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Ernesto Semán
11 March 2005, 09:55

Héctor Babenco dice que hay más violencia en las calles de Brasil que en sus cárceles, una frase que toma su verdadera dimensión por haberla dicho después de filmar Carandirú, una violentísima película sobre una cárcel de San Pablo.

Violencia, lo que se dice violencia, hay en la vida de Brasil, y por cierto en Rio de Janeiro, muy a pesar de un naturalizado rechazo a la violencia que muchos pueden ver en el carioca, algo que me comenta un amigo después de relatarle mi incidente en la playa, donde tanto el intento de robo como el alerta de los bañistas se desarrolló en una zona gris, negociada, sobreentendida y pacífica. Lo curioso es que haciendo el raconto de dos placenteras semanas en la ciudad no surge un sólo incidente, una piña, un tiro, nada, y sin embargo la violencia está ahí, en la advertencia. Yendo a un flat en Leblon con, quizás, la mejor vista del Corcovado, el error de apenas una sola calle te lleva hacia un set de monoblocks pequeños donde el color, el olor, la vestimenta y el sonido funcionan como señal. Violencia es la advertencia implícita en el aire que te dice adónde no se puede entrar sin siquiera una evidencia. Belleza es escuchar, diez minutos después, unos metros más arriba, sentado en el balcón del flat mirando el Cristo y la Lagoa, la música pegadiza que sale de esos monoblocks.

Una mirada romántica a tono con el Foro Social (se ven muchas remeras del Foro Social en las calles de Rio) diría, correctamente, que algo de esa violencia es la de la fuertísima polaridad social, la de los mil tipos de olor a mierda que pueden olerse en cualquier calle de Rio, la de la vista de las favelas. Ah, sin embargo, qué energizante es esa violencia mal contenida, qué fuente inagotable de belleza, casi tanto en la forma que Stockhausen vio clara (aunque inoportunamente) en los atentados del 11 de setiembre del 2001 en New York. Rocinha iluminando el Morro Dois Irmaos como si fuera un arbolito de navidad, y la misma belleza de las Escolas no son ajenas a esto.

Algo de esa belleza hace que tipos como Jonathan Nossiter (el director de Sunday, quizas la gran película de Nueva York) se haya venido acá después de hacer Mondovino. A Nossiter le molesta mucho Bush y el primer mundo, pero le molesta menos que, por ejemplo, la semana pasada los narcos hayan tirado muy cerca de su casa del Jardín Botánico el cuerpo destrozado de un vecino de una favela, después de torturarlo durante tres días bajo la sospecha (no tramitada judicialmente) de que era un delator.

La ciudad festeja su 440 aniversario muy cambiada y muy igual a sí misma.

Januaries, Nature greets our eyes
exactly as she must have greeted theirs:
every square inch filling in with foliage—big leaves, little leaves, and giant leaves,
blue, blue-green, and olive,
with occasional lighter veins and edges,
or a satin underleaf turned over;
monster ferns
in silver-gray relief,
and flowers, too, like giant water lilies
up in the air —up, rather, in the leaves—
purple, yellow, tow yellows, pink,
rust red and greenish white;
solid but airy; fresh as if just finished
and taken off the frame.

Así, pero con favelas y edificios y narcotráfico que se abren paso con la misma desmesura que la naturaleza que Elizabeth Bishop imaginaba que había recibido a la conquista el 1 de enero de 1502.

La exuberancia de naturaleza, gente y pobreza es aquel olor infinito y plural que debe ser singularmente carioca.

De los agregados modernos, las cárceles. Volviendo al principio, las mejores “películas de ciudades” de Brasil, son películas sobre las cárceles. Hay muchas, muchísimas películas de los últimos 30 años de Brasil que transcurren en las cárceles o alrededor de las cárceles o a propósito de las cárceles, no sólo Carandirú. En un repaso por Livraria Da Travessa, hay una decena de libros sobre ex o futuros presos. En O Primeiro Dia (película que acaba de salir en DVD con un subtitulado en español divertídisimo, sacado de alguno de los argentinos que veranean en Florianopolis) los personajes están sin duda mucho mejor adentro que afuera, afirmación que se puede generalizar aun sin idealizar ni un poco la vida adentro. Como dice el jefe de la prisión de Carandiru, hablando de su cárcel y no de la ciudad, “por la única razón que esto no estalla es porque ellos [los presos] no quieren. Ellos deciden todo acá.” Y sino que le pregunten al delator que tiraron frente a la casa de Nossiter.

Hablando de su película, Babenco dice (y acá la corto con Babenco): “Hay mucha más violencia en las calles de Brasil de hoy en día que en la cárcel de Carandirú. Esa sociedad sin leyes escritas ni constitución, tiene un modelo de funcionamiento creado por ellos, honrado por ellos y cobrado por ellos. Ahí no hay zona gris, o es blanco o negro. Por lo tanto o te adaptás o sos excluido, son las reglas del juego.”

Las cosas tienen que estar muy mal afuera para que esa sea la verdad adentro, pero el tipo alumbra algo que también comentaba un antropólogo en su caminata por Ipanema: es tan ingenuo pensar que en la violencia no hay ley, que en la ilegalidad no hay un orden, como suponer que eso se revierte con bienestar, campañas de promoción de la ciudadanía o el Congreso Pedagógico Nacional. Ya sabemos que la ley, literalmente, se encarna. Se hace tal en la penetración de los cuerpos. Y eso es algo que no necesariamente está en manos del Estado, sino del Poder.

