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Ernesto Semán
14 March 2005, 09:53

La biblioteca nacional de Rio de Janeiro es uno de esos edificios de la Belle Epoque carioca, el comienzo del siglo XX, cuando Pereira Passos rehacía la ciudad, plantaba edificios de estilo francés, con el Pao de Azucar de fondo, a la vera de una avenida que debía medir exactamente lo mismo que los Champs Elysees. Eso era cuando Rio, como Buenos Aires, se creía el centro del mundo del futuro, y Paris florecía en el trópico y al sur al chasquido de los dedos de la elite.

En la librería de la biblioteca hay un montón de revistas arrumbadas, para consulta o para compra, no se sabe (y no importa demasiado, porque lo que importa es que son las tres de la tarde y ahí hay aire acondicionado). En una de esas revistas se ve a un viejito de mil años pero fibroso y con la mirada fuerte, sentado sobre el sillón de una sala que está colgando sobre Copacabana. Es Oscar Niemeyer, cara visible del periodo 1930-1960, la segunda vez que Brasil se creyó el centro del mundo.

El punto es qué pasa con Brasil después de tanto creérselo. Un historiador norteamericano, creo que John Chasteen, dice que la suerte distinta que le cayó a Aparicio y Gumersindo Saravia en Uruguay y Brasil es la suerte de un país melancólico que cree que todo lo mejor está en su historia y un país optimista que supone que todo lo mejor está por venir(le). Niemeyer es el claro heredero y productor de esa profecía brasileña, del país que despega eternamente, cuyo futuro es siempre mañana.

Con la foto de aquella revista alcanzó de sobra para saber dónde está viviendo Niemeyer: la ventana parece moldeada por el golpe de una ola, está salida de la estructura del edificio como si fuera un balcón, pero integrada como si fuera lo que es, y desde ahí se ve todo Copacabana y Leme hacia el norte. Cada mañana que pasaba por ahí pensaba que el edificio Ypiranga era un art decó carioca y perfecto, que debia ser fresco y que el tipo (resultó ser el arquitecto Mario Freire, en 1935) se las había ingeniado para tener más superficie expuesta a la playa plegando lo que en el resto de los edificios es una ventana lisa y barrida. Lo que no sabía era que ahí vive Niemeyer.

Había empezado mi propio camino Niemeyer sin incluir su actual domicilio. Su primera casa sobre la Lagoa (la primera construída en un morro por decisión propia), un jardín de infantes para chicos carenciados con unos ventiletes que luego harían furor, hechos a la medida de la necesidad de impedir que entre el sol y dejar entrar el aire. El museo de Niteroi, construído 60 años después, una vuelta de tuerca al Guggenheim de Frank Lloyd Wright y a los museos en general y al paisajismo. El increíble Hospital Sul-América, un mastodonte imponente, incluso al pie del Corcovado. O la estación de ferry de Niteroi, un espantoso intento de contrapunto con el museo, malogrado por un propósito demasiado evidente y una pésima arquitectura que lo hace parecer más a la estación de Buquebús de Montevideo.

Niemeyer construyó todo. El edificio de las Naciones Unidas en Nueva York. La sede del Partido Comunista francés. Brasilia. Su casa en el morro, sobre la Lagoa. El museo de Niteroi. Una mesquita en Argel que requiere de convicciones muy fuertes para no hacerse musulmán. Sobre todo, Brasilia.

En 1947, cuando Le Corbusier lo vio por primera vez en Nueva York, a la mañana temprano y con mucho frío, Niemeyer venía del trópico. Le Corbusier le puso su tapado por encima del de Niemeyer. “Voy a hacer como San Francisco”, le dijo. A la semana, el proyecto de Niemeyer para la sede de las Naciones Unidas había desplazado al de Le Corbusier y supongo que San Francisco recuperaba su tapado con algo de bronca. Uno de los pocos casos en donde puede contarse “el día que Le Corbusier conoció a Niemeyer” y no al revés. La secuencia, con unos pocos retoques, puede ser también la del encuentro entre Tom Jobim y Frank Sinatra.

Tanto para bien como para mal, es casi imposible imaginar las grandes ciudades de América Latina hoy si Niemeyer no hubiera estado en este mundo. Los edificios de Niemeyer —y para el ojo lego de uno también los de otros arquitectos brasileños como Carlos Leao, o la sede de la UNAM en Mexico o el edificio del Ministerio de Obras Públicas sobre la 9 de Julio en Buenos Aires— son o significan lo mismo: el deseo renovado de ser modernos subvirtiendo las periferias. La modernidad desde 1870 había sido una rebelión contra la tiranía provinciana del localismo, y el abrazo a las ideas más brillantes, bellas y salvajes de la metrópolis (la mayoría son las que Haussmann utilizó para rehacer Paris); la modernidad que vino después se rebelaba contra la tiranía provinciana, pero también contra la tiranía de que la única salida fuera reforzar una ciudad y una arquitectura europea que no dejara lugar para otra belleza, y por caso también contra la tiranía de que la única belleza admitida para la América fuera la exoticización de sí misma, la banalidad del arquetipo. Las casas y los edificios del modernismo brasileño no están hechos a semejanza de ningún otro, aunque muchos se parezcan entre sí, y el Seagram Building que Mies van der Rohe levantó en Park Avenue bien puede ser copiado de algún modelo carioca. El modernismo de entonces tenía un diálogo con la metrópolis que ni siquiera era de igual a igual; era un entretejido mucho más complejo.

La belleza del modernismo brasileño no viene de herencia. El uso del concreto y los grandes bloques. La arquitectura masiva, las geometrías al servicio de espacios monumentales pero habitables y en alguna relación con la naturaleza. La extrema funcionalidad de cada metro cuadrado y la utilidad pública de buena parte de la obra.

Tipos como Lucio Costa se pasaron años sin plata ni trabajo al comienzo de sus carreras, porque se negaban a construir los que sus potenciales clientes suponían como “casas lindas” de los estilos neocoloniales que circulaban ayer como hoy. A Niemeyer y los de su generación se les mezclaban las ideas que absorbían y producían con modernistas de otras partes o con los artistas del cubismo, junto con los sentidos entrenados y refinados en la vista del mar y la exuberancia (impresionado por la impronta insobornable que dejaba ese entrenamiento temprano, Le Corbusier le dijo una vez a Niemeyer: “Oscar, vos tenés la montaña adentro del ojo”).

Toda esa experimentación trajo sus notorios esperpentos. Brasilia o mucho de ella suele ser el ejemplo más citado. Niemeyer diseñó la arquitectura de una capital destinada a dinamizar el interior, algo que nunca pasó por motivos que lo trascienden a él, pero que dejaron en el medio de la nada la monumentalidad de una burocracia que gobierna un país de casi 200 millones de personas. Brasilia tiene cosas lindas, pero es soberanamente incómoda, imposible de caminar, costosa en su aislamiento.

A escala humana, quizás el Museo de Niteroi sea la perfección del estilo Niemeyer, un hongo de concreto blanco, que crece sobre un peñasco tropical, arriba del mar, un inmenso mirador circular a Rio de Janeiro al otro lado de la Bahía de Guanabara. Hay que tomarse el 47 desde la estación de ferry y bajarse en el museo para ver ahí que el hongo de concreto está montado sobre un pequeño espejo de agua, en un extremo unos 50 metros arriba del mar, donde el viento sopla todo el día. Si uno relaja el músculo ocular, pasa lo previsible, el agua de la Bahía y la pequeña pileta se confunden y el Museo parece salir del medio del mar. Cuando lo que hay alrededor es Rio de Janeiro, el famoso “diálogo con el entorno” se convierte en una conversación invasiva, en la que ambos, Rio y el Museo tal cual se los ve, son condición mutua de posibilidad.

La pregunta que un poco de ombliguismo argentino trae consigo es por qué esa arquitectura moderna es tanto más linda, fuerte, expandida, constitutiva e interesante en Brasil que en Argentina o, por caso, el resto del continente. En Quando O Brasil era Moderno, Lauro Cavalcanti enumera entre las razones “a boa condicao economica do Brasil, o desejo de o governo buscar uma nova face para a capital federal e uma brilhante geracao de intelectuais e arquitetos, com penetracao nas brechas do aparelho cultural do estado, que transformaram o estilo em uma novea linguagem, inconfundivelmente brasileira e universal.”

Para el caso de Argentina la respuesta es fácil, porque faltó casi todo lo de arriba. El despegue económico terminó por ser menos espectacular, la generación de intelectuales y arquitectos brillantes aun está por venir, el Estado como motor no fue siempre tanto como se dice. De los arquitectos y el Estado, no es posible entender lo de Brasil sin el hecho de que buena parte de los arquitectos eran miembros de un relativamente fuerte Partido Comunista Brasileño, que el socialismo evolucionó en sus mentes de formas varias, pero tomó contacto con el despegue brasileño en la Obra Pública. Por los motivos que fuese, el Estado fue el principal contratista, promotor y ejecutor de los proyectos de esta generación, el cliente que tomó riesgos al involucrarse con una vanguardia a la que cobijó culturalmente y financió en sus primeras incursiones, el agente que habilitó y legitimó la posterior demanda del sector privado. El arquitecto estuvo más cerca que nunca del ideal profesional.

“Naqueles tempos modernos o arquiteto nao se restringia a temas de arquitetura e urbanismo; além de influenciar domínios correlatos —como o design, arte e moda— , era o profissional que se pronunciava a respeito da sociedade. O arquiteto ocupava, entao, o lugar ocupado hoje pelos economistas. Em palavras mais sociológicas, a sociedade lhes dava o recnohecimento simbólico e a autoridade de diagnosticar o presente e indicar os caminhos a seguir. Foram tempos de ingenuos sonhos utópicos e de forte determinismo arquitetónico, através de qual se pretendía quase tudo resolver: a forma das cidades, as moradias, a distribucao da riqueza, os espacos de diversao e, até mesmo, um novo modelo de sociedade.”

Es una historia única. En Buenos Aires, donde las mansiones privadas de la primera ola modernizadora habían sido adquiridas por el Estado —que se investía así de una verdad ya amortizada—, para esta época se desarrollaba la discutible General Paz y poco más. La relación entre arquitectos, intelectuales y Estado también fue importante en la Argentina, pero eso no significa lo mismo que en Brasil. Hay mucho escrito al respecto. Los afortunados que hayan podido leer los manuscritos de Mark Healey sobre la reconstrucción de San Juan tras el terremoto del ’44, sabrán que todo lo mencionado ut supra para Brasil fue lamentablemente distinto en la Argentina. El resto deberá esperar la publicación de su libro viendo postales de Copacabana.


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