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Eliseo Brener
27 May 2005, 08:15
En El regimiento extraviado, Italo Calvino describe las peripecias de un ejército que organizó un desfile militar en una ciudad muy apacible, casi un pueblo. La ciudad se encuentra tan atenta a sus cosas, con tal cordialidad, que los militares se sienten indiscretos, turbados por desentonar con sus fanfarrias en medio de tanta calma. Casi sin advertirlo, los cientos y cientos de soldados que integran el batallón se desvían de la calzada hacia caminos menos rimbombantes y se adentran en los jardines públicos, pisoteando lilas y recibiendo regadas. Cuando logran salir del parque se encuentran en un barrio de calles estrechas y enmarañadas, desbordantes de una actividad civil que dificulta el paso: agrimensores, gasistas, electricistas, albañiles. El coronel que dirige al regimiento se ve obligado a pedir indicaciones para poder cortar camino y llegar a la plaza. El transeúnte que presta ayuda sugiere que el regimiento pase a través del gran patio de una casa que sale a otra calle. El recorrido, que cada vez se hace más estrecho y empinado, los va privando a los militares de sus equipos. Si bien ellos son admitidos en los aposentos, no sucede lo mismo con sus cañones y demás armas de fuego, que los vecinos consideran peligrosas en presencia de los niños. Al final encontramos a la tropa dispersa en marañas de escaleras y tejados, sin encontrar el camino de salida y transmitiendo por radio el mensaje: “Zona impracticable…Imposible avanzar…Esperamos órdenes.”
Me acordé de este cuento ayer al mediodía, cuando —aún sufriendo la resaca de los festejos patrios del 25— atravesaba los canteros de Callao y Córdoba y vi a un granadero solitario parado en la vereda. El granadero se inclinó sobre una señora que pasaba y le entregó un papel. Mi primer impulso fue seguir de largo, atribuyendo esa presencia a la promoción de algún producto no demasiado digno de grandes empresas, ni siquiera de franchising, quizá alguna rotisería o bien un restaurant de tenedor libre. Sin embargo, una curiosidad morbosa me hizo volver sobre mis pasos, dudando y sopesando los peligros relativos de dos posibles equívocos al enfrentar tal situación: por un lado, el peligro de que siendo esa persona un bufón al servicio de una rotisería lo confundiera yo con un auténtico granadero, exponiéndome así al ridículo. Por el otro, que siendo esa persona un auténtico granadero, lo hubiera tomado yo por payaso exponiéndome así a un peligro físico más concreto, que no sé yo los códigos que pueda manejar esa clase de gente.
Al acercarme tomando el tiempo entre un paso y el siguiente, con curiosidad por enterarme de qué era lo que ofrecía el granadero ahí parado, me sentía visto de afuera como esas personas que intentan portar aires de casualidad al acercarse a las promotoras que reparten sachets de shampú, y que bajan la mirada al recibir el tercer sachet (porque ya han pasado por ahí tres veces y están intentando aproximar un cálculo de la cantidad de sachets que podrán tomar en sucesivas pasadas sin que las promotoras caigan en la cuenta de la impostura y lo denuncien al botón más cercano como abusador de promos).
—Tome, tome, festejo del día del ejército — me dijo el granadero, extendiendo su volante.

Leo: Un Ejército en acción y subo la mirada, y vuelvo a leer y así un par de veces. El granadero me sonríe, igual que sonríen las promotoras de shampú mientras miden el caudal de gente que se aproxima y calculan si el contenido del bolso les va a durar para la pasada en curso.
¿De qué elementos dispongo para analizar el hecho de que en la esquina de Córdoba y Callao se encuentren, no uno sino dos (después caí en la cuenta de que eran dos) granaderos del Ejército Argentino intentando acercarse a la civilidad con sus uniformes, que me provocan una ternura semejante a aquellos uniformes de papel que se les hacían a los chicos para los actos escolares? ¿Son conscientes de estar desarrollando alguna especie de campaña de marketing? ¿Cabe la posibilidad (teoría conspirativa) de que sean falsos granaderos, promotores contratados por alguna consultora que desarrolle imagen corporativa para el ejército? Me imagino que no existe tal consultora. Me resulta más fácil imaginarme a algún oficial que fuera de servicio pasa por Cúspide, se compra algún librito de los que sirven para adaptarse a los tiempos que corren —podría ser tanto un Edward de Bono como un Peter Drucker o un Sun Tzu—, y vuelve al cuartel como quien vuelve a la caverna, a contar la historia de la luz, allá afuera.
A la noche, volviendo a casa, una chica y un chico estudiantes de teatro subieron al colectivo. Supe enseguida que eran estudiantes de teatro por la forma en que proyectaban la voz. El chico decía
—Escuchar lo que te dicen, parece que no, pero es re-importante, dijo hoy el profe.
La chica asentía.
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