El problema es que en Rio se nota mucho, demasiado, que el poder está en el Estado y en algún otro lado más. El extremo del poder político es el control militar de una determinada geografía, con fuerza tal como para poder determinar usos y costumbres, impuestos y horarios. El narcotráfico tiene el control militar de amplias zonas de la ciudad. Cuando esas zonas se reducen a las zonas “propias” del narcotráfico, todo puede ser parte de una distribución de roles. Los morros de Rio son la versión de guerrilla urbana de la idealizada sierra del ´70: Para que la montaña no sea un monte perdido y adquiera el poderoso efecto de la Sierra Maestra, en algún momento habrá que bajar a la ciudad.

Los narcos se han esforzado mucho en mostrar dentro de las favelas las consecuencias físicas de la delación. Las torturas son ampliamente visibiles o audibles; los cuerpos mutilados tirados en la calle son como decretos-ley. El Estado, por su parte, ha puesto un esfuerzo que uno consideraría desmesurado en prohibir los bailes “funk”, derivado carioca del Hip Hop cuyas letras idealizan la vida narco, describen las hazañas de los grandes jefes, idealizan el consumo de droga y la violencia en sus mas diversas versiones (la de género no es la menor) y son, después de un tiempo, muy pegadizas al cuerpo y al oído.

La obsesión con el baile funk tiene su gracia; muestra al desnudo “a cidade quebrada”. La efectivizicación de la prohibición, o la violación a la ley, son excursiones punitivas en territorio ajeno: la policía difícilmente entra a las favelas, de modo que el alcance de la prohibición se extiende a la “ciudad del asfalto”, cuando en verdad la totalidad de los bailes son en los morros. Sin efecto real, la ley se aplica entonces a prohibir la edición legal de los CDs, que los jóvenes de las favelas se ven obligados a vender en la ciudad en chiringuitos precarios que no se diferencian en nada del resto de la robusta economía informal carioca. En Praca XV, bajo un sol que te parte en cuatro, se puede comprar un surtido generoso de CDs funk si uno se acerca a la mesita del negrito que tiene puesto Eminem a todo lo que da.

Las incursiones con caracter más militar no son menos endebles. Los narcos se han tomado como costumbre cortar la Línea Vermelha, la autopista que conecta a la ciudad y la zona norte del Estado. Cuando no hay tiroteos entre bandas, los narcos pueden llegar a la autopista, cortar el tráfico, tirar unos tiros al aire o a algún otro lado, mostrar que están ahí, y volverse. Es común y nada escandalosa la advertencia de tomar el taxi al aeropuerto con tiempo suficiente por si los narco cortan la ruta.

La respuesta del Estado se pretende imponente. Un nuevo batallón de la Policía Militar se levanta al costado de la Linea Vermelha. Ahi se ven una decena de camiones tipo tanquetas, varias docenas de camionetas, SUV, patrulleros, motos, antenas satelitales y uniformados que dan pavor. Al menos a uno, porque para apreciar su condición en su justa medida, hay que adoptar la mirada del camarógrafo que está detrás del lente montado sobre una grúa. El primer plano muestra el despliegue del batallón y la mirada confiada de los soldados, a gusto con lo que los rodea de inmediato. La grúa se levanta y el plano se amplia para mostrar la Linea Vermelha, el territorio reconquistado y seguro. A medida que la cámara se aleja se empieza a ver Nova Holanda, la favela que rodea a la autopista y al batallón. Primero lo rodea por completo y luego se extiende hacia los costados, mas y mas porque Nova Holanda ha nacido en los morros pero se ha extendido a los valles, se extiende una cuadras y más y más. El plano final de la escena es una inmensa geografía irregular, anaranjada como el ladrillo de las favelas, y en un extremo un puntito perdido donde se ve al batallón y a sus soldados, ahora con cara de pavor.

No hay que ser von Clausewitz para darse cuenta de que no existe la más mínima posibilidad de que ese batallón tenga más utilidad que la de un efecto propagandístico.

La inmensa mayoría de las 600 favelas de Rio siguen siendo, de un modo u otro, territorio inexpugnable que ha sido ocupado por el narcotráfico con fuerza creciente en los últimos 15 años. Las incursiones militares de la Policía para casos extremos sólo pone en evidencia el carácter excepcional de la represión estatal. Las incursiones de los narcos en la zona del asfalto, en cambio, parece más amenazadora. Los paros armados han logrado diseminar el terror entre los vecinos, cerrar la actividad económica de barrios enteros y cortar las vías de comunicación de zonas claves de la ciudad.

La realidad es inherentemente disolvente del Estado, en un plazo indeterminado: si los narcos decidieran bajar al asfalto, el Estado sólo podría controlarlos a costa de perder el orden y la seguridad en la ciudad por tiempo indeterminado. Y la pérdida de la seguridad y el orden haría de su victoria también su fracaso, porque el orden y la seguridad son, de momento, una preocupación del Estado y no de los narcos. Claro que, me aclara otro antropólogo (¿vi muchos antropólogos?) los narcos no harían eso porque no les conviene, no tienen medios militares para ganar esa batalla ni interés en provocar una disrrupción total de la vida cotidiana, una mirada de lo más normativa, que supone que los actores hacen las cosas sólo porque le convienen, y que siempre tienen a mano la total libertad para darse cuenta de ello.


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