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Ernesto Semán
23 May 2005, 08:47

”¿Estamos todos locos? ¿estamos todos locos, o pasó una hormiga?” ¿Eh? Es Spinetta, en algún disco, probablemente fuera de todo contexto que queda asociado a una época, como el ”¿ese es tu walkman? Qué moderno que es” de Peluca Telefónica.

Spinetta tocó hace un tiempo acá, en Queens, en el mismo lugar en donde 600 tipos se ensardinaron para ver a la Bersuit hace un par de semanas. Para el flaco había unos veinte, y entonces el tipo estaba enculado, lo que no es difícil de lograr, así que a la décima vez que le pidieron El Anillo del Capitán Beto, Alma de Diamante y no sé qué más, paró de tocar, paró de cantar. “Pero loco, ¿ustedes se fueron de allá, para estar acá, como allá?” Como se fue enseguida, no hubo chances de preguntarle si lo enojaban los modos o que le pidieran toda la vida los mismos temas. No le iban a pedir uno de Beck. Otras veces estuvo mejor dispuesto, como hace tres meses en la Casa Rosada, cuando Alberto Fernández le entregó una estatuilla y Spinetta la levantó al cielo: “Bueno, no es un Oscar, pero es un Néstor”, lo que a mi me parece un pequeño gran chiste.

Además de a Victor Heredia y Silvio Rodríguez, la Casa Rosada está abierta para Spinetta. Hasta ahí no hay nada nuevo: Carlos Menem recibía a Charly García, Perón a Gina Lollobrigida en Olivos, y todos reciben a Maradona donde él quiera. En cambio, de momento, parece que La Nación tiene menos llegada que el ultimo bajista de la cumbia villera. Kirchner cumplió con el ritual de dar un reportaje en exclusiva y en cadena a los “grandes medios nacionales” al cumplirse dos años de su gobierno, probablemente con más ganas de sacarse el tema de encima que fruto de una gran estrategia comunicativa, que no es su gran fuerte. Y ahí están, las charlas del Presidente con un grupo de periodistas de Clarín y con otro de Página/12. La Nación, de manos vacías, asimila el golpe con cierta dignidad, matizando con un editorial/análisis calamitoso de Bartolomé de Vedia, del estilo de “me muero por hacerte puré, pero te salvás” y luego levantando en su versión online algunos destacados de los reportajes publicados, citando las fuentes de la competencia aquí y allá.

No está mal. En general debe ser bueno que un gobierno se lleve mal con todos los medios. Pero si eso se hace imposible, al menos que se lleve mal con La Nación —por una cuestión de piel sin razones tan verdaderas— y que de paso construya su complicidad con un diario que en términos de tirada es casi inexistente. Oh, si, hay un sólo problema, y es cuando la fisura de la narración hay que ir a buscarla en el diario opositor, como los que leían Página durante el menemismo o escuchaban radio Colonia en la dictadura. Si el costo de la opereta es que cada tanto (como cuando Alberto Fernández lanzó no se sabe qué cosa en Obras Sanitarias hace un mes y no había manera de que las crónicas de Clarín y Página no se parecieran a las del noticiero del cine durante la época de Perón) hay que leer La Nación para saber qué es lo que pasa y soportar el rictus aristocrático de un grupo de profesionales que no lo son (que no son aristocráticos, ni profesionales), ahi ya no sé.

Por lo demás, y como para contradecir los argumentos de De Vedia, Kirchner se muestra en los reportajes como un tipo casi normal, sincero (o todo lo sincero que puede ser desde ahí alguien que ha llegado ahí), bastante mas sensato, defendiendo su autoridad y hablando de un presidencialismo fuerte pero casi como si fuera un sociólogo (se omiten largas citas asumiendo que de alguna manera u otra, a todos le cayó enfrente una parte u otro de los reportajes). Ayudado sin duda por las limitaciones de estilo que, en estos casos, convierten a los reportajes en versiones bastardas de Memorias de Adriano, reflexiones íntimas sobre lo difícil que es ese trabajo (quizás De la Rúa fue el único que ni siquiera llegaba a ese punto). La combinación de situaciones convirtió a los reportajes en algo completamente intrascendente, menos relevante y mas efímero que el partido en la Boca. Y quizás esa sea la buena noticia.

La sensatez (“sensato”, para la Real Academia: prudente, cuerdo, de buen juicio) va camino a trascender el corralito de La Nación para convertirse en la nueva antorcha que enarbolará la clase media argentina en su marcha irrefrenable y desarrapada, y para la cual Lavagna pinta y calza tanto más que Cavallo en su momento. Quizás Kirchner se ve venir eso y no quiere que le pase lo que a Menem, o quizás tenía sueño, o se había tomado un tilo a tiempo, o vio que Schroeder, otro que se lleva mal con todo el mundo pero especialmente con los medios, acaba de perder el estado más importante de Alemania que su partido tuvo por casi 40 años y se prepara para retirarse con el trabajo a medio hacer. O quizás, improbable pero figurativamente cierto, lo vio a Spinetta cansarse de que le pidieran El Capitán Beto y pensó que mejor cambiar cada tanto el repertorio para no quedar atado al personaje.


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