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Eliseo Brener
4 June 2005, 16:04
Una bisabuela me ayudó en la tarea de sacar el boleto cuando subí al colectivo con mi hijo en un brazo, un cuaderno en una mano, el monedero en otra y el paraguas que apenas alcancé a cerrar. Me dijo suavemente, desde su asiento:
—Deme que le tengo todo eso.
Unos instantes después (ya sentados al lado de ella) bastó que le preguntara por sus hijos para que me contara su historia, en un tono enérgico.
—Lo que sucede es que tengo un cáncer terminal.
Esto se me aparece cuando no puedo prestar atención a una noticia que no sea la de Romina Tejerina. Caí en la cuenta de su historia hace un par de días, cuando comenzó el juicio oral y público. Me resultó extraño no haberme enterado antes (¿o me habré enterado y lo borré?), pero la cuestión es que la primera referencia que encuentro en el Clarín data de febrero de 2004, cuando Tejerina ya estaba detenida desde hacía 11 meses. En ese momento la nota entraba en “policiales”, mientras que ahora pasó a estar en “sociedad”. Las personas que tengo cerca tampoco recordaban nada hasta esta semana.
Es una instancia concreta, con personajes tangibles, de una institución negada de la cual parece no poder hablarse. Aparentemente el filicidio tiene unas raíces tan profundas que siempre es mencionado en relación a la violación como una especie de institución paralela, admitida o contemplada con cierta tolerancia en determinados ámbitos. No vamos a hablar acá de “la cultura del filicidio” o de “la cultura de la violación”, aunque sería interesante indagar al respecto, en un sentido antropológico, digo. La sensación, al ver estas dos ignominias relacionadas, es que más o menos hemos heredado un estado de cosas, quizás como residuo de nuestras épocas más animales, en el cual las violaciones son aceptadas, por el motivo que fuere, con toda su carga de brutalidad y como algo que sucede y pasa. Como contrapartida y en ese mismo contexto, se acepta el aborto y aún el filicidio como instancias también brutales, que vendrían a “cerrar el caso”, “hacer justicia” y de alguna manera quedan violaciones, abortos y filicidios como especie de “ritos sacrificiales”. Todo esto parece venir en el paquete de cierto atavismo (por favor, sin hacer uso de las connotaciones de legitimidad que pueda tener la expresión “atávico”).
[¿Nos cagaron la vida cuando en el juicio a Orestes se decretó que había hecho “justicia” al matar a su madre porque a su vez ésta había matado a su padre porque él había matado a su hija en primera instancia?]
En los medios se esboza alguna sospecha respecto de Tejerina. Clarín: la joven jujeña que dio muerte a su beba recién nacida porque dijo que fue concebida en una violación, La Nación: “La joven jujeña está acusada de asesinar a su hija, supuestamente concebida durante una violación”. Ambas reticencias en la conocida tradición de sospechar de la víctima. Hasta ahí, todo normal. Lo que llama la atención es que a un caso como éste se lo trate como algo de lo cual estamos afuera, a diferencia de otros, tratados como si nos incluyeran por definición. Qué se yo, Cromañón, por ejemplo.
Pero lo que más me intriga es que los medios que suelen hacer carne picada de cualquier cosa que se les acerque tratan el tema sucintamente, díría que con más miedo que cuidado, como brasa que nadie tiene muchas ganas de agarrar (es decir, Clarín lo trata con un texto pixelado como de costumbre, Página con la orientación social aséptica que cabría esperar, La Nación , citando a Télam y con tono general de cable, solamente traicionado en la bajada del título cuando se refiere a “su hija, supuestamente concebida durante una violación”). Son otras organizaciones las que hacen canapés con picadillo de Romina Tejerina para convidarnos a probar:
— El PO,: “Ella hizo lo que la Justicia no hizo.” (hay más)
— La secretaria de Derechos Humanos de la provincia de Jujuy : “se ha violado la convención internacional de los derechos del niño”
— El MAS : “el Estado utiliza este caso como escarmiento disciplinador y ejemplificador de la ideología patriarcal y la moral burguesa, porque demuestra que privilegia la función reproductiva de las mujeres por sobre la vida y la integridad de una adolescente violada”. No estoy haciendo un chiste al decir que el artículo está firmado por la Agrupación Carne Clasista.
