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Fuerte inquietud

2 05 2005 - 13:14

Las reposiciones de “El Otro lado” como política cultural.

Que los muertos vayan debajo de la tierra debe suponer que los vivos los podemos pisar mientras caminamos hacia algún lugar. Es una hipótesis de trabajo. La recordación es lo que queda por encima del ras de la tierra, acompañando: una foto de quince por doce en el living o una cuatro por cuatro en la mesa de luz debajo del vidrio, algo que no deserotize ni que asuste a los chicos. Queda el limonero de la quinta de Escobar, las canillas que arregló, las cañas de pescar en el garaje. Quedan dos sacos que se regalan a Caritas y queda la obra artística, si hubo. Todo lo demás, no queda. El sonido de la voz se pierde, las caras hay que pensarlas tres veces para que se dibujen en nuestra memoria. Eso, sin ir a mirar las fotos o recurrir a las filmaciones en video que son tan vívidas que las familias las evitan porque dan una sensación de realidad que te parten el alma. Che.

Hace algunos años, un tipo flaco, bonito y talentoso se tiraba a las vías de un tren en Santos Lugares. Su nombre era Fabián Polosecki, conocido desde chico como Polito y como Polo. La noticia salió en los diarios porque Polito había trascendido su casa o de su barrio y se había convertido en un personaje público, no famoso, ni siquiera muy conocido, pero sí, suficientemente reconocible por quienes, por ejemplo, escriben los diarios quienes finalmente dictaminan (sin que esto sea muy importante), qué muerto debe ser llorado públicamente y a qué muerto le toca el mero acompañamiento familiar y del grupo de amigos que se haya hecho en el tiempo que le tocó desarrollar sus rutinas.

Polito había hecho dos programas de televisión, “El otro lado” y “El visitante”, que eran experimentos periodísticos audiovisuales y anti rating que tuvieron el buen ojo de Gerardo Sofovich quien les dio pantalla en el canal ATC, durante el primer gobierno de Carlos Menem, cuando el director de Los caballeros de la cama redonda era el administrador del canal estatal. Naturalmente, el programa contó con el reconocimiento de los que siempre esperan otra cosa de la televisión y todavía no tiraron el aparato por la ventana e, imprevistamente, la cálida acogida del grupo de gansos que manejan la televisión y que, cada tanto, resuelven perdonar la vida a uno del equipo de enfrente a quien se le dice: lo hacés bien, lo hacés mejor que nosotros, venite del desierto al hotel que te voy a premiar. Y le dieron algunos de los galardones conocidos como Martín Fierro. Es como un chivo expiatorio al revés. O más retorcidamente, un chivo expiatorio al derecho. Una operación, como dirían las estudiantes de Letras, que fue tan rápida que ni siquiera se puede marcar históricamente, porque Polo que más que flaco, bonito y talentoso, era un tipo que la pasaba pésimo, se mató pronto.

No nos parece lindo hablar de los muertos. Por algún tipo de respeto escrito en algún código moral que no leímos pero que aplicamos con la misma destreza con la que nos ponemos de pie, no lo hacemos. No es nuestra culpa, sin embargo, que con demasiada frecuencia o sospechosa frecuencia se pone a Polo y a su primer programa, sus doce capítulos, en el centro de homenajes y revisiones y mesas redondas a las que, incluso, se han prestado algunos de nuestros mejores inmigrantes como el rumano Tomás Abraham.. En la ciudad de Buenos Aires, los últimos años tuvieron retrospectivas de Polo en el Museo de arte moderno y en el Centro Cultural General San Martín. Ahora mismo, se reponen los capítulos de “El otro lado” en Ciudad Abierta, el canal de cable del gobierno porteño. Casi podría considerarse una columna de la política cultural del ibarrismo homenajear a Polo.

Cómo era el programa.

El Otro lado era un programa bien escrito que contaba con Marcelo Birmajer y Pablo de Santis en el armado de los guiones. Rápidamente, recordamos un programa sobre los buscadores de oro en el arroyo Maldonado, debajo de la avenida Juan B. Justo y otro sobre jugadores compulsivos con un tipo genial de saco azul hablando en el paddock del Hipódromo de Palermo. Polo también aparecía en cámara fumando y sonriendo con humildad como un detective emocional. El guión no hilaba los testimonios sino que hilaba el recorrido de Polo por los márgenes, por los vericuetos, o por las hendijas (como dicen los periodistas) de la sociedad. Tal vez era un poco populista el programa pero no bajaba una línea demasiado obvia o demasiado tonta y la moraleja era que el mundo es un quilombo y que unos buscan oro y otros apuestan y otros se garchan ovejas para tratar de calmar la angustia, siempre la misma angustia de saber que la vida no conduce a ningún lugar. En fin, el programa no era la obra de arte más sensacional del mundo pero estaba bien. Digamos “muy bueno”, digamos “cuatro zapatitos”, digamos “ocho altamiras”.

Fue casi la última vez que la tevé toleró la ausencia de un cierre o de una moraleja que no nos lleve violentamente al shopping, al cabaret o a una reunión de padres en la escuela para tratar el tema seguridad. Como el programa es atemporal, no hay referencias a Terry Schiavo ni a los noviazgos de Mostaza Merlo, y los tapes se pueden seguir viendo casi sin notas al pie.

Se dice que los hijos completan una oración iniciada por los padres. En la tele, esa operación no son oraciones sino manos de pintura que apuntan a saturar el color. Si un programa institucionaliza mostrar culos, el próximo programa muestra culos y tetas. La temporada siguiente se habilita a mostrar culos, tetas y a preguntarles a la pibas que se ponen en bolas por los bultos de los tipos. El próximo show contiene entonces, tetas, culos, bultos y travestis que tienen todo en uno. Suponemos que vendrá la temporada de travestis que se la midan al aire y pishen y, como decimos siempre los pacifistas, la próxima guerra será con piedras y con palos.

En el mismo sentido pero con un efecto más grave, el programa de Polo es tomado como referencia, fuente o parte integrante del documentalismo periodístico televisivo, ese que tiene fuerte tendencia a pasarle el peine a los restos mortales de la Argentina y que usan de temas a los pibes que toman pasta base, a los que sacrifican perros abandonados, a las putas de cinco pesos, a los que se pajean en las bóvedas de la Chacarita. Y cuyos recursos son la edición desenfrenada, el golpe bajo, el periodismo Farinello: “¿qué te pasa lindo?, ¿por qué moqueás?, ¿hace cuánto que no comés?”

Y entonces qué.

Entonces nada. Nos preguntamos por la insistencia de la reposición poloseckiana, por el qué nos quieren decir.Hipótesis o hipotésises, porque son varias.

Muy arbitrariamente, esto es casi un sueño que se publica, podríamos decir que Polo y “El otro lado” representan hoy un ejercicio de poder que se hace sobre los vivos con las mismas intenciones con que los sobrevivientes de los setenta exaltaban sus años. Como una excelente manera de que se hable de ellos y de mantener o asegurarse sus posiciones, sin pasar nunca a considerar los méritos presentes. En el caso de Polo, sus exaltadores no quieren colocarse en la posición de tener que levantarle la barrera al vivo que lleve una propuesta, radicalmente distinta, al museo o al cable. Muertos de miedo, van a lo seguro, a la alternatividad legitimada y que nadie los descubra en su pereza. Como los setentistas (siempre en el caso que no lo sean), deciden sobre la base de un ya está. Ya fueron los mejores años. O, ya fueron a ver qué había del otro lado.


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