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Eliseo Brener
14 May 2005, 14:38
Yo pasé por una época en la que —como mucha otra gente, supongo— creía que la ciencia todo lo podía.
En esos momentos de ateísmo militante y adolescente, la figura refulgente en el horizonte era Carl Sagan. Didáctico, entrañable, amistoso, visto en retrospectiva creo que es un gran responsable del culto que comenzó a surgir en el transcurso de los ’80; el del avance tecnológico y de la ciencia como omnipotencia. Dicho esto sin desmerecer a Sagan, a casi ya 10 años de su muerte, que nunca me pareció ni me parece un mal tipo, más allá de cierta egolatría que normalmente se le atribuyó. (Al recordarlo, saqué del estante mi ejemplar de Cosmos: amarillo por el tiempo, grandote, pesado, hecho con un papel y una impresión soberbios, se parece tanto al Lo sé todo, con esa carga de poder del conocimiento que estos volúmenes transmitían.)
Tipo mediático, Sagan. Cuando estaba en boga como divulgador para el gran público, sin embargo, no se lo hubiera adjetivado así: creo que “mediático” como concepto aún no estaba muy constituido. Hago hincapié en esta palabra porque le atribuyo una carga de algo que fue surgiendo en el fin de siglo que nos tocó vivir: alguien mediático sería alguien que tiene el poder de decir y que lo escuchen, pero también sería por esta misma razón alguien que cierta conspiración tejida en las sombras colocó en ese lugar, con objetivos como mínimo dignos de desconfianza. Nadie hubiera asociado a semejante científico, generoso y objetivo, con aquellos valores oscuros. Pero podía intuírse como emergente de un nuevo pensamiento libre —la “verdad revelada” del método científico— con el cual se suponía que se come, se cura y se educa.
(Hay también algo paradójico en quien se la pasó luchando contra las seudociencias, cuyo discurso pareciera haber abierto el camino para el florecimiento, si no de seudociencias, sí de “extractos” de ciencia descontextualizados, que tienen el mismo poder anestésico que aquello contra lo que pretendía luchar)
Recordé estas cosas al ver esta nota . Cuando uno lee que estos científicos, que trabajan en la misma universidad en la que trabajaba Sagan, crearon un robot que “puede autoduplicarse y repararse a sí mismo”, inmediatamente empieza a pensar que se trata de un engañapichanga. Y sin embargo es cierto: el robot consiste en una serie de cubitos que se unen entre sí, y aquí la primera referencia obstructora pero inevitable es la de los sea monkeys: pura fantasía desencantada. La condición que alguien riguroso pondría para considerar a la reproducción como tal, sería que el que se va a reproducir tome elementos que andan por ahí en la naturaleza para hacerlo. Pero es demasiada exigencia a esta altura del partido: en realidad el aparato que se va a reproducir debe contar con un stock de elementos constitutivos prefabricados —que son de manufactura humana—, a su disposición. Donde uno supone la mano de Escher dibujando a otra mano que a su vez dibuja a la primera, tiene que hacer cierta concesión.
Los cubitos, sin embargo, son supersofisticados, con electromagnetos y aristas curvadas que favorecen su encastre y movimiento conjunto, a la manera de articulaciones óseas. Se puede ver un video en el que el robot “se reproduce” y da un poco de miedito observar su forma de moverse: el bicho se parece bastante a un gusano. Sus anillos (no encuentro el nombre exacto, algunos llaman annuli, otros metámeros a las partes constitutivas de los anélidos) se mueven de una manera viscosa, a pesar de verse lo absolutamente aséptico y estrictamente inorgánico de su composición. El gusano creador y el creado se recuestan, se retuercen, se buscan, se tocan, como gusanos de Oliverio Girondo. La austeridad de la puesta en escena tiene sus equívocos: el montaje se realiza sobre una mesa de madera, veteada de una forma que resulta particularmente discordante. Donde uno se imaginaría una superficie absolutamente neutra, se encuentra con una que remite inevitablemente a la vida: ¿es parte de un montaje destinado a darle mayor realismo al asunto?
Otra impresión caprichosa, que todavía no me puedo explicar, es la de estar viendo un video snuff, eso de lo que tanto uno ha oído hablar y que no quiere ver de ninguna manera, aunque su existencia y su mención sea algo que inflama la curiosidad. La referencia más aterradora que tengo de los snuffs es Tesis, donde parte importante del escalofrío provocado por el video que uno como espectador nunca veía, era enterarse de los cortes que había en la acción, supuestamente de partes que permitieran identificar al responsable. En este video, en concordancia, las piezas no están en su lugar, a disposición de los robots, desde el primer momento; van “apareciendo” como por arte de magia (es decir, mediante cortes en el montaje), sin que se vea nunca una mano humana que los coloque ahí. Los movimientos remiten a la resolución de los juegos de ingenio con piezas que se encastran: mientras la danza parece no conducir a nada en un principio, de una forma que resulta escalofriante, la predicción o profecía se va cumpliendo ¿Es que realmente uno está viendo una máquina que se reproduce a sí misma? ¿Esto constituiría una violación a cierto mandato divino? No es ésta la pregunta. Más bien, ¿estamos en presencia de una abominación?
La impresión inicial del engañapichanga cede el paso a una cierta desolación. El bichito este necesita sus cubitos supersofisticados para reproducirse ¿Pero habrá otro tipo de bichitos que produzcan cubitos supersofisticados en forma autónoma? ¿Se llegará a constituir una especie de organismo gestáltico mecánico que pueda operar según su propio parecer, sometiéndonos finalmente? Es inevitable imaginar a un gigantesco cubélido, indestructible, apenas averiable en una mínima proporción de sus cubitos constitutivos, los cuales serían inmediatamente repuestos y aumentados por un ejército de cubejos que nos hagan trabajar a todos los humanos horas extra para proporcionar materiales para seguir construyendo cubitos supersofisticados que alimenten el delirio de omnipotencia del Gran Cubo.
Y lo peor es que uno tiene la sensación de que ese organismo existe ya en algún lado. Que está compuesto de una materia más, muchísimo más sutil que los cubitos supersofisticados y que ya nos tiene sometidos haciéndonos trabajar horas extra para proporcionar los materiales que alimenten sus necesidades. (Aunque según todas las películas del rubro, siempre hay alguna manera de destruir a tales organismos, y no parece ser este el caso).
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