dailies
comments?
tp-skypeline
el podcast
the south downs
————————
————————
algunos hititos:
- los farewell rants
- elecciones 2005
- ibarra destitutio
- q vs. joven guardia
- chino básico
- fútbol por tv
- bafici 2006
- el mundial 2006, según q y hernanii
Esteban Schmidt
25 February 2005, 13:46

I. La manzana de Rockefeller.
Una de las pocas enseñanzas que me dio abuela Antonia cuando era chico y que deseché como mandamiento tenía que ver con la fortuna de los Rockefeller. Su hermano Basilio, mi tío abuelo, la refrendaba, aunque con vacilaciones, con la moral de quien ayuda a la educación no formal de un chico. Y esa moral es pura mistificación que requiere de más mistificaciones grandes y chicas para que rinda.
La enseñanza fue impartida cuando yo tenía algo así como diez años y en Buenos Aires, edad y lugar donde uno, además de saberlo, puede preguntarse por qué mi compañero de banco tiene una casa quinta y nosotros no, má.
Antonia, la mamá de má, que fue pensionada todo el tiempo que la conocí —unos 23 años-— y tejía para entretenerse mirando la televisión, decía que un niño llamado Rockefeller, un día, pasó por una frutería y pidió al frutero que le regalara una manzana medio podrida. El frutero se la dio y el niño comenzó a darle aliento y a frotarla, para que renazca. Pasó luego por otra frutería y le propuso al frutero canjearle esta manzana que estaba, al menos mejorada, por dos malas, a lo que el frutero accedió y luego las limpió, las frotó y las volvió a cambiar por cuatro malas. Este cuentito seguía indefinidamente. No sé que a edad se aprende la regla de tres, pero mientras iba creciendo y recordaba la historia, no entraban las manzanas en los diagramas de Venn, ni las fruterías, ni los fruteros macanudos, ni las buenas cosechas, ni los años, ni el aliento de diez mil niños sobre cien mil manzanas para que esa familia tuviera guita hasta para poner supermercados en la Argentina. Evoqué el cuento de la fortuna de los Rocke, una de estas tardecitas frente al mar, al sur de Villa Gesell en Mar Azul, a propósito del folletín de la quincena, el caso Southern Winds.
“¡Mirá que leí notas sobre Juan Maggio!”, me dije. ¡El enterpreneur! El tipo que con unos mangos que le prestaron se compró un avioncito y después alquiló otro avioncito, y después, hizo unos vuelitos a Río Cuarto, ¡que nadie hacía! y se pudo comprar más avioncitos y alquilar otros. En fin, el tipo fue respetable durante diez años, un orgullo familiar seguramente, debe haber enganchado minas como loco con el papelito del dueño de aerolínea. Ahora sabemos que no era él, que nunca fue él, que los dueños son/están en off. En cuanto al caso en particular, podemos pronosticar que si el tema es serio, habrá un muerto dentro de poco y si no es serio, no. En cualquiera de los dos casos, no hay o no habrá aprendizaje para nadie, excepto para los traficantes; será parte de su educación no formal, su anecdotario ilustrativo. “Que no nos pase como aquella vez que quedaron boyando cuatro valijas en la cinta transportadora de Barajas porque el boludo que las tenía que buscar se quedó en el hidromasaje”.
Como siempre, además, podremos seguir los diarios, y ver quién es el que se encarga de hablar en nombre de la embajada, quién defiende a Julio de Vido, quién se quiere cargar a Pampuro pero, a esta altura, seguir eso en detalle es un plomazo y nos deja como el público del circo. Es mejor tirarle piedritas a las carpas o, si se puede y uno ahorra, comprarse un avioncito y fumigar a los payasos.
Y de qué se habla en Mar Azul.
Se hablan boludeces, natural. Mucha pareja de treinta, mucha familia mínima con un solo hijo. No es lugar de enganche para nadie, ni para pendejos, ni para pensionados, ni para Maggio siquiera. La gente hace asado, se aburre, lee a Felipe Pigna y tararea la canción de Attaque 77, “Arrancorazones”, que es pegadiza como un chicle Bazooka pegado en el asfalto caliente en verano y pisado por unas zapatillas Flecha. Creo que en una semana, alguien sensible mata a Ciro Pertusi.
