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Ernesto Semán
14 June 2005, 06:11
Si a Aníbal Ibarra le hubiera llevado menos de seis años y varias catástrofes políticas y de otro tipo lanzar la nueva Guardia Urbana de la ciudad de Buenos Aires, ésta sería sólo una gran noticia. El invento es un parche en el mejor de los sentidos: un cuerpo de funcionarios públicos que cumple algunas de las funciones claves, no-policiales, de la seguridad, como la prevención, la liberación de mas agentes policiales para tareas que les son propias, la de una mayor presencia del Estado en la calle como primer paso para reinstalarlo en algún lugar de autoridad que, para mejor, no está enteramente basado en la coerción (la Guardia Urbana no lleva armas y está integrada por gente que, a juzgar por las fotos de los diarios, no inspiran particular temor).
A falta de traslado de la policía federal a manos de la ciudad, crear la guardia urbana es usar algo de la astucia y creatividad que tiene que tener un funcionario para sacarle el mayor jugo posible a su cargo y atender una agenda política propia sin transformarla en una excusa eterna.
Los No-Canas salieron ayer con sus gorritas y sus camionetas, después de un entrenamiento a cargo de una variedad de agencias públicas, como el INAP (en una de las pocas veces que logra hacer algo que cuadra exactamente en sus funciones) y la Facultad de Derecho de la UBA. Entraron al proscenio de la mano de Aníbal Ibarra, Raúl Fernández y Vilma Ibarra, quizás tres de los funcionarios y dirigentes más deteriorados en su performance pública desde el incendio de Cromagnón. Pero es probable que ni ese ni el impacto de su trabajo en la seguridad pública sean los mayores problemas que tengan por delante. La Guardia Urbana sale a que se la devore Buenos Aires, su clase media y su clima de campaña. Sale a que aquellos que llevan casi 20 años exigiendole excelencia al Estado y acusándolo de inservibilidad irreversible consientan que se destinen fondos para su trabajo. A que quienes patalean porque el Estado no controla apoyen a un Estado que controle más.
De acá a unas semanas, un futuro distópico pero no imposible es tener a una serie de candidatos del centro derecha diciendo que para qué gastar plata en unos tipos que no tienen armas ni pueden frenar a un chorro; a otra serie de candidatos variados acusando al gobierno porteño de manotear la iniciativa para salir del marasmo (algo que podría ser tan cierto como irrelevante respecto de la importancia del anuncio); a un grupo generoso de gente molesta por tener a funcionarios públicos pispeando si hay menores que se toman 25 cervezas en la calle o gente que se amontonan hasta el infinito en un lugar cerrado y sin salidas adecuadas; y, por supuesto, a algún grupo de la propia Policía Federal dispuesto a demostrar la absoluta preminencia de La Fuerza y la total vanalidad de todo lo demás.
Claro que las cosas pueden ser distintas, los No-Canas pueden llegar a mostrarse como una herramienta efectiva en la reducción del crimen y, lo que sería más sorprendente, los medios y alguna parte de la ciudad analizar los beneficios con una dosis de sensatez. No es particularmente auspicioso que La Nación le haya dedicado una cobertura modesta y, salvo un título sobrio, se haya explayado en una nota escrita como para idiotas (un deriviado necesario del Nuevo Periodismo parece haber sido que el lector debe ser tratado como infradotado y que el objeto de la noticia — en este caso los No-Canas — debe ser destripado en sus defectos, sin importar si los mismos son relevantes, sin importar incluso si son defectos en sí) en una descripción en la que los No-Canas parecen más perdidos que nunca. Ni que Infobae, convertido de momento en la cara derecha del gobierno o en la derecha con rostro humano o en el gobierno con cara de derecha, no mencione el tema en su tapa. Clarín, esta vez, sorprende no tanto por la buena disposición, sino por una nota completa, descriptiva, bien escrita, y con buena parte de la información que uno puede imaginar necesaria para hacerse una idea propia sobre el tema. Si Clarín logra eso, hay esperanza para todo.
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