista de The Wall, como un personaje emblemático de un rock intelectual y combativo (si caben estas categorías).
Casi inmediatamente, e inspirado en Band Aid, apareció USA for Africa cantando la que sería más perdurable (ya lleva 20 años pasándose) We are the world. En la facultad, los fanáticos de Macintosh obviamente adherían a Band Aid, considerando a USA for Africa de una grasada extrema, entre otras cosas porque unos eran ingleses y los otros yankis, porque la gráfica de una era agradable y la otra sumamente mersa y porque, en definitiva, “Do they know it’s christmas” era mejor que “We are the world” (flaco mérito, al fin y al cabo). Como en tantos otros casos, estas diferencias ocultaban cuestiones más profundas.
Empiezo a recordar ésto al ver las noticias del flamante Live Eight y para mí es como despertarme de un sueño de veinte años, ya que no había prestado atención a lo que estuvo haciendo Geldof todo este tiempo, más allá de algunos discos que no me interesaron. Live 8 aparentemente debe su nombre a que el movimiento interpelará al G8 una semana antes de que se reúna en Escocia. Le vino bien a Geldof que el G7 incorporara a otro país para llamarse G8, porque “Eight” forma un juego de palabras con “Aid”, lo cual es bien cool. Si siguiera siendo “Seven” se hubiera complicado un poco y habría necesitado un refuerzo de marketing. ¿De qué se trata todo el asunto? Por suerte en la página de Live 8 hay una sección dedicada a esta pregunta:
This is without doubt a moment in history where ordinary people can grasp the chance to achieve something truly monumental and demand from the 8 world leaders at G8 an end to poverty.
The G8 leaders have it within their power to alter history. They will only have the will to do so if tens of thousands of people show them that enough is enough.
Tomá. Así nomás. Si decenas de miles de personas les dicen a los líderes del mundo que ha sido suficiente, las cosas van a cambiar.
Otro punto interesante en la mecánica del evento es la cuestión timba de por medio. Las entradas para los conciertos de Live 8 no se pueden comprar, solamente se puede participar en un sorteo mandando un mensaje SMS a un costo de £1,5 el número y entre todos los aportantes se sortean las entradas. Como resultado, a los conciertos se los llama gratuitos. Quizá algo le hace suponer a Geldof que ésto representa una especie de equidad, pero la idea de una serie de conciertos supuestamente progres con una selección de público participante realizada con el estilo de Susana Giménez (además de enviar el mensaje, se debe responder la pregunta “¿adónde terminará la larga caminata a la justicia?”. Ah, me olvidaba mencionar que todo el asunto tiene el slogan The Long Walk To Justice.) a mi me provoca una mezcla de horror con náuseas. Podría agregarle a la promo la frase: sin obligación de compra.
Una cosa es valorar la niñez y seguir teniendo actitudes infantiles ante ciertas cosas. Otra muy distinta es valorar la adolescencia y ahí es donde debemos tener más cuidado. Mientras que el niño que llevamos adentro nos puede salvar de muchas cosas, el adolescente que podamos llevar adentro nos puede hundir en el recitalismo .
Pero toda esta cuestión que me viene pasando como si fuera casual, que aparezcan hechos que me remiten directamente a otros hechos acontecidos hace veinte años y la forma en que impactaban en mí esos otros hechos y la forma en que los hechos actuales parecen resignificar a los anteriores, me hace pensar en los recuerdos y las formas de recordar, si cabe hablar de tales cosas.