En Mar Azul, cuya calle principal se llama Mar del Plata, la gente va a la playa y pone la sombrilla contra el viento y no contra el sol. Mar azul está pegado a Mar de las Pampas, que está pegado a Villa Gesell. El lugar común de Mar de las Pampas es “acá no hay mercadito”, como que parte de la frescura del lugar es que no hay carnicería, ni papas sucias en un canasto y, entonces, los víveres hay que comprarlos en Gesell o en Mar Azul pero, en Mar Azul, que hay tres mercaditos, no hay librería que sí hay en Mar de las Pampas donde también hay una vinoteca. Bueh, en Mar de las Pampas también hay un Havanna donde el café sale tres pesos, contra dos 2,20 que sale en un Havanna de Gesell o de Buenos Aires. “Pasa que éste es categoría A”, me explicó la moza que me atendió y me trajo dos galletas de limón con el café negro. “El de Cariló es categoría A, también”. Cuando le quise pagar, una moneda de un peso se me cayó por entre las maderitas del deck donde apoyan las mesas y las sillas y esa moneda se fue abajo donde “no se puede llegar”. En Mar de las Pampas y en Mar Azul no existen los pisos, existen los decks de maderitas. Si hubiera un cementerio, no dudo que te entierran bajo un deck.
El café, entonces, me salió cuatro pesos y le dejé cincuenta centavos a la moza. Después pedí en el mostrador un alfajor fuera de forma para empezar la rutina Rockefeller y dejar de sufrir por cada peso que pierdo en Mar de las Pampas pero me fue negado. Se me dijo que tenía que autorizarlo el gerente porque había un stock sobre el que debía responder. Por lo que tendré que seguir laburando como hasta ahora. Como hizo Juan Navarro del Exxel Group, todavía dueño de Havanna, que se compró un ternerito flaco y con caries cuando era chico y luego vio como se incrementaba su patrimonio. Dado que la onda con el sw gate viene de desmitificación momentánea, permítaseme aprovechar la ocasión de preguntarme sobre Agulla y Bacceti, ¡esos dos genios!. Que alguien pida una visita guiada a la sede de la agencia. Y hagan sumas, restas, divisiones, multiplicaciones, exageren ganancias, exagérenlas mal, exageren la hipótesis del negreo, el ejército de pasantes, exageren para arriba y para abajo. Y le pago un mes de café en cualquier Havanna A, a quien me pruebe que el capitalismo, la oferta y la demanda y el inmenso talento y creatividad de estos dos muchachones permitió levantar ese edificio, que queda a la vuelta de la cancha de Excursionistas (donde tocó Callejeros en noviembre, como para mezclar todo) donde las paredes se mueven con control remoto, y células fotoeléctricas detectan la caída de un pelo.
Bueh, pero acá en Mar Azul, Agulla y Bacceti son el horizonte conceptual, no un frontón casual y la gente, como es de esperar, habla de cosas personales, asuntitos privados. Las parejitas hablan de sí mismas, “me dijiste, no me dijiste”, “te acordás, no te acordás”. Los que son padres les enseñan palabras a sus monohijos y los mamis y papis compiten un poco por quién les da la enseñanza más inteligentemente emotiva. Puede ser que les cuenten sobre el ciclo de la naturaleza y aprovechen el veraneo y que ven animalitos, para decirles que “igual que ese caballito que vimos en la ruta, las personas un día no están más” o les hablen, siempre alterando la forma normal de expresarse, sobre el ruido de los motores, el sentido del gusto o el olfato (una madre dijo a su nena: sabe a frutilla) o les repitan el nombre de otros nenes con quienes bien podrían jugar. “Mirá ahí está Ayelén. ¡Ah! y Jerónimo”. Siempre indiecitos rubios por esta zona. Tenemos Aimés y Nahueles jugueteando en “la sorbetería”. Pobre país. Muchachos, si conquistamos América, la conquistamos. Punto, a otro tema. Si no, devolvemos las hectáreas. Quedarse con los nombres de los tipos a los que afanaron tus antepasados es feíto. O es raro. Yo, Esteban, me sigo inclinando por los nombres de los santos o nombres de la naturaleza (que, hay que decirlo, siempre suenan mejor en inglés) tipo River o Rain. Maggio se llama Juan, por ejemplo. Igual que Navarro.
