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Ernesto Semán
7 April 2005, 11:52

Hay varias diferencias entre el periodismo y la publicidad, y el tono de cada género no es la menor. Es decir, aun cuando los periodistas sean influenciables o, en el peor de los casos, venales, el sólo hecho de tener que escribir una noticia y no redactar un aviso los fuerza a una serie de compromisos con el género.

Más aun: la mejor publicidad es finalmente una nota periodística que mantiene los parámetros del periodismo y logra empalmar con el espíritu de lo que se quiere publicitar. Para eso se necesita seguir una serie de reglas absurdas, simples, básicas: Alguna relación con fuentes de información, un análisis distante o desapasionado, alguien que se haga cargo del mismo, un poco de moderación con los adjetivos y la búsqueda de algún tipo de balance en la totalidad del texto, lo que no significa que por cada vez que uno dice A tiene que encontrar a alguien que diga Z, pero sí implica dar cuenta de que aún el más pequeño de los eventos es un mundo ancho y ajeno. Sobre todo ancho.

Nada de esto ocurre con las notas que el señor Hector Huergo escribe en el diario Clarín desde hace muchísimos años. Podríamos confirmarlo cualquier día, pero lo confirmamos con la nota de hoy, En Diez Años Se Triplicó la Producción del “Nuevo Maná”, en parte porque queremos dejar de hablar del Papa, en parte porque cualquier dia es bueno para comentar un poco sobre Hector Huergo y su pasión por la soja.

Huergo está contentísimo con la soja. Con que Argentina produzca soja, con que los chinos compren soja, con que el mercado mundial mantenga los precios por ahí arriba. Escribe:

“Hace exactamente diez años, la producción de soja alcanzaba las 13 millones de toneladas. Venía creciendo a un ritmo de un millón de toneladas por año, y se consolidaba como el principal rubro de la canasta agrícola argentina, porque le empardaba al trigo y al maíz en volumen, pero los duplicaba en valor. Sorprendía que un producto casi desconocido, una verdadera curiosidad botánica en los años 70, se convirtiera de la noche a la mañana en el líder de las exportaciones argentinas por todo concepto, con embarques por 2.500 millones de dólares.

La lógica indicaba que no se podía seguir creciendo a ese ritmo. Sin embargo, este año se cosecharán nada menos que 40 millones de toneladas, ¡tres veces más que en 1995!”

Huergo pone signos de exclamación para dar cuenta de su alegría. Alegría que, a primera vista, forma parte del humor de época argentino, donde la soja se ha convertido en el punto de despegue de la economía, mostrando a un mismo tiempo su potencial y su debilidad: la enorme dependencia de toda la economía de un sector externo altamente vulnerable.

“Pero se quedaron cortos. En lugar de crecer de a un millón de toneladas por año, la cosecha saltó de a tres millones. Sobre las pampas llovió un nuevo maná, con la aparición de la soja RR, que facilitó el cultivo y permitió expandir la superficie cultivada. El proceso fue tan fuerte que baipaseó (no sin un par de estornudos) la crisis del 2001/2 sin dejar de crecer. Y a eso se debe, en buena medida, la impensada resurrección de la economía nacional, la estabilidad del dólar y la contención social financiada con sojadólares.”

Acá, Huergo —que llegaba a la redacción de Clarín con sus camisas almidonadas y tiradores como, supongo, debían ir a La Nación hace 50 años los periodistas del suplemento agricultura— recurre al menos al enorme poder de condensación del lenguage publicitario. Con mas resignación que alegría, habla de los sojadólares que financian la contención social, con poco espacio para volver sobre las penurias del campo y los impuestos injustos, con poco interés por recordar que las retenciones son el manotón de ahogado de un Estado que ha podido hacer poco y nada por disciplinar la voracidad y el gasto banal de sus famosos productores agropecuarios.

Huergo habla de la soja y su alto precio como causa de la “impensada resurrección nacional.” Impensada porque, se deduce, todos los otros factores de la economía (las medidas del Estado, el accionar de los sindicatos, la conducta de los políticos, el nivel del periodismo y, por qué no, si siempre está ahí, la degradación cultural) la hacían impensable, y la soja nos salvó.

Colado en medio del párrafo, Huergo menciona al pasar lo que explica el milagroso maná: la aparición de la soja RR que, dice, “facilitó el cultivo de la soja” en ciertas áreas. Más que facilitar, la soja RR hizo posible que se plantara soja hasta en las piedras. Con algunos detalles: la soja RR es una modificación genética de la soja cuya patente tiene la empresa americana Monsanto, uno de los laboratorios más grandes del mundo. La inmensa mayoría de la soja argentina es RR, por lo que Monsanto ha recibido en esta década milagrosa de la Argentina una de las tasas de ganancias más altas del mundo.

Monsanto usó parte de esos beneficios para pagarle a la mujer de Huergo que, oh casualidad, tuvo durante una buena cantidad de tiempo la relación pública de Monsanto en la Argentina. Si a eso se suma que el propio Huergo tiene una buena cantidad de campos, donde la soja RR da una tasa de ganancia mayor que la que cualquier banco te pueda dar en su puta vida en Argentina, bueno, pues eso explica que la felicidad de Huergo por el aniversasrio esté un poquito por arriba de la media del resto del país.

Ah, la noticia de la nota de Huergo.

“Esto es lo que se analizó ayer en el Hilton, en un seminario empañado por la inesperada ausencia de los cuatro gobernadores de las principales provincias agrícolas (Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos), comprometidos para participar de un panel muy esperado. Y por el faltazo del secretario de Agricultura, Miguel Campos.”

Estaba al final. Pero de eso se trataba el nuevo periodismo, ¿no?


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