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Simpatía por los gigantes

7 03 2005 - 12:01

Goliat era casi ciego. Lo sostiene Vladimir Berginer, un catedrático de neurología de la Universidad Ben Gurion de Israel. Goliat era tan grande (medía 2,90 metros) a causa de una disfunción hormonal, que a su vez estaría asociada a la pérdida de la vista. David debe haberse dado cuenta. Goliat padecía de un trastorno de la pituitaria llamado acromegalia que puede provocar muchos (y serios) síntomas patológicos, desde hipertensión a diabetes, dilatación de los órganos e incluso la muerte, pero cuya característica más sobresaliente es la visión periférica defectuosa, más conocida como “visión de túnel”.

Según Berginer, David debe haberse acercado al filisteo por el costado, desde su punto ciego, sin ser visto. La acromegalia de Goliat resulta una revelación que vaya uno a saber en qué hubiera terminado si los israelíes de entonces la hubieran conocido.

Como muchos descubrimientos con los que los modernos ponen en tela de juicio el accionar antiguo, especialmente basándose en cuestiones médicas, es una estupidez. La última noticia es que el David de Miguel ángel tiene los órganos genitales pequeños porque está sufriendo de una contracción cuya causa sería la amenaza de un peligro mortal. Pero a la vez todo eso es útil para redimensionar a David y su supuesta valentía, llevando a ambos a su tamaño justo, inspirando más simpatía por el pobre Goliat. De todas las revisiones posibles la más razonable es ésta: una cierta simpatía por los gigantes.

David es el menor de ocho hermanos. Es un adolescente que “apacienta las ovejas de su padre en Beth-lehem”. Cuando Samuel busca al elegido y se encuentra frente a los hermanos de David, el señor le advierte: “No mires a su parecer ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová mira no lo que el hombre mira; pues que el hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas Jehová mira el corazón”. Cuando David, casi por casualidad, llega al campo de batalla, uno de sus hermanos se lo reprocha; su máxima preocupación es con quién dejó las pocas ovejas en el desierto. David era rubio, “de hermoso parecer y de bello aspecto”. Cuando apacentaba las ovejas de su padre y venía un león o un oso y tomaba uno del rebaño, David salía tras él, “y heríalo, y liberábale de su boca”. Y si se levantaba contra él, “le echaba mano a la quijada, y lo hería y mataba”. Si Dios lo había liberado de las garras del león y de las garras del oso, lo liberaría también de la mano de ese filisteo. David no puede caminar llevando la coraza y el almete de acero en la cabeza. Entonces se desnuda, toma el cayado de pastor, el zurrón que llevaba y la honda. Sólo la cota de malla de Goliat pesa 57 kilos. Goliat siente desprecio por él: era sólo un muchacho. Al mismo tiempo su presencia lo ofende: “¿Soy yo perro para que vengas a mí con palos?”, grita. David toma cinco piedras lisas del arroyo, pero con una le basta. Goliat cae, golpeado en plena frente.

Joseph Heller, en su novela Dios sabe, agrega un detalle genial: David, a medida que se acerca a Goliat, le habla. Como respuesta a sus palabras Goliat sólo se lleva la mano a la oreja y pregunta: “¿Qué?”. Goliat era sordo. A lo mejor era por eso que gritaba tanto.

Es la victoria del pequeño sobre el grande, de los paños ligeros y la honda sobre el armamento pesado, del coraje y la bendición divina sobre la fuerza bruta y blasfema. Es el modelo de todas las rebeliones concientes, del pequeño Vietnam sobre la superpotencia norteamericana, de la pequeña Chechenia sobre el coloso ruso, de las pequeñas patrias sobre el gigantismo de la globalización.

El mismo David, que es un muchacho fuerte y valeroso, perseguido sin fin por los celos furiosos de Saúl, se define a sí mismo (dos veces) como una pulga. Saúl envidia su valor guerrero y le teme a su astucia.

En el diagnóstico del catedrático, David es menos valiente más astuto. ¿Y la mala puntería de Saúl? Furioso, tres veces, en la habitación donde el jovencito tañía el arpa para él, le arroja una lanza para clavarlo a la pared, pero tres veces David esquiva el golpe. ¿Diremos que Saúl está enceguecido por la ira, o él también estaba afectado por alguna enfermedad ocular de próxima certificación?

