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Esteban Schmidt
17 April 2005, 12:57
Como sabemos bien, las mayoría de las personas suelen pensar de izquierda y vivir o hacer de derecha. Por izquierda se proclama un mundo mejor y por derecha hacés cagar al perro en la calle sin levantar las heces, para ser muy sintético. Por izquierda se habilita a pensar y pensar y pensar pero por derecha los mismos tipos te obligan a revisar y revisar y revisar. “¿Y usted por qué dice esto?” . “Ah, quiere hacerse el contestatario”. “Y, si no, el contestatario al revés que ahora es mucho peor”. Eso. No es que uno no sepa la decodificación absoluta o aproximada que los lectores con secundario aprobado pueden tener de lo que se piensa y luego se escribe sino que todo sea leído en tanto “quiere hacerse”, despejando lo que se dice.
Se ha puesto muy difícil todo esto. Como el mercado es cálculo y el mercado es todo, pensar supone una racionalidad que prescinde de lo que se está pensando. Es casi imposible no terminar enjuiciado por reflexionar para la polémica, si se piensa distinto al promedio, como si todos fuéramos productores de televisión de nosotros mismos y si se piensa promedio, bueno: “pensás promedio”. También está mal.
—Lo decís para provocar.
—Pero, no me querés escuchar, carajo. Lo digo porque es lo que pienso. Y a lo mejor la semana que viene pienso otra cosa.
—¡No, te hacéeees!
—Sabes lo que podés hacer, lindo, pensar vos lo que quieras y escribir. ¿Qué mierda sabés de mis motivos?
Pero si esto fuera solo una descarga personal, no tendría ningún interés. El problema es cuando se vuelve sistema, se vuelve corsé para uno o para todos. Cuando el ejercicio de pensar debe someterse a una nueva censura. La de “No quiero que piensen que quiero hacerme el provocador”. Ya bastante cuesta sentarse a escribir como para que tener que lidiar con un nuevo obstáculo.
No puedo dejar de creer que ahí, en ese apriete, hay un eco del autoritarismo más enraizado. Digo, Rosas y la mazorca. Me remite también a esa broma o distinción que suelen hacer algunas de las personas más boludas que conocemos. Está un poco fuera de moda, pero se usa:
—Maxi no es un intelectual, es un intelectualoide.
—Mirá que trabaja de usar el balero.
—Ay, ¡qué lo defendés! No te hagás el intelectualoide, vos, ahora.
—Y vos, nena, ¿cuándo te vas a curar el acné?
¿Por qué rebajar lo que Maxi hace? Por envidia.
Nos queda simplemente no escuchar y denunciar el autoritarismo dejando sí espacio para los comentarios sobre las palabras y sobre las ideas.
Distinciones así se hacen en todos lados, por otro lado y seguramente. En el Vaticano, mañana, un grupo de cardenales mirará al brasileño Hummes, que estará caminando en trance, rezando y serio por la nave central de la capilla sixtina. Y lo gastarán: “¡no te hagas el Papa, brasuca!”. Reirán, harán sonar las campanillas, se acomodarán la mitra. Posiblemente el gaste reine en Coronda también, en la cárcel. ¿Cómo será ahí? “No te hagás el procesado” o “no te hagás el inocente” o “no te hagás el que tiene un plan de fuga” o “no te hagás el libre”. O sea, no te hagás nada. O, no te hagás lo que al otro le puede molestar de su propia vida. Ser culpable, no ser libre o no tener un plan de fuga.
En gente menos jodida o, menos dada a mirar competitivamente al otro, se da la idea de que hablar de ciertos temas afianza las agendas que no son propias. Si hablamos de Fidel negativamente, contribuimos a los intentos de la derecha norteamericana de recuperar su gran cabaret pre 1959 por lo que siempre hay que destacar que los pibes tienen todos los dientes allá. Y si hablamos de la Iglesia, debemos mencionar la santa inquisición. Bueno, creo que eso amerita un caso por caso y un detalle de la escala del hablante, del criticado y del beneficiario de nuestras palabras. Si hablamos de Fidel en TP, por ejemplo, podemos pensar en ser leídos por, con toda la furia, la línea de la cancillería argentina que lee más de tres párrafos sin sentir vacío existencial o por los lectores habituales del sitio, unos miles. Un descendiente de Mas Canosa, ¿tomará las palabras de Huili Raffo y las llevará como bandera a la victoria? Difícil, Raffo no es para las masas, es como Coetzee para estos tipos. Por lo que somos muy libres para pensar y decir. No, mentira. Muy libres, no. Porque hay que estar atento a no hacerse lo que al otro le molesta de sí mismo. Visto cristianamente, está bien. Uno tiene que pensar en el otro. Siempre.
Pero retomando.
¡Dos facciones, Pandolfi!
Las paredes de las celdas de la cárcel de Coronda tienen manchas de pucheros de hace cuarenta años, que están bajo manchas de humedad de hace veinte, que a su vez están bajo manchas de pis de hace cuatro meses que están, naturalmente, bajo manchas de sangre de hace una semana que están bajo manchas de semen de todos los días y todo, todo eso, sobre mocos y mocos y mocos de todos los inviernos. Hace mucho, muy adentro de todo ese revoque, pusieron ladrillos y, mezclado con el cemento, se quedaron cigarrillos apagados y boletos de tren, recuerdos de provincia y saliva seca de los albañiles que la construyeron en 1935. Que construyeron una cárcel. Dejaron, ellos también, sus mocos para la posteridad y se fueron a hacer casas. Las propias, en el mejor de los casos.
El mundo así visto, en detalle, es un asco. Un asco con atenuantes, por lo de la casa propia. De lejos, desde ese casa, por ejemplo, no se ve un asco y desde arriba, mucho menos, todo es inodoro e insípido. Coloro es, porque los colores se ven y se clasifican para que no duela. La sangre coagulada es fucsia, la leche es un arena rebajado y el verde es musgo. ¿El puchero viejo? Es como un naranja raro, ¿no?, un naranja mexicano.
En el interior de la cárcel de Coronda, como nos hemos enterado, una bronca bárbara se vela todas las noches que los presos no pueden dormir. Y del alambre de púa para afuera, como bien sabemos, se sueña cada día este mundo verdaderamente imposible.
Durante la semana, por suerte para nosotros, los contemporáneos de los presos nos han explicado porqué se afilan cuchillos a medianoche en un pueblo de Santa Fe y la gente se mata entre sí a la mañana. Dicen que hay una guerra entre santafecinos y rosarinos que se tienen hambre por beneficios que los rosarinos obtuvieron de los guardias. Tenemos, entonces, dos bandos y una historia de envidia, celos y malentendidos. Ahora, que quedó claro y no tenemos nada que ver, podemos ir a hacer la cola a La Juvenil.
En caso de ir, podemos llevar la biografía de Jacobo Timerman, escrita por la periodista Graciela Mochkofsky. Porque allí se cuenta como en 1960, Timerman se paseaba por la redacción del diario El Mundo dando lecciones de periodismo a los novatos. Un día, Rodolfo Pandolfi, que era uno de ellos, volvió a la redacción con una historia sobre la interna del partido radical. Contó a su jefe que había “ocho grupos” y Timerman lo cortó, diciéndole agriamente: “son dos grupos, Pandolfi, dos; las facciones siempre son dos”. Un tiempo después ocurrió lo mismo con la interna del ejército. Timerman insistió con su apotegma: “dos facciones, Pandolfi”.
Azules y colorados, en aquel caso. Santafecinos y rosarinos, en éste. Armados, como aquellos, pero con cuchillos hechos con las latas de los duraznos en almíbar.
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