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Gabriel Puricelli
6 May 2005, 18:27

Ayer, Tony Blair tuvo que atenerse a las consecuencias de sus actos, traducidas en un triunfo electoral con lo justo. Hoy, contrito (según lo describió algún diario) abrió la puerta de su residencia en el número 10 de la cortada londinense de Downing Street, anunció que “había escuchado” y (aunque no fue eso literalmente lo que brotó de sus labios) que se iba más temprano que tarde, dejando a cargo al bueno de Gordon Brown, que bastante paciencia le ha tenido ya.

Pero no vamos a adentrarnos acá en el tema del día (al menos para los political junkies que abundan en la redacción y entre los lectores de TP), sino a detenernos unos minutos en eso de la responsabilidad y la política.

Aterrizando violentamente en las coordenadas de la Argentina, suena un teléfono en un horario que debería ser de guardar (hija de meses con sueño frágil). Del otro lado, una voz tal vez no exactamente agitada, pero sí atribulada, cuenta que “los duhaldistas nos vinieron a romper un acto, acá en La Plata: ¿no tenés a mano teléfonos de algunos medios, para que hagamos un poco de quilombo?” Todo esto antes de reparar en que quien atiende lo hace susurrando (¿no será tarde para llamar por teléfono?). En cualquier caso, se trata de un amigo y nobleza obliga, la respuesta es un automático “esperá que agarro la agenda”. Lo que sigue es lo usual: “a ese llamálo de mi parte, a ese no que no va a entender por qué lo llama de mi parte alguien que está en la órbita del peronismo bonaerense”... Etcétera.

Si uno es de reacciones un poco lentas, el cuadro se ve indudablemente agravado por la hora, la vigilia y la preocupación por no soltar una interjección en voz demasiado alta que ponga en riesgo el silencio hogareño. Es sólo por eso que uno no reacciona con el “y a mí qué me importa” con que reaccionaría el 90% de los convocados a cualquier focus group. Pero con las horas la cuestión decanta.

Ante todo, el diario, a la mañana siguiente. Lo que en el relato bienintencionado (que se revela luego candoroso) era una pelea de los buenos contra los malos, donde los buenos celebraban una liturgia auténtica cuando, de repente, entra la guardia de Herodes y los echa del templo, aparece en el Clarín (que en su ramplonería termina siendo el lugar más adecuado para ventilar este tipo de episodios) como una gresca entre seguidores del ex-funcionario menemista Felipe Solá y una patota duhaldista surgida de algún texto de Lombroso y corporizada en el Club Atenas de la ex-ciudad Eva Perón. Clarín deflacta el hecho épico referido oralmente y lo vuelve a uno a la realidad. Podríamos dejar la cosa ahí, esto es, si Clarín nos dejara. Pero no, porque haciendo honor a los apodos venenosos verbitskianos con que se lo conoce, el gobernador de la provincia (esa perfecta combinación de vanidad ibarrista, indecisión chachista e inescrupulosidad setentista con zapatos y chaleco de cuero de carpincho), Felipe-es-Felipe, Felipe Solo o como usted crea que merece ser llamado, dice que no quiere más actos de micro y choripán. El colmo de la traición. Echándose hacia atrás para que no lo salpique el barro, Solá hace como si no tuviera nada que ver con la idea de hacer el acto y como si no fuera partícipe de la cultura política que ha transformado el mítin de que nos hablaban nuestros abuelos o los actos que muchos de nosotros mismos hasta hemos organizado en un pasado no tan lejano, en una escena patética que sólo es posible por la magia del pancho y la coca que se reparte (ex post) a los asistentes. Todo lo cual nos lleva nuevamente lejos de La Plata, a la Britannia que todavía no había devenido en Cool, al influjo del New Labour.

Allí mismo, hace como 20 años, un ministro de Maggie Thatcher, Jock Bruce-Gardyne se apareció un lunes por la mañana en una conferencia pública con un par de dedos menos: acababa de perderlos manejando imprudentemente una cortadora de césped durante el fin de semana. Como tal vez sólo alguien que ha internalizado muy temprana y acendradamente la noción de responsabilidad puede hacerlo, se dirigió a los que miraban con pena y curiosidad su mano vendada y ostensiblemente tullida exclamando:

¡Ninguna compasión, eh! Fue todo mi propia maldita culpa.” My own bloody fault.

Tal vez habría que tener esa imagen en mente cuando a uno lo sacan de la cama para pedir ayuda en casos como el del Club Atenas. O recordar que, cualquier cosa, Felipe les puede dar una mano.

En cualquier caso, permítaseme recomendar una dosis módica de frialdad british a todos los que (cansados demasiado pronto de intentar la aventura de construir alternativas políticas en Argentina), “se repliegan hacia lo conocido” y se vuelven al peronismo.

No se olviden: es su propia puta culpa.


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