A veces David es verdaderamente astuto, como ciertos héroes de las fábulas. Una vez él y sus secuaces se refugian en el fondo de una cueva en el desierto de En-Ghedi, y el rey Saúl entra justo en esa cueva para hacer sus necesidades. David se arrastra hasta él y le corta un pedazo del manto para demostrarle que lo tuvo en sus manos pero no quiso asesinarlo. Esto también pertenece al modelo: la audacia inteligente contra la fuerza obtusa. Pero no es la valentía de David lo que está en juego.

David y sus secuaces en el fondo de la cueva recuerdan a Ulises y sus doce compañeros en la cueva del cíclope. Se llama Polifemo, porque grita fuerte, como Goliat, y siembra el terror en el corazón de los griegos. Es cruel: agarra a dos compañeros de Ulises a la vez y los devora. Le pregunta a Ulises su nombre —Ninguno, responde éste— y le promete que se lo comerá en último lugar en señal de agradecimiento. Borracho, se queda dormido. Ulises y los suyos le trepanan el ojo con una “estaca oliveña aguzada en su punta” que había sido previamente puesta al fuego. Cuando los griegos sobrevivientes, que se ataron al vientre de “recios carneros de espesos vellones” para no ser vistos, escapan, queda sólo un carnero, el más fuerte del rebaño, aferrado a cuyas “lanas prodigiosas” está Ulises, Homero ridiculiza a Polifemo: “¿Cómo vas, mi carnero leal, de zaguero en la cueva? Antes nunca quedabas detrás de los otros; con mucho el primero pastabas la flor de la hierba reciente alargando el paso; el primero llegabas a orillas de los ríos; traíate el primero en la tarde al establo la querencia. ¡Tú último ahora! Quizá echas en falta la mirada del amo cegado por hombre perverso y su hueste maldita.”

Ahora es Ulises el que se venga. Lo enfrenta: “Si alguno tal vez de los hombres mortales te pregunta quién fue el que causó tu horrorosa ceguera, le contestarás que fue Ulises, aquel destructor de ciudades que nació en Laertes y en ítaca tiene su casa”. Borracho también, pero de victoria, Ulises ni siquiera cierra el pico con el fin de no exponer sus naves a las rocas lanzadas por el gigante furioso. Polifemo lo maldice, lo que le costará a Ulises hombres y naufragios.
“Un enano”, lo llama Polifemo, desesperado. Un adivino, Eurímida Télemo, le había anticipado todo esto, pero él sospechaba que vendría un “un varón corpulento y gallardo, dotado de ingente poder”, no “un hombrecillo sin fuerzas”, y encima griego. Polifemo siente que el destino es desleal: un pequeñín que hubiera podido aplastar entre el índice y el pulgar —una pulga— lo dejó ciego.

Polifemo es herido en el mismo punto donde va a dar la piedra lanzada por David. Tal vez Polifemo influenció en la revisión positivista y ocular de la derrota de Goliat. El destino de los gigantes es éste: quedarse ciegos (Sansón también murió ciego), ser sojuzgados y exhibidos como trofeos de caza mayor. Como los leones y los osos. El joven David, héroe predilecto de pintores y escultores, no impidió que muchos de ellos se autorretrataran en la gran cabeza degollada de Goliat, simpatizando con el gigante abatido y humillado.

En los libros de caballería los gigantes son esenciales. El “programa” de Don Quijote es, desde el mismísimo comienzo, acabar con algún gigante y obligarlo a que se postre de rodillas a los pie de Dulcinea. Los molinos de viento son gigantes de brazos descomunales. En un monstruo con cabeza de perro que aparece en el Primaleón —Pathagon— se inspiró Magallanes para llamar Patagón a un gigante que encontró en las playas de San Julián (no se sabe que Magallanes fuese afecto a la lectura de novelas de caballería, pero hay que tener presente que infinidad de gente sabe quién fue don Quijote sin haberlo leído). Lo llevaron a bordo con engaños, a él y a otros dos, y lo tuvieron prisionero —según cuenta Antonio Pigafetta— hasta que murieron. Rocky y el coloso ruso.

David era un muchacho de bello aspecto, y como si fuera poco Dios estaba de su lado. Goliat sólo se había dejado ver, durante cuarenta días, dos veces por día, y eso había bastado para aterrorizar con su desafío desmedido al ejército de Israel. Tal vez, además de ver poco, sufría de dolores de espalda. Después de haber caído se merecía un poco más de compasión. No era su culpa ser tan grande. Además, uno siempre termina siendo el Goliat de alguien.


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