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Ernesto Semán
28 April 2005, 17:14

Hace un par de meses, en un acto de campaña con grupos a favor del derecho de aborto, Hillary Clinton dijo: “Whether you believe that abortion is a difficult medical procedure for a woman or whether, like me, you believe that all abortions are an immoral taking of human life, we can all agree on a third principle: we would be better off with fewer of them.”

Andrew Sullivan cita esta frase en una nota que publicó en la revista TIME a principios de marzo, diciendo que pareciera como si finalmente la lucha encarnizada que pros y contras libran en Estados Unidos desde hace décadas, y muy especialmente después de Roe vs. Wade, estuviera encontrando una salida. Alivio para mí, y supongo que para muchos otros también que leen el adelanto del libro de Laura Klein y se sienten invadidos por esa frustrante sensación que ella describe tan bien, de no poder dar la respuesta que todo el mundo espera para abrazarte o para condenarte, para definirse como tu amigo o tu enemigo. Por más que uno intente y pueda irse a la cama seguro de una respuesta, inevitablemente se levanta a la mañana siguiente creyendo lo contrario.

Esa pequeña frase de Hillary no hace otra cosa que insinuar la búsqueda de un common ground, de algún punto de partida desde donde poder comenzar a hablar.

Aunque no se sepa muy bien cuál es el motivo, el número de abortos registrados en los Estados Unidos bajó de 1.4 millones en 1990 a 853.000 en 2001, según el Center for Disease Control, lo cual de por sí suena como una noticia bastante buena. Los motivos, no muy claros, apuntan a un fuerte declive en el número de adolescentes embarazadas y al aumento del uso de anticonceptivos.

Si esto genera alguna esperanza, no es sólo por la disminución en el número. También es porque finalmente hay algo en que ambas partes pueden estar de acuerdo: ninguna de los dos quiere que los abortos aumenten. Resulta un poco incomprensible imaginarse la razón por la cual esta mínima coincidencia básica ha tardado tanto años y tantas discusiones en llegar, pero bienvenida sea. Que los pro-choice se acerquen un poco a quienes están en contra de la legalización no necesariamente implica que ablanden su postura en favor de la legalización.

Hasta hoy, dice Klein, la única coincidencia entre pro-choicers y pro-lifers ha sido el utilizar exactamente los mismos argumentos para defender posiciones absolutamente opuestas. Quizás ahora puedan compartir algo más que el odio mutuo.

NARAL Pro-Choice America, publicó recientemente un aviso nada más y nada menos que en el Weekly Standard llamando a grupos pro-life a unirse a la lucha contra el aborto no a través de hacerlo ilegal pero aumentando el acceso a métodos anticonceptivos. Pareciera que en los Estados Unidos algo puede llegar a cambiar para bien en este tema. Los grupos pro-choice, finalmente pueden llegar a plantear las preguntas correctas a las pro-life. Esto es, si tanta gente está tan decididamente en contra del aborto, quizás debieran hacer todo lo posible por evitarlo. Luchar contra su legalización es sólo una vía (no muy efectiva) de encarar esta lucha, entre muchas otras.

Si el aborto es una aberración moral tan grande, entonces no debería haber tantos peros a la hora de encontrar alternativas que ayuden a combatirlo. La adopción por parte de parejas homosexuales por ejemplo, o la difusión masiva de métodos anticonceptivos sin duda presentarán riesgos morales a muchos grupos, ahora también parece que es mucho más accesible lidiar con esos riesgos que con los que implican la vida y la muerte.

Como dice Andrew Sullivan, no hay nada que perder, salvo trauma, dolor, política y muerte.


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