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Ernesto Semán
16 March 2005, 15:58
George W. Bush dice que su país, which happens to be The United States of America, postulará a Paul Wolfowitz para presidir el Banco Mundial. Lo anuncia con el entusiasmo y la fanfarria de las grandes obras, como si fuera Johnson informando sobre la llegada de Robert MacNamara a ese mismo puesto.
Es cierto que el método y la precisión quirúrgica con las que Bush intenta disolver la efectividad de las organizaciones multilaterales creadas durante 60 años es memorable.
Tan cierto como eso es que esa ingeniería institucional es cada vez más boba; inocua y costosa en muchos casos, terriblemente dañina en otros. Lo que deja poco espacio para el pataleo, que de todos modos ejercemos.
Pero la respuesta, ah. Wolfowitz es un tipo malo, malísimo diría cualquiera. Trabaja hoy de subsecretario de Defensa de los Estados Unidos, pero eso no suena tan importante como lo que verdaderamente hace, tal es planificar buena parte de la estrategia politico-militar de su país, sobre la base de un consistente grupo de ideas creadas y alimentadas durante treinta años, alrededor de una mirada del mundo que no sólo es muy distinta a la de uno; se trata de un mundo en el que no hay lugar para muchas de las cosas que a uno le gustan.
Es una madeja de nombres que nadie memoriza, pero sumariamente: el grupo de Wolfowitz y el vicepresidente Dick Cheney es algo así como el motor ideológico y operativo más fuerte de la revolución conservadora en este país. Tipos que proponen con mucha claridad que Estados Unidos no tiene que formar parte de acuerdo o institución internacional alguna, y que su presencia en el resto del mundo descansa más bien en el comercio y el terreno militar, campos que o bien se desarrollan “solos” o bien se potencian mutuamente. A este grupo se suma otro, similar pero no igual, de gente formada durante el gobierno de Reagan, como John Negroponte o Elliot Abrams, un poco más aguerridos, quizás menos consistentes.
Wolfowitz se suma a John Bolton (de éste mismo grupo), a quien Bush nominó como embajador propio ante las Naciones Unidas, poco después de que Bolton dijera que “si desaparecieran 10 pisos del edificio de las Naciones Unidas, nadie notaría la diferencia.”
La diferencia entre uno y otro caso es que Bush necesita sólo la aprobación del Congreso para enviar a Bolton a Nueva York, mientras que necesita algún consenso con el resto del mundo para que Wolfowitz cambie sus oficinas en Washington.
El tema no es demasiado entretenido como para el ánimo de esta página diaria, ni alimenta el tono cínico que más calza a generaciones enteras. Pero con un repaso rápido por los diarios de aquí y allá, la noticia es de lejos la que traerá consecuencias más duraderas y vastas en el tiempo y el espacio, y de ahí su aterrizaje en este sitio. Otras noticias pueden tener incluso mayor alcance, como que (parece, según Infobae) que el mundo se encuentra en su sexta extinción, pero eso quedará para la próxima.
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