El esbozo de teoría que se me estaba ocurriendo es más o menos así: si nos ubicamos en la generación de los que orillamos los 40, entonces los de 60 y pico serían nuestros padres y los de 50 la generación intermedia, los que se supone que fueron más lastimados por la dictadura y todo ese estofado. Lo que a mi me interesa es la forma de recordar de cada generación, suponiendo que haya rasgos comunes correspondientes a cada una. Se me ocurre que si nuestros viejos se la pasan recordando lo que pasó, entonces nosotros recordamos lo que alguien dijo que pasaba o lo que a mí me pasaba con eso. Tendría que ponerme a estudiar un poco más esta hipótesis, pero en resumen vendría a ser que si nuestros viejos recuerdan La razón de mi vida, la laica o la libre, los tacuara, los azules y colorados, nosotros recordaríamos lo que Mafalda decía de Vietnam, lo que Alfonsín decía de la democracia, lo que Tato Bores decía de la casa rosada. Me refiero a una mayor conciencia de la mediatización, porque mediatizado es todo: nadie tiene el recuerdo que abarque la realidad.
La generación que llamo intermedia parece mucho más imbuida de certezas, con una obsesión en sus pretensiones de recordar las cosas tal como fueron y no olvidarse de nada. Flagelar al olvido. Escucho el sábado a la mañana un poco de Eduardo Aliverti, que parece tener una sección fija (aunque no formalizada de esa manera): “¿qué pasó con…?”. Es muy común que con esa muletilla elija un tema y diga “ahora nadie se acuerda de…”. Este sábado eran los mineros accidentados hace un año, a quienes supuestamente mató una mezcla de desidia corrupta con inescrupulosidad empresaria. La onda pareciera ser en general reprendernos a todos por olvidar algo tan importante. Algo así como que si recordásemos más no haríamos tantas cagadas como pueblo. Y yo no sé, la verdad. No creo que sea tan matemático el asunto. Si nos pasáramos recordando todos y cada uno de estos episodios, los que según este tipo de personajes dan claras muestras de un orden injusto, ¿propiciaríamos un orden más justo o simplemente estaríamos más alienados?
A ver, quizá parezca que desprecio la memoria. No, simplemente me pongo a pensar en frases como “la gente olvida fácilmente” o “se equivocan los pueblos que olvidan” o “si recordáramos, estas cosas no pasarían”. ¿Si recordáramos qué cosas? ¿Qué es lo que hay que recordar? ¿Tenemos que recordar todos los programas de María Laura Santillán? ¿Los del fiscal Moreno Ocampo? ¿Las notas de Verbitsky? ¿Tiempo Nuevo? ¿Hora Clave? Se confunde el tener información acumulada con tener memoria, y tener memoria con actuar en consecuencia. El hecho de que sepamos cada paso del derrotero de los obreros de la fábrica recuperada Zanón en Neuquén, la forma en que han ido creciendo y recuperando ingresos y pagando deudas y soportando embargos e intentos de sabotaje por parte del gobierno provincial, los argumentos que esgrimen en su favor, los argumentos de los partidarios del desalojo, las distintas movilizaciones que realizan o realizaron y las agrupaciones que convocaron ¿nos va a hacer actuar de manera diferente? Se nos dice además este tipo de cosas en los grupúsculos de los cuales supuestamente somos suscriptores, como si de alguna manera debiéramos actuar como concientizadores de algún movimiento en pos de cambiar la injusta distribución de la riqueza. Bien, inténtese argumentar en este sentido en alguna reunión distendida con gente que opine lo contrario y véase si se arriba a algún punto diferente del punto de partida. Inténtese lo mismo con los integrantes del G8, en lo posible que el intento sea hecho por decenas de miles de personas, para que tenga más peso la argumentación.
Cuando íbamos al colegio, ¿cuál era el lugar común que nos inculcaban nuestros mayores respecto de Historia? Que “nunca nos iban a enseñar lo pasado recientemente”, y eso supuestamente atribuido a una especie de conjura dictatorial o tiránica. Me pregunto cómo se traduce eso hoy, cuando de acuerdo a la sobreabundancia de información y a la sobrevaloración de cualquier anécdota como hecho histórico importante, sería físicamente imposible cubrir un programa de historia nacional, o de historia de lo que sea.
