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Estamos ordenando.
Mientras tanto:
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5 03 2005 - 20:22

1, por Esteban Schmidt
Buenas tardes. Murió Pappo y es la noticia de la que más se habla en Innsbruck, la confitería más tradicional de Pinamar. Un personaje fuerte Pappo que terminó siendo más famoso, que todo lo que hizo concientemente por llegar a serlo. Como se sabe, siempre hay una diferencia entre el goce esperado y el goce obtenido, estos nunca coinciden.
Tocaba bien la guitarra, y eso lo dijo hasta B.B. King. Será eso, seguramente, lo más importante.
Hoy, que toca velarlo y empezar a olvidarlo, pensaremos en él, más de lo que hemos pensado en él, en toda nuestra vida.
Les dejo mis recuerdos.
Me acuerdo de la película Ba Rock, la que dirigió Héctor Olivera en el ochenta y tres, creo, y que incluía las imágenes del festival que se hizo al aire libre en Obras. La cinta se complementaba con imágenes de la banda haciendo otra cosa. En esas imágenes que precedían a los temas que, de cada banda, fueron en la película (en la que también actuaban León Gieco, Orion, Los abuelos), los integrantes de Riff, miraban un motor, como si lo arreglaran, y Pappo que tenía una llave en la mano creo (la vi una sola vez hace 22 años) se da vuelta a cámara y echa un sonido gutural tipo “ehhjjjjjhrrrgg”. Algo así. Lo rodean, supongo, Vitico, Michel y Boff.
El tipo, que se sentaba al lado mío en el cine Moreno de Caballito, se mató de risa, y yo lo miré y después miré la pantalla y después lo volví a mirar al tipo. Cuando sos chico, hay gente que se ríe de cosas que no entendés. Bah, lo mismo que cuando sos grande. Sólo que antes te daba curiosidad saber porqué era así, y ahora, ese momento, resulta otra instancia del doloroso aprendizaje de saber que no somos todos iguales.
De todos modos, por más curiosidad que tuviera yo a esa edad, esta no podía con mis prejuicios y me caía mal. En esos años, yo estaba como sobrepolitizado y lo nadapolitizado me parecía una distracción para las masas. Cualquier música que no promoviera valores lo era, aunque entrenado como estaba en la musiquita changa changa que escuchaban las distintas chicas que nos cuidaron en casa cuando mis hermanos y yo eramos chicos, sí podía tolerar bien y tararear la música pegadiza, las baladas con estribillo, aun cuando no hablaran de política. Pero Pappo no…, eso me parecía un ruido infernal. A los diez años, yo escuchaba a Katunga, o sea que a los quince, podía escuchar a Los Abuelos, pero Pappo…
En algún otro momento, me enganché con el seudónimo Pappo, que me parecía precioso, mientras iba teniendo noticias de él, recitales en tal lado, a los que nunca fui, el día que le pegó a una periodista, a una mujer, en un viaje a Córdoba, a un festival.
Los prejuicios de alguna otra época me llevaron a considerarlo una persona censurable, y ya no por la falta de política, sino por su falta de familia. Alguien inconsistente para el matrimonio me parecía alguien fallado.
Más tarde, lo escuché con el Ruso Verea en la Heavy Rock and Pop y las personas, a través del ruso, se vuelven personajes literarios y eso coincidió con el tiempo en que todo se me volvió como un cuento, a veces con referente ficcional, a vecés con referente real, y Pappo cobró una nueva dimensión y nunca pasó que hiciera zapping al escucharlo por radio o por tevé o que no leyera los reportajes que le hicieran. Lo contrario de lo que me pasa con Kevin Johansen, que de tan macanudo, te saca cera en los oídos. Pappo tenía voz, un “yo digo”.
Años después, trabajé con el mismísimo Ruso y él me hizo descubrir la diferencia de Pappo con la guitarra y me enganchó con las baladas tipo “me sigue gustando el cabaret” o “sube a mi vuaturé, olvida los Mercedes Benz”.
Con la madurez, y la rebeldía de la madurez, Pappo se me naturalizó. Su condición de otro dejó de resultarme amenazante sin que eso se tradujera en indiferencia total. No me hubiera ido de vacaciones con él y él me hubiera dicho puto si yo frenaba con el amarillo. No estábamos a mano, estábamos a contramano.
Como nos suele pasar con mucha gente, la historia hasta ayer es que privadamente me caía bien pero, algo o mucho de lo que él representaba fue y es blanco de mi desprecio y de mi lucha, ahora que los cuentos son los cuentos y los dolores de muela, dolores de muela. Pappo era machista, violento y tenía ese culto privado y público a las motos y los autos, y al ruido de los caños de escape, que en lo único que me hace pensar es en un brutal desprecio por los demás. Los que hacen ruido primero piden perdón y siguen y después no piden más perdón, sólo siguen. Y niegan para siempre que otros no quieran escucharlos. No se puede hacer el mal sin olvidarse de los demás. Supongo que Pappo se olvidaba de los demás. Vivía un mundo impuntual, un mundo sin cinturón de seguridad, un mundo de “andá a la concha de tu hermana”, si no te gusta.
No me acuerdo mucho más, pero lo lamenté un montón anoche cuando vi la noticia urgente en la televisión.
