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Gli Uccelli
17 March 2005, 09:57
La primavera llegó temprano a España, y Zapatero —que tiene la bola de cristal o un departamento de inteligencia saludablemente vinculado con la meteorología— se anticipó aun más ordenando la remoción nocturna de la última estatua de Franco, un mamotreto ecuestre en la zona de Nuevos Ministerios. Es interesante ver cómo titula Clarín la noticia (“Sorpresa en España”), intentando darle al hecho una repercusión que no tuvo ni tiene. A treinta años de la muerte de Franco, lo único sorprendente es que haya aun grupúsculos capaces de reivindicar su efigie, pero la buena noticia es que se trata de minorías irrelevantes a las cuales el Gobierno maneja con bastante elegancia. Sacá esa estatua a la mierda, pero a la noche tarde, cuando están todos durmiendo, así nadie molesta.
En realidad, si hubo alguna sorpresa en España —un país con escasa propensión a lo dramático, cuyos habitantes suelen estar dispuestos a cualquier cosa con tal de defender su inalienable derecho a que nada les importe demasiado—, esa sorpresa fue el propio Zapatero; un tipo incapaz de entusiasmar incluso al votante más optimista, que sin embargo ha ido adquiriendo, a partir de su gestión, un aura de simpatía y respeto que cada tanto, sí, sorprende. Es como si hubieran nombrado presidente a un amigo de uno.
Hablando de estas cosas, es inevitable pensar en la todavía incierta transformación de K durante los dos últimos años en Argentina. Las similitudes son evidentes (básicamente, la de un candidato signado por la indiferencia de la gente, cuya votabilidad —si es que existe el término— se eleva a la N durante los primeros meses de gestión), pero las diferencias se me ocurren, a partir de esta anécdota de la estatua, mucho más que anecdóticas.
En un ejercicio nada científico, más propio del desayuno y la confusión que generan los diarios que de un análisis meditado, cabe imaginar cómo habría manejado Zapatero las impertinencias del cura nazi que quería ahogar a un ministro. Imagino que mejor, teniendo en cuenta el balance entre delicado y firme con el cual Zapatero viene sacudiéndose a la Iglesia de encima. En cualquier caso, la decisión del Vaticano de desoír el pedido del Gobierno Argentino respecto de Baseotto debería alertar a K y sus adláteres: no es la primera vez que pasa, no es la primera vez que sale mal. En vez de pedir las cosas a los gritos, tal vez sea más eficaz hacerlas directamente, en voz baja, con la serenidad de quien sabe que tiene razón. Como con la estatua de Franco, digo. Sacáme ese obispo a la mierda, pero a la noche tarde, cuando están todos durmiendo, así nadie molesta.
La retórica Fulvence y Fulvencito, que Semán defendía bien ayer (y con argumentos atendibles en cuanto a sus efectos de recuperación de un folklore que tal vez no sea tan malo, después de todo) puede servir para algunas cosas, pero decididamente no sirve para todo. No sirve, por ejemplo, para allanar obstáculos concretos. Y, en la más rancia tradición peronista, puede convertirse incluso en una inquietante distracción que relega los temas centrales a la sombra de las “sorpresas” que tanto le gustan a los diarios.
Si uno sabe lo que hace, si uno sabe por qué dice lo que dice (y en el caso de la Iglesia y el Estado hay argumentos de sobra para todo tipo de seguridades, como bien, aunque tímidamente, sugiere Wainfeld hoy), no es difícil sacarse de encima a tipos como Baseotto con la indiferencia de una vaca que se espanta las moscas con la cola. Cualquiera que tenga alguna experiencia con animales —y es una pena que los animales y las plantas estén tan excluídos de la política, realmente— sabe cuán poco sabio es acorralarlos. En casos como el de Baseotto y estas bestias híbridas, semi-humanas, hay una sola cosa peor que acorralarlas: acorralarlas en público.
A ver si se enteran.
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