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Gli Uccelli
18 March 2005, 11:28
El año pasado no fui a San Sebastián (a veces me toca y a veces no), así que recién anoche pude ver la única película que me había llamado la atención entonces, en una copia horrible con timecode sobre la cabeza de los actores. La película se llama Omagh y se ocupa del atentado del ‘98 en la ciudad irlandesa del mismo nombre, un auto bomba reivindicado por the real IRA que de acelerar el proceso de paz terminó por complicarlo (como es más lógico que suceda con cualquier bomba puesta para acelerar la paz, me parece).
Omagh (la película) había ganado el premio al mejor guión en San Sebastián, y aun sabiendo que en ese lugar premian guiones como el de Lugares Comunes (aquél despropósito al que Aristarain por lo menos bautizó con cierta candidez), me tentaba la posibilidad de que por fin alguien hubiera escrito algo interesante en torno al terrorismo, la lucha armada, esas trivialidades que tan bien le quedan a las películas que dicen hablar de eso y hablan de cualquier otra cosa. Lamentablemente, cumplo en reportar que en las dos horas de Omagh uno puede enterarse apenas del diez por ciento de lo que puede leer, por ejemplo, en la página de la BBC sobre el mismo tema, y que ese diez por ciento es todo lo que hay — una narración lineal, apenas estructurada y por supuesto Bien Realista de lo que ya dijeron los diarios quince mil veces. La versión cinematográfica (televisiva, en realidad, me enteré después, lo cual debería haberla desacreditado para un festival, pero los festivales tampoco son lo que eran) de la masacre de Omagh se construye, como no podía ser de otra manera, sobre una cámara en mano que sigue a los actores (todo el tiempo de perfil, porque están hablando con otro y la puesta en escena no existe), un sonido que los registra, cortes que no la distinguen de The Office o de un documental como esos que ahora, también, se estrenan en el cine a falta de películas de verdad.
No sé a quién se le ocurrió que la elección de un estilo “documental” potencia el realismo de algo. No sé tampoco si alguien se tomó el trabajo alguna vez de enunciar esta correspondencia, pero una infinidad de películas comprometidas la observan con el rigor que les falta en todas las otras áreas. Cada vez hay más películas así. Y son cada vez peores, entre otras cosas porque este matrimonio entre lo “realista” y el estilo (or lack thereof) de cinema verité reciclado es tan torpe como perversa. Cuando a mí me pasan cosas no hay un mal camarógrafo grabándolas en DV desde el pasillo (por suerte). Del mismo modo, si me pasa algo lo suficientemente interesante como para ser recreado en la ficción, quiero pensar que la cámara en esa recreación será, por lo menos, invisible. Ya no se trata de pedirles que escriban con la cámara —pidamos lo posible, para variar—; si no tenés gramática propia sería bueno que suscribieras a la que usa todo el mundo, la misma que quienes hemos crecido viendo películas (esto es, todos los espectadores posibles) podemos ignorar con elegancia y naturalidad para concentrarnos en lo que decís. Y en el caso de Omagh, como en el de tantas otras, lo que se dice es, como mínimo, previsible: el terrorismo es malo, las víctimas sufren, la política es esencialmente corrupta. El día que se instrumente un método por el cual uno paga a la salida del cine, en vez de antes de entrar, unos cuantos se quedan sin trabajo.
Y hablando de quedarse sin trabajo, allá va Baseotto, en un movimiento más de aquellos en los cuales K esgrime sus pantalones manchándoselos con moco. En relación a lo que decíamos ayer, es interesante el eufemismo que elige Página/12 para hablar hoy del tema (“A punto de ser ignorado”). Es difícil imaginar un término menos apropiado para lo que acaba de hacer el Gobierno, precisamente por haber cometido el error de no ignorar al obispo en su momento. La violencia de este despido à la Dreyfuss no parece la opción más inteligente, aunque sí, reconozcamos, la más interesante. Veremos qué pasa mañana.
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