Pero volviendo a nuestra generación, caímos en la cuenta desde bien temprano de la inutilidad de tomar el poder (y acá no cito a Gramsci o a Foucault porque no los leí, pero parece que tienen relación), pero dentro de alrededor de 10 años seremos la generación que tenga alrededor de cincuenta en ese momento, prácticamente la generación gobernante. ¿Qué pasará entonces? Estoy generalizando demasiado con esto de las generaciones, pero me inquieta. El grupo de personas al que me refiero como nosotros en algún momento creyó en la verdad y la belleza que emanaban de algo que podríamos llamar rock progresivo, en sus posibilidades de cambiar el mundo, tuvo un cierto optimismo en que la tecnología liberaría a la humanidad, creyó en el escepticismo como alternativa a los fanatismos, se inclinó emocionalmente por una idea romántica de izquierda pero se fue desencantando siempre que algún elemento realmente existente de esa izquierda entrara en el tablero. Ahora sabemos que el universo simbólico hace que las materias opinables trasciendan la discusión sobre el poder y actores políticos, la corrupción, la acumulación del capital, la plusvalía, la propiedad de los medios de producción y la explotación, sin dejar de ser políticas. Quiero decir que cualquier discusión —se trate de lo que se trate— es política y no debería juzgarse su banalidad o su trascendencia a priori. Se puede insistir con la importancia de recordar, pero la cuestión es qué se recuerda y desde qué lugar, y quienes insisten en que nos olvidamos muy facilmente se arrogan el derecho de señalarnos cuáles recuerdos son importantes y cuáles no.
En este preciso momento tengo un recuerdo para contar.
La escena transcurre en el año 1992, en el aula más parecida a un anfiteatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Puán 480. Es alguno de esos momentos preeleccionarios o poseleccionarios, no recuerdo bien, pero ha de ser preeleccionario. El menemismo está en su apogeo y la izquierda regurgita en la universidad. A esta casa de estudios se ha apersonado Jorge Altamira y se dirige al estudiantado, que lo escucha atento. El tipo dice las cosas que cabía esperar de un Altamira en 1992. Que la entrega del país, que el imperialismo, que las privatizaciones en ciernes, que la burguesía dominante y las masas explotadas. En un clímax del discurso donde uno podía ya imaginarse sumergido en un mar de banderas rojas que todo lo cubren y que avanzan imparables hacia el palacio de invierno, en medio del silencio absoluto que permite escuchar cada armónico de la voz de Jorge Altamira, se escucha un sonido fuera de contexto, algo que hiela la sangre como debe helar la sangre un toque de queda previo a un bombardeo: es el celular de Jorge Altamira, que está sonando desde su bolsillo (celular: objeto altamente burgués teniendo en cuenta el contexto del año 1992. Prácticamente quien lo poseía era considerado en ese entonces un garca hecho y derecho). Altamira se pone literalmente rojo, manotea en el aire, se monta un pequeño operativo en el cual un asistente corre en su auxilio como si se hubiera convertido en blanco de un francotirador y se aleja hacia la puerta del aula portando el aparato en la mano como si se tratara de la brigada de explosivos intentando desactivar una bomba. Altamira respira hondo. Levanta la vista. Calla dos segundos más. Toma aire y vuelve a dirigirse a la audiencia.
Me puse a escribir pensando en “Do they know it’s christmas time” mientras mi hijo —que acaba de cumplir tres años— mira por enésima vez “The nightmare before christmas”, que parece ir convirtiéndose en un clásico de su generación. La mira en versión del ripeo que conseguimos por ahí, que es subtitulado y pienso en la extrañeza de que pueda estar absorbido por una película de la cual no entiende lo que se dice (al igual que escucho que les pasa a tantos chicos que vieron la misma copia) y compruebo algo sabido: que su comprensión (la comprensión de los chicos chiquitos) va más allá de la del texto hablado.
Se habla —hablamos— de los hijos en TP y al pensar en esta coincidencia recuerdo una frase que le oí decir al flaco Spinetta hace ya unos cuántos años:
—Pasa que hoy en día lo contestatario es tener una familia.
En ese momento me pareció otro de sus delirios.
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