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Ernesto Semán
12 March 2005, 13:18

Gracias a Dios y al Cristo, Eloísa Martín vive en Rio de Janeiro, toma cerveza en el Cervantes y se cruzó con el comentario sobre Chico Buarque de esta serie de Cuadernos Cariocas. Esto fue lo que le pasó:

Había estado siguiendo por internet, con mediano interés, lo publicado sobre Chico Buarque en la prensa brasileña. Sentí celos da Celine, menos por el beso (aunque también por eso, claro) que por la canción que él le escribió. Más allá de algunos divagues personales sobre la inherente ambigüedad de ser malandro y de clase media do Chico (besa a la mujer de otro y se preocupa por la honra de ella — y por sus bolas, también, claro, en un gesto casi cobarde) o sobre la admirable reacción del marido (la frase de Nelson Rodrigues con que Semán empieza su artículo podría ser leída también como “em se tratando do Chico Buarque, nenhum homem é corno”: el marido fue, en acto, el héroe de la fábula… al dejar “a menina sambar em paz” fue menos marido y más Chiquista que el propio Chico) y de haberme reído de los ataques de civilidad (¿o debería decir civilismo?) de algunos columnistas que creen —menos pía o ingenuamente de lo que ellos mismos alegan— en una “libertad de prensa” definida como medida de la buena democracia y de su combinación con un cierto horror de ama de casa porque Chico besó “una casada” habiendo tantas chicas lindas y solteras en la ciudad; más que todo eso, lo que me resulto llamativo, y que no recuerdo haber leído en ninguna crónica, es que todos los reclamos indignados sobre la libertad de prensa y sobre el espacio público olvidaron mencionar la traición (del fotógrafo y de la revista que publicó las fotos) a un pacto tácito de solidaridad que le permitía a Chico caminar por el calçadão todos los días sin ser molestado, ni fotografiado, ni siquiera saludado, devolviéndole, al menos en apariencia (nadie podría decir que no lo conoce), su anonimato. Anonimato más valioso aún porque convertía sus caminatas en algo tan increíble, por alcanzable y, mejor, recurrente, como la caída del sol en el puesto 9.

Hace poco, en una mesa de chopp en el Cervantes (buteco famoso por sus sanduiches enormes y maravillosos, donde el pan sirve apenas para no ensuciarse los dedos con el relleno, otro ejemplo de la exuberancia carioca) hablábamos con un grupo de cariocas sobre las ciudades-ícono (Paris, NY, Londres) y sobre otros “destinos turísticos”. Alguien me preguntó qué se podía visitar en Argentina, fuera de Bariloche y Buenos Aires, pues pensaba extender su estadía en un congreso en julio para pasear un poco por allí. Como un folleto barato, mencioné Mendoza, Cataratas, Salta, el Perito Moreno… de repente, me detuve: “aunque viviendo acá (dije, en no muy buen portugués después de mi segundo chopp) no creo que nada te sorprenda.”

Aún después de haber vivido más de dos años en la ciudad, de sentir la agradable familiaridad de lo conocido, de saber llegar a los lugares sin nunca haber conseguido aprender los nombres de las calles (muchas mudanzas en pocos años consiguen eso), Rio me sigue dando la impresión de ser pura escenografía y quienes la transitamos apenas variaciones de tarjeta postal, nada más que matices en una imagen congelada.

Caminar a diario por el calçadão, hacer trámites en el centro, viajar en colectivo, ir al mercado, comprar el diario, putear al conductor de al lado, hasta los actos más cotidianos parecen orquestados en armonía perfecta, pronta para la foto. Vivir en Rio puede ser una lucha constante (y en algún sentido, inútil) por no dejarse fagocitar por la ciudad, lo que ha producido un número singular de talentos en diversas áreas: es difícil destacarse en un lugar donde todo lo que brilla es oro, y eso hace que, forzados por ese límite, saquemos lo mejor de lo mejor que hay en nosotros; aunque eso sea la “mera” contemplación. Contemplación que, mediada por la fastuosidad del paisaje (y no estoy cayendo en el tropicalismo, aquí: incluyo en el paisaje las aristas musicales, visuales y olfativas que hacen que muchos veraneantes digan que “no les gusta Rio…” como si la categoría de gusto fuera aplicable a esa ciudad), nos devuelve la plena conciencia de nosotros mismos, de nuestros límites y de las infinitas posibilidades de ser, de hacer y de tener que están, más en Rio que en cualquier lugar que conozca, al alcance de nuestra mano.

Sin embargo, hay algo más que la dicotomía “contemplación/acción” en donde ambas opciones implican, siempre, por la vía de la creación o por la de la reflexión, dar un paso hacia atrás, distanciarse de la ciudad, en una afirmación de la propia subjetividad. Vivir en Rio es una prueba a la que nos somete el diablo, tentación donde el pecado indefectiblemente gana, tanto si uno se abandona a la contemplación, como si —vanidoso superhombre troquelado—intenta producirse allí. Y quienes se salvan son otros, es el coro, los que se abandonan al hambre de la ciudad: los pasistas y los funkeiros, los jubilados que superpueblan Copacabana, los personajes del calçadão (la mujer de blanco de Ipanema o aquella otra que vi pasear cientos de veces, llevando a sus dos perros en un cochecito de bebé y que, desde hace poco, pasea el mismo cochecito con uno de ellos… y la cajita de cenizas del otro), los mozos malhumorados, los eternos bebedores de chopp, los predicadores de las plazas, las putas viejas del centro, inclusive el propio Chico Buarque, quienes, por exceso de estereotipia, son los únicos que se vuelven reales, los únicos que, dejándose fagocitar por la ciudad, se vuelven paisaje y son, ellos sí, Rio de Janeiro.


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