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2, por Eduardo Hojman
Iba a escribir algo sobre la nieve en Barcelona. Tuvimos que esperar cuatro olas de frío para que por fin (ese “por fin” es clara señal delatora de alma de porteño para quien la nieve es algo exótico, puesto que a los locales les irrita bastante) cayera nieve en la ciudad. No llegó a cuajar en el gótico, pero bastaron diez minutos de tren hasta la estación Avenida Tibidabo, luego un lento autobús hasta el peu del funicular para encontrarnos, contentos como chicos, con todo nevado, con nieve pura y blanda para armar muñecos y pelotas de nieve. A mí la nieve me empelotuda.
Pero esta mañana, frío y todo, fui al Starbucks de la Vía Laietana. A pesar de que ir al Starbucks de Barcelona, con todos los cafés más bonitos y baratos que hay en la ciudad, es violar otro de mis autojuramentos, ahora es mi café favorito porque a) tiene todos los diarios b) está lleno de güiris (léase: extranjeros, gringos) que no leen los diarios y c) está prohibido fumar y por lo tanto se puede respirar. En el Starbucks solían pasar buen jazz, y la selección musical, que iba desde Miles Davis hasta Norah Jones (bueno, qué le vamos a hacer) se vende en un disco. Pero hoy, por alguna extraña razón, el tucumano que atiende escogió pasar Vivaldi y sus cuatro estaciones.
En ese entorno, con el sol entrando de lleno desde la Vía Laietana y protegido del frío por un gran ventanal, leí casualmente El País y me encontré con la historia de Pappo y la piña y la Harley Davidson.
Nunca me gustó la música de Pappo. Llegué más o menos tarde para Pappo’s Blues; tarde quiere decir que oí esos temas cuando ya habían pasado por el proceso que convierte a todo tema básico del rock nacional en canción de fogón. O sea: escuché “Desconfío” “El tren de la hora 16” y cosas así primero en fogones, después en el disco. Yo no tengo la sensibilidad necesaria para que me gusten esas cosas. Pappo jamás me pareció interesante; sus letras me resultaban banales o directamente estúpidas; su música, básica y olvidable. Cantaba mal; tampoco me impresionaba como guitarrista. El título oficial de “amigo de B. B. King” le fue conferido cuando King era un viejo decadente cuyos shows eran una grasada que parecía pensada para turistas de las vegas. Precisamente en uno de esos shows, en el Gran Rex, creo, abrió Pappo. Retrospectivamente, aquella noche Pappo salvó las papas, porque B. B. King se la pasó boludeando y repartiendo guitarritas de plástico. Pero aún así.
Si Pappo’s Blues tenía cosas rescatables, Riff, con su banda de mundo nuevo y Vitico y esas cosas, me parecía directamente insoportable. A esa altura yo ya había abjurado del rock argentino en general.
En 1990-1 yo era uno de los conductores de dos programas de radio en La Metro, la FM Municipal: 70 Monos y Después de hora. Un día hicimos una fiesta con los oyentes en el Bar Crónico y cuando Diego Manesevich –el otro conductor— y yo entramos en el bar, ahí estaba Pappo, con dos mujeres que escapan a toda descripción. Las mujeres entraban y salían del bar y, desde una camioneta estacionada frente al Crónico (Honduras y Serrano), bajaban damajuanas de vino pasándoselas como los obreros se pasan las pilas de ladrillos. Las damajuanas iban a parar debajo de la mesa de Pappo. Encima, había cuatro cafés.
Diego y yo nos acercamos a preguntarle si estaría dispuesto a que lo entrevistáramos para la radio. “No sé, pibe”, dijo con muy mala onda. “Hablá con mi representante”.
Nunca me cayó bien Pappo.
Más tarde el bar se empezó a llenar de gente y Diego y yo subimos al escenario. La gente nos aplaudía (fueron nuestros 15 minutos warholianos). También subieron dos mujeres, la telefonista y la productora de los programas. Una de las chicas de Pappo nos dijo, desde la mesa, que Pappo quería subir. Lo invitamos oficialmente al escenario y Pappo me miró y me dijo: “¿Qué digo, flaco?”. “No sé, lo que vos quieras”.
Entonces Pappo hizo subir a las chicas de él, las abrazó, y dijo: “Yo también tengo minas”. Ovación generalizada.
Poco más tarde, en un casamiento, yo estaba hablando con un músico, cuando se acercó Pappo y me dijo: “Pibe, ¿te vas un rato? Tengo que hablar yo con él”.
Creo que lo único que me divirtió de Pappo fue cuando en una revista habló de su participación en uno de esos ridículos conciertos por la paz o algo así que organizaba Piero y su banda de impresentables, todos vestidos de blanco. Después de dar algunas excusas que ni él mismo creía, Pappo dijo que lo había hecho para poder tocarle el culo a Marilina Ross.
Sin embargo, en el bar de la Vía Laietana, leyendo la necrológica bastante bien hecha de El País, mientras el sol derrite la poca nieve que quedaba en el Tibidabo y las catalanas corren abrigadas por las prendas que pudieron obtener en las rebajas de Zara, mientras –un poco demasiado— apropiadamente suena Vivaldi en vez de jazz por los parlantes del Starbucks, me sentí inundado por algo parecido a la tristeza. Algún día pensaré en aquel texto de Cortázar donde, según recuerdo, uno iba dándose cuenta de que envejecía por las muertes de esas personas que, para bien o mal, marcaron algún momento, establecieron con uno alguna extraña relación de contemporaneidad. Aunque no sé si es por eso.
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Del mismo autor:
7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
4. Siesta
3. Almuerzo
2. Matutinas
1. Residuo Nocturno
Al-Fon-Sín
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