Y de que más se habla en Mar Azul. El dueño de la cabaña que alquilamos con mi novia aquí habla de su exitazo. Armó catorce cabañas con todo, hasta con dvd y con hidromasaje para perder el avión. Llenó toda la temporada. Estimo, yo, su facturación en 180.000 pesos de diciembre a marzo. Su actividad paralela, y con la que ahorró para hacer las cabañas frente al mar es una pyme metalúrgica que queda en Haedo. Es un entrepreneur de sesenta años y se llama Nicolás, que es otro santo.
Ya volveremos sobre las cabañas y los aparts y los resorts y las casitas alpinas a dos aguas, bien en ángulo para que no se acumule las nevadas jodidas que se dan en esta zona, que tenemos por aquí. Volveremos.
[page]

II. Cartelitos en la ruta.
Villa Gesell es otra onda. Hay menos decks pero tenés que esquivar escupidas por la calle, por lo que el perfil vacacional agreste, de caminar en patas con La Nación, el Clarín y el Página, ¡o un libro!, bajo el brazo un domingo, como si esto no fuera África, sufre la señal de ajuste de las zapatillas, los cinturones y las navajas, después de la medianoche. Ya nos los dice el cartel que te recibe en la villa: “Gesell, El sueño posible”.
Un dramón el texto, todavía me duele leerlo, y llevo ocho días interpretándolo, sacándomelo de encima. Tiene muy el tonito de los cartelitos políticos de los ochenta que eran como una corrección de los cartelitos de los setenta. (Esto es medio largo y no es para mí, pero si en los setenta era “te vamos a matar”, en los ochenta era “ey, ¿no crees que todos debemos poder elegir si jugar al quemado o no?”). Bueh, no es exactamente así. Me quiero referir a una poetización de las cosas. Algo como “no digo”, “hago que digo”. “El sueño posible” es “hago que digo”. Pero, ¿qué digo? No digo nada pero alguien puede creer que digo. Digo “sueño”, que queda bien, como de mina, como de psicólogo. Digo “posible”, que suena “no estamos locos”, “usamos el balero”. Esto se llama ahora “perfil de gestión”.
Luis Baldo, intendente de Gesell, hace que dice y nos abruma con una poetización del hecho burocrático de administrar una ciudad, Gesell, que, no es para tanto ¡y nunca lo fue!. Ya no queda arena en las playas, eliminaron la calle pegada al mar y, la avenida tres, si la tiene que definir un extraterrestre, diría que es una larga excusa, con algunas curvas, para tener hilados videojuegos, parrillas, casas de artículos playeros y locutorios. ¿Hacía falta lo del sueño posible? Baldo es punto de Freddy Storani, entonces por ahí, sí.
Que se yo, punto de Freddy durante cinco años en los ochenta, vaya y pase. ¿Pero en el 2005? Es un poco fuerte.
Decía que Gesell es otra onda. Los piben son pobres, no como en Mar de las pampas o en Mar azul, que quedan pegados, a veinte cuadras. A las seis de la mañana los pibes pobres están borrachos por las playas intentando ver el amanecer, porque después de tomar destornilladores de tres pesos, no sé qué catzo ven. Jugo de naranja y vodka, ¿por tres pesos? Ha de ser el vodka posible. Destilado en un alambique de Dolores por un tipo al que le dicen el ruso pero porque se llama Cohen.
Los adultos, al menos a los que se ve sueltos, se pierden en los bingos. Las minas en el mismísimo salón de bingo, y los tipos en los tragamonedas o en la ruleta electrónica. El panorama ahí dentro es reposible. El miércoles a la noche, después de comer con Florencia, mi novia y con mi amigo Nicolás, nos metimos en uno de los Bingos, donde me pidieron en el ingreso que me saque la gorra Wilson verde que llevo y me distingue y me hace más guapo y más joven. Acaté, porque no discuto contradicciones secundarias y nos sentamos, en primer lugar, en el salón donde son mayoría las maestras jubiladas. Un peso el cartón y dios santo levantamos la vista y leímos (y la piba que canta lo dijo en el mismo momento) que la línea pagaba cuatro pesos. Y el bingo (acertar todos los numeritos del cartón) pagaba treinta. Era medianoche, y la luz del lugar y el murmullo y la humedad y el olor a faso, me recordaba esos gimnasios del interior, de Catamarca o Neuquén donde vi hacerse velatorios para las multitudes, velatorios políticos.
Jugamos tres cartoncitos cada uno, sin éxito, sin ganar cuatro pesos y fuimos a la ruleta. La ruleta electrónica es una rueda de hombres solos y grandes y que se clavan fernets. El croupier es un tipo que aprieta enter y vos, si te sentás a jugar, manejás una palanquita como la del pac man. Como soy el más grande de los tres, me senté en representación, aunque jugando los números de mi novia y de mi amigo. Yo solo juego al 23 porque una vez metí un pleno en un casino de Corrientes y, desde entonces, nunca nada, pero como es mi día de cumpleaños es una forma de apostar por mí. Arrancamos con cuarenta pesos y cuando quedamos en dieciseis, comenzamos a jugar a color y Florencia dijo: “negro, negro, rojo, negro” y nos pusimos al toque en ochenta pesos. Yo no vi el crecimiento espectacular, me lo contaron, porque me había ido a buscar JBs para Nico y para mí. Cuando vi el numerito dije: “nos vamos”. Esa cifra pagaba la cena, las apuestas y los whiskies y quedaba un poquito más. Volvimos, entonces, a liquidar los vasos al salón de bingo donde la línea pagaba tres pesos, a la una de la mañana. El olor a faso, más y más denso, cruzado con la humedad y las cien bombachas tristes bajo las mesas nos expulsó después de dos jugadas. Conteniendo la respiración (bah, tratando) me entretuve viendo pasar un enorme trofeo que las pibas que venden los cartones hacen circular de mesa en mesa y se apoya a la derecha de quien gana una línea para tener caliente a la gente y que sean, por un ratito, campeones de la línea de cuatro o de tres pesos. Después jugué en los tragamonedas. Pero esas máquinas son frustrantes, las bananitas son miles pero no se ponen de acuerdo, los duraznos, turros, conocidos hijos de puta, y las frutillas, como en las ensaladas de frutas que comen los pobres, vienen de a una por pote.
Ahora sí hablamos de pobreza, dios santo, el mar.
Seis y media de la mañana. 105 y playa. 18 grados, los pibes destornillados jugando a “¡quién se muere primero!” y una piba en brote histérico sacándose el corpiño en algo que sería sexy si no te morís de pena antes. En el plan “como si esto no fuera África” había propuesto ir a pescar embarcados. Una caña para cada uno con dos anzuelos y nos metimos dos kilómetros para adentro. Para abajo estaba profundo como ocho metros, según la estimación del capitán del gomón que, además, es bañero de la playa de la 105. Sacamos un congrio, que parece una víbora gorda, y cuatro corvinas. Un desastre. Ojo, si tirás la línea desde la costa es un suceso, pero en el medio de la mar… Loco, no queda un pez ahí abajo. Se los llevaron los coreanos. Fueron tres horas, ocho anzuelos, un guía experimentado cuyo negocio es que pesquemos, ocho metros de profundidad. Dolor país. Dolor mar. Dolor corvina.
Esa noche hice chupín con los pescados. Tomate. Morrón, cebolla, vino blanco. En fin, me queda mucho por aprender en la cocina en relación a los pescados pero te dejan tanto olor en los dedos que dentro de unos años, cuando lo intente de nuevo, habré olvidado que me faltó algo más de sal, de ajo y alguna especia. Los olores son un gran quilombo. Cuando creías haber dejado atrás los ascos de la infancia, estos se reactualizan cada vez que cruzás la frontera social. De Belgrano a Flores o de José Ignacio a Montevideo. Ojo, no lo digo por los pescados que a lo mejor se mezclan con alguna cosa sexual pero, bueh, me hizo acordar.
De regreso a Mar de las Pampas se lee otro cartelito municipal, pero como escrito a mano (pero no escrito a mano) sobre maderitas y son como honguitos en el suelo, como los mojones que cuentan los kilómetros. Dice el cartelito: “estamos caminando”. Uhhhhhhh. Están caminando, la concha de su madre. Los señoritos están caminando. Sus hijitos están caminando. Sus suegras están caminando, sus camionetitas también están caminando. ¡La concha de su madre!
[page]

III. Daily Prode.
Un día los argentinos nos vamos a poner de acuerdo y todas las parrillas se van a construir con braseros. El sereno del apart donde resido en Pinamar me quiso ayudar anoche con el fuego. No hacía falta pero insistió, no tanto con las palabras sino con la actitud. No dijo: “te ayudo”. Dijo: “ah, asado”, “¿vas a hacer el fuego?”, “¿en el quincho?”, “hacelo en la parrilla grande”, “¿tenés carbón?”. Es un hombre sereno y flaco, de bigote negro mezclado con blanco y pