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Ernesto Semán
13 March 2005, 09:50
Ahora que Leonardo está de moda, uno evita citarlo, pero esta vez viene a cuento. Entre sus múltiples virtudes no estaban la del estratega militar. Casi le hace perder la carrera a Machiavello prematuramente, cuando propuso canalizar un río para dejar sin agua al reino de al lado (Fortune is a River es un gran libro). Hace un par de años, el Met hizo una exhibición de sus dibujos y ahí estaban, trazos de un loco enloquecido, sin límites, convencido de que torcer el curso de un río era cuestión de llevar la linea de su lápiz para el otro lado y listo.
Más suerte tuvo con el helicóptero, unos siglos después. Había copiado el diseño de un juguete con un tirabuzón alado en el medio, que un chico había llevado a Florencia desde China cien años antes. Lo miró y dijo: “Si este aparato con un tirabuzón estuviera bien hecho —es decir, con una tela almidonada que cubra sus poros— y fuera girado con velocidad, la rosca mencionada sería un espierán y se elevaría hacia lo alto.”
Después pasaron muchas cosas. Entre las que, supongo, Leonardo no imaginaba, una es que ese mismo principio físico es el que convierte al helicoptero, ese armatoste del pasado, en el arma del futuro, el medio de transporte de la próxima ciudad.
Paul Virilio dice que la guerra ya no es más la conquista de vastos territorios, sino apropiarse de la ciudad. Si tuviera algo de plata, después de leerlo hubiera puesto todo en acciones de alguna compañía que fabrique helicópteros; panóptico y arma y blanco y limousine del futuro, pero del futuro que es hoy.
Me avisaron, antes de llegar: “Lo que no se puede creer de Rio es la cantidad de helicópteros”. Escuché la advertencia desde mi departamento en Brooklyn, donde lo que más se ven son autos, dealers, rascacielos y helicópteros. Los que traen a los ejecutivos desde sus casas en los suburbios hasta downtown, los que llevan turistas a experimentar La Ciudad Mirada Desde Arriba, los de la policía que persigue delincuentres y terroristas, los de las fuerzas de seguridad diversas que persiguen terroristas, los de la televisión que lo ven todo, los que reafirman parqa tranquilidad o pavor de quien quiera creerlo, que Todo está bajo control.
En ocasiones especiales, cuando nos visita George Bush o la alarma cambia de color, también pasan, en escuadra, los mastodontes Chinook, que si no te matan de miedo, al menos te hacen mover toda la casa cada vez que se acercan a mas de una milla.
Rio de Janeiro está llena de helicópteros. En una tarde cualquiera sentado en Arpoador (la mayoría de mis tardes suceden sentado en Arpoador) se pueden contar más de veinte o treinta pasando por arriba, casi al nivel del mar. Un trayecto habitual es verlos aparecer desde atrás del Fuerte de Copacabana, bordeando la costa, quizás a abajo de los 100 metros de altura, recorre la curva de Ipanema y Leblon y levanta altura apenas para no estamparse contra el Morro Dois Irmaos, pero sigue lo suficientemente bajo como para ver de cerca toda la favela de Rocinha, o para que toda la favela de Rocinha lo vea. Al rato reaparece por el suroeste para hacer el camino inverso. Son de la Policía Militar y viajan con una puerta abierta y un par de uniformados agarrados de la baranda como si viajaran en el 37 que va a Ciudad Universitaria.
O caminando de noche por la Lagoa, pasando por al lado del destacamento policial, se ve el despegue misterioso, la increíble voltereta que intuyó Leonardo.
O arriba, en el Corcovado, se los ve venir cargados de turistas y posarse sobre uno, cara a cara con el Cristo, quedarse ahí inmovil, aguantándole la mirada mientras de la nafta o la física, y retirarse después, que Cristo no sólo es inmortal, sino que está sobre tierra firme y es de granito.
También me sorprendió hace un año la cantidad desmesurada de helicópteros en Shanghai, emergiendo de la nube poluída, dribleando rascacielos para posarse en algunos de los terrenos desiertos que caracterizan la deshumanizada trama moderna de China. En San Pablo, en cambio, aterrizan sobre todo en los helipuertos de los edificios. Algunas estadísticas, muchas, dicen que San Pablo es la ciudad con más helicópteros en el mundo. Debe ser así nomás.
Los futuristas de principios del siglo XX imaginaban ciudades hiperpobladas de aviones, pero llevar turistas y ejecutivos es lo que le dará a los helicópteros una economía de escala tal que permitirá su masificación como nadie la soñó antes. Pero su misión está en otro lado. Los helicópteros son la infantería de la guerra urbana. El poder se disputa con los narcos camuflados en el morro, con los shiitas ordinary people que caminan por la calle y entran al mercado, con las maras que se paran a tomar en una esquina cualquiera de Tegucigalpa, quién te dice si no se pelea con los monstruos que están creciendo en la villa Gardelito. Ahi no sirve la policía, que no puede ni entrar; ni el ejército, que sólo entra a costa de contar con bajas que no tolera una guerra no declarada; ni los aviones que pueden ver nada, apuntar nada, que necesitan todo ese espacio para aterrizar. El helicóptero despega de la Lagoa Rodrigo de Freitas y en menos de dos minutos está posado sobre cualquier favela. Tiene el dinamismo de la ciudad pero el poderío de la batalla antigua. Se acerca, individualiza, atemoriza, desde ahí puede disparar, persigue por calles y vericuetos, ilumina las zonas obscuras, sale en retirada veloz y elegante.
El principal aliado del helicóptero es el satélite, y la posibilidad de obtener imagen en directo de una zona y su contexto. El helicóptero es el brazo operativo del ojo satelital y juntos son la herramienta de control social más sofisticada. No por nada la mayor preocupación del gobierno brasileño es el contacto entre los narcos y las FARC colombianas y las supuestas tratativas para comprar mislies que podrían bajar bajar un bicho de estos, provided weather conditions permit.
Todo lo cual refuerza la sensación de que la ciudad es una prisión, de que Brazil se quedó corta como profecía, de que no hay para donde escapar, aun cuando Rio sea tan grande. Las favelas son inexpugnables, pero no es territorio abierto al público. Los edificios tampoco; o estás adentro o estás afuera. La calle es la escena del crimen por excelencia. Queda, una vez más, la playa. O todo el resto, lo que inventó Niemeyer, todo Brasil incluso.
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