— La página de Romina Tejerina (quizá sea poco cuidadoso atribuírsela. En principio, lleva su nombre y está registrada a nombre de un tal Eduardo Ynoub) provoca un espanto que distrae del horror de su caso, espanto por el poco pudoroso uso de su nombre en un dominio .com, por su ausencia de un enunciador claro (se juntan firmas pero nadie firma ni se atribuye los textos del sitio), por una general falta de delicadeza al hablar de algo tan delicado.
La madre de Romina Tejerina se apellida Baño, y fue en el baño de su casa donde la chica parió y mató a cuchilladas a la beba que acababa de parir. La coincidencia es macabra, pero también es inevitable reparar en ella. Hay una chica que es violada por un vecino y queda embarazada. Ella se niega a seguir con el embarazo pero su cuerpo no. Sabemos de los embarazos que tienen cierta contención, sabemos de la delicadeza del estado. Los cuidados. Los controles. El peligro constante: la embarazada pone su cuerpo y expone su vida (y obviamente la vida de la criatura), desde el principio al fin. También de la inutilidad de los cuidados y los controles. La vida se niega en infinidad de veces aún cuando supuestamente se den las mejores condiciones y por otra parte se emperra y se aferra aún cuando supuestamente las condiciones son en extremo deplorables. Muchas veces las mujeres que supuestamente se encuentran en las mejores condiciones para atravesar la experiencia de la maternidad se quedan en el intento y otras tantas, que se supone que se encuentran en pésimas condiciones, sobrellevan la experiencia, incluso a pesar suyo. Esto me lleva a la pregunta estrujante: ¿Tiene que ver la vida con la justicia?
[Laura Klein, en el prefacio de Fornicar y Matar que comentábamos acá hace poco, dice: “Calamidad es confiar en que el derecho puede resolver las tragedias de la vida.” Y también dice: “Este libro, como defensa de la legalización del aborto, es una calamidad: desactiva los argumentos para legalizar el aborto como derecho humano, y repudia —no desautoriza— sus razones.”]
El argumento principal de la defensa de Tejerina es que ella tuvo un brote psicótico por el estado de shock en que transcurrió su embarazo, estado de shock provocado por la violación de la que fue víctima, pero en pos de esta defensa se esconde el hecho de que tal brote psicótico puede sobrevenir por la crisis que supone el puerperio, sin necesidad de que haya habido una violación previa. La pregunta es: ¿qué hacer con el impulso a matar al ser parido que puede tener una parturienta en circunstancias normales? Para la institución jurídica se objetivan devenires encadenados con una lógica que pretende explicar las cosas para juzgar y quedarnos todos tranquilitos: violación – shock – aborto y, en oposición, la de la “justicia retrógrada”: violación, quizá – shock, puede ser – sí, todo lo que quieras, pero no te da derecho a nada. Todo esto podrá resolver de una u otra forma este caso en particular pero no avanza un ápice sobre los temas de fondo, aquellos que se relacionan con los aspectos más brutales, viscerales e inexplicables de nuestra especie.
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Brevemente, en los minutos que quedaban del viaje, la señora del colectivo me contó su historia reciente, que era la de salir de la invalidez que había estado sufriendo para moverse por sus propios medios. Lo atribuía a la Gracia de Dios; se imaginaba al Todopoderoso diciéndole algo tan trillado como “Tu puedes” y yo me sorprendí de que esta expresión no me causara la sensación que normalmente tengo al estar frente a algún evangelista de los que hacen de su vida una prédica y de la conscripción su horizonte. Cuando nos tocó bajar, porque no quedaba más remedio, me pareció natural desearle que conservara el vigor que tiene hasta el final. Escuché desde el estribo que me respondía:
—Sí, pero al final se acaba todo.
Y yo —en silencio— le agradecí una vez más que cuando no podía con todo me hubiera dicho: “deme que le tengo todo eso”.
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