ARTICULOS RELACIONADOS















Ernesto Semán
16 May 2005, 13:39

Leí en el diario que, efectivamente, las clases sociales existen. Y no sólo no era un diario viejo, sino que era del futuro: estaba en la tapa del New York Times del domingo que me llevé a casa el sábado a las seis de la tarde cuando bajaban los paquetes con la edición que llega a Brooklyn. El rótulo “Class Matters” sirve para arrancar con la primera de una serie de artículos sobre el tema.

Un tanto vieja, la noticia, pero un alivio, de todos modos. La primera reacción de alguien fascinado pero al fin y al cabo ajeno a la cultura americana es: La primicia de que las clases sociales existen sólo es posible en un país que aún discute si el hombre viene del mono; sólo resta esperar el próximo título catástrofe del Times, anunciando la invención de la rueda.

O “Fire Matters”, el próximo producto del equipo de investigación del Times, dedicado al enorme avance que significa para la humanidad el manejo del fuego. “That’s one small step for (a) man; one giant leap for mankind.”

Luego, claro, eso es apenas una caricatura de un proceso tanto más complejo. Las cosas no son tan así, aunque no necesariamente son mejores.

La cobertura es interesante por su información, y también lo es como objeto de la misma historia que describe, sobre todo si en el segundo párrafo de una nota de más de tres páginas, arranca diciendo que “today, the country has gone a long way toward an appearance of classlessness.” De nuevo, la primera reacción de un observador cualquiera es: casi siempre, la mejor confirmación de que existen las clases sociales es escuchar a alguien decir que no existen.

Marx publicó el primer tomo de El Capital en 1867 y, para entonces, la idea de clases sociales ya tenía su historia. Las Condiciones de la Clase Trabajadora en Inglaterra de Engels había salido en 1844. Más aún, la existencia misma de clases sociales llegó a los medios hace un tiempo. El Times de Londres publica en 1863 una famosa frase que el Chancellor of the Exchequer, William Ewart Gladstone (insospechable de todo marxismo), dice en el Parlamento y que luego Marx utilizará en la creación de la internacional.

“I should look almost with apprehension and with pain upon this intoxicating augmentation of wealth and power if it were my belief that it was confined to the class who are in easy circumstances. This takes no cognizance at all of the condition of the laboring population. The augmentation I have described and which is founded, I think, upon accurate returns, is an augmentation entirely confined to classes possessed of property.”

Considerando que The New York Times empezó a salir en 1851, ha habido más de una oportunidad para hablar del tema. Uno de los problemas de empezar a hablar tan tardiamente de clases sociales es perderse todo lo que se ha dicho desde entonces sobre ellas. Para lo cual se requiere un cierto ejercicio de amnesia sobre todo lo dicho en más de 150 años de historia (mucho de lo cual, efectivamente, también pasó en algún momento por el Times. Pero la amnesia es la arena movediza que le da esa forma meliflua a ese oficio. Su existencia no es un producto de las condiciones de producción de la noticia — falta de tiempo, falta de personal, falta de archivos — sino una condición de existencia del periodismo, “con su inmediatez desmemoriada y su exageración profesional”.)

Oh well, las clases existen. El destino de las personas, nos dice el Times, se define por una infinidad de factores, pero cierta relación con los medios de producción parece tener un efecto más duradero. Como la propiedad de los medios de producción se hizo más compleja, la condición de la clase trabajadora — tener que vender su fuerza de trabajo para reproducirse — se torna menos inmediata, pero no menos real, sino más diversa; lo económico se despliega de una forma más compleja y trascendente hasta no ser más lo económico, todo lo cual nos llegó a muchos en aburrídisimas clases sobre Bourdieu y sus equívocos textos en la facultad.

En Estados Unidos, esa confusión dejó espacio para que surgieran otros discursos, como el de raza o género, todos muy productivos e interesantes, abriendo horizontes cuya vista estaba obstruída por la lucha económica, todo hasta descubrir que en cualquier caso esa lucha económica era más que eso, que esa lucha de clases era más que una lucha económica. Todo hasta que llega en distintas formas la frase memorable de Claudio Benzecry: “Cuando alguien me explique que una mujer rica tiene menos chances en la vida por ser mujer que un hombre pobre por ser pobre, ahí dejaremos de hablar de clases sociales.”

Lo del Times es una versión naive de aquello, no tanto por la eventual ingenuidad del diario, sino por su imposibilidad de reflexionar sobre su propio lugar en ese proceso.

“One surprising finding about mobility is that is not higher in the United States than in Britain or France. It is lower here than in Canada and some Scandinavian countries… Those comparisons may seem hard to believe.”

El descubrimiento sólo es sorprendente para quien ha vivido en una relativa burbuja, aún cuando se trate de la burbuja más grande del mundo. A alguien se le olvidó mencionar la existencia del Estado, que si en su descrpición más anticuada es un efecto de la lucha de clases, en su evolución histórica está en el medio de aquel “surprising finding.” Puesto con mayor simpleza,

También:

”’being born in the elite in the U.S. gives you a constallation of privileges that very few people in the world have ever experience,’ Professor Levine said. ‘Being born poor in the U.S. gives you disadvantges unlike anything in Western Europe and Japan and Canada.’”

¿Quién pensó que era el American Dream, y no el socialismo, lo que nos llevaría a una sociedad sin clases? Give me your tired, your poor, your huddled masses, ok, pero no para construir el paraíso socialista sino una versión imperfecta del humanismo. Salvo Trotsky y Bukharin, esporádicos exiliados del zarismo, nadie llegó a estas tierras pensando en que dejaría alguna vez de haber clases sociales. The American Dream fue, por suerte, algo distinto.

Otra posibilidad es convertir al American Dream en la versión ideológica de una madre de barrio viendo como se matan a palos las barras bravas de Vélez y Chicago, diciendo: “Pero chicos, ¿para qué pelearse si se pueden sentar a conversar y arreglar todo tranquilamente?”

Y otra peor es la del Times: “Blind optimism has its pitfalls. If opportunity is taken for granted, as something that will be there no matter what, then the country is less likely to do the hard work to make it happen. But defiant optimism has its strengths. Without confidence in the possibility of moving up, there would almost certainly be fewer success stories.” Dream como utopía, pero también sueño como alienación, como ideología poderosa, construída sobre historias mínimas y resistente a cualquier evidencia. Cuanto más argumenta el Times su sorpresa por la existencia de clases, más expone que su sorpresa es una parte importante del problema.

Ah, abajo y a la derecha: “Low Carbs? Who Cares? Sugar Is Latest Supermarket Demo”, la otra obsesión americana que cuanto más profundiza en sus remedios, más exhibe su enfermedad.


————————————

Del mismo autor:
Chacho en el bar
Todo lo que podría entrar en seis sílabas si uno supiera cómo escribirlo
Pirulo, Catrasca y el Presidente Genérico
Ha muerto Leslie Matchbox
Aleluia
Jedwabne
On A Slow Boat from China
40 Millones
Cuadritos y Masitas
dEvolution