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Ernesto Semán
11 June 2005, 10:52

Hay que ver la foto que publica el New York Times del nuevo presidente de Bolivia para entender qué les pasa a estos tipos por la cabeza. A estos del Times, a los americanos en general, aún cuando hagan el mayor esfuerzo por entender el mundo exterior de la mejor manera posible. En la foto se lo ve a Eduardo Rodríguez, con anteojos oscuros y media sonrisa media falsa, rodeado de tres militares tan latinoamericanos, con charreteras y birretes y las caras de alguna sátira sobre dictaduras del continente.

Obviamente, debe haber mil fotos de ayer de Rodríguez, titular de la Corte y de lo mejor que podía pasar en Bolivia entre las opciones disponibles. Y obviamente, también, la elección de una u otra foto, en una nota abajo en la página 7 del sábado, se debe haber tomado en no más de 90 segundos y sin la intervención de grandes exponentes del pensamiento universal — más bien entre un fotógrafo, un editor y algún diagramador que pedía “una horizontal” pero no tanto porque iba a dos columnas, abajo de otra foto, mucho más impresionante, de media docena de cuerpos esparcidos en un paisaje desierto, con los ojos vendados, muertos, cerca de Qaim, “a town near Iaraq’s border with Syria.” Y arriba de una nota describiendo un pedido a la corte mexicana por el caso del hermano del ex presidente Carlos Salinas de Gortari.

Quizás es ese mismo proceso sumario y anónimo el que hace la elección de esa foto de Rodríguez más interesante, más interesante incluso que el texto de la nota de Juan Forero, una especie de vocero oficioso del Departamento de Estado, pero con muchísimas menos luces que cualquier funcionario público norteamericano. El sentido común de cualquiera que tenga que decidir algo sobre Bolivia, aún si se trata de una foto en un diario, es el del país bananero, o cocalero. Al editor, la foto le habrá parecido graciosa, o correcta. Sobre todo, “representativa”. A cualquiera le cuesta pensar más allá de lo que ha incorporado. Mucho más si lo único que ha incorporado es una caricatura sobre un país, y si sobre esa base una cantidad de países indescifrables más o menos cercanos a Bolivia han aportado imágenes similares para consolidar la propia. Ni siquiera toda la buena disposición evita que el Times salude la llegada del nuevo primer ministro francés asegurando que:

“The plan was reminiscent of past efforts, though, and does not offer a solution to the basic problem of the French economy: the costly cradle-to-grave labor protections and social benefits that make it complicated and expensive to fire workers and unattractive to hire them.”

Supone uno que, por contraste, aquellos paises en los que “echar trabajadores” es “simple y barato” son países geniales, donde los trabajadores la pasan bomba, no sólo como en Estados Unidos, sino también Cote D’Ivoire y Argentina, por poner los primeros que pasan por mi cabeza.

Así que “lasciate ogni speranza”: Si la salida a la crisis boliviana pasa en parte por Estados Unidos, hay escasas o nulas posibilidades de que alguien en este país entienda qué catzo pasa en un país abstruso como pocos y que, al mismo tiempo, ha contribuído a cimentar las caricaturas de la región, aunque es en verdad el más resistente a esos estereotipos. Los estereotipos que uno produce como chorizos (por ejemplo: miles de ideas sobre lo que es un periodista o un presidente americanos entre quienes leen estas lineas en este mismo momento) son mucho más fáciles de descubrir cuando lo involucran a uno. Como el del otro día, en la Minessota Public Radio, donde Kai Ryssdal intentaba hacerle un reportaje al bueno de Paul Blustein (el periodista del Post que escribió su libro sobre el FMI y la Argentina) y arrancó diciendo que “Bolivia’s crisis, though, is so far just a shadow of what happened in Argentina about three and a half years ago this spring when Buenos Aires had the biggest debt default ever.” Estuve a punto de llamar como Argentino Indignado, discípulo fascista de González Oro, tubérculo de un país tanto peor que Bolivia porque ni siquiera lo sabe. Y entonces, por eso y porque se me hacía tarde, no llamé.

El punto es que Estados Unidos, efectivamente, tiene mucho que decir en Bolivia. Más aún: la embajada americana en Bolivia es la más grande del mundo después de la embajada americana en Iraq, en buena parte porque la falta de un acuerdo de cooperación militar como el que firmó con Colombia obligó a los Estados Unidos a revistar todo su personal militar como empleados diplomáticos que no son.

Sólo queda por ver el resto de la cobertura periodística de la crisis boliviana, su insignificancia y disparidad, su hiperbólica ignorancia que ni siquiera despierta ira entre los pocos que la detecten, para hacer una lectura contrafáctica de lo que se avecina en ese país.

Al fin y al cabo, manoteando inevitable pero resistentemente un estereotipo más, la Passport Office cuenta que:

For the past several years, the proportion of U.S. citizens who do not have a passport has been around 83%. After 9/11, moreover, passport applications steadily declined for about 18 months. By the end of 2004, according to data that I just received from the State Department, there were about 60 million valid passports and, according the Bureau of the Census, about 296 million Americans. So the good news is that now only 80% of Americans do not have a passport.

The bad news is that only 20% of U.S. citizens have a passport and that a majority of those who do are still under 5 years of age or over 60. So the ranks of citizen ambassadors are still very small. It may surprise you to realize—as it did me—that most people in the world have probably never seen an American in person, let alone had the chance to speak one. What people do see are Americans in the movies. And movies made in America are one of the country’s largest exports. Foreign revenues from U.S. made films are over $12 billion annually (not including the illegal film and DVD markets), just a little behind the value of the goods and services that international students purchase when they come to study in America.

So, In Shit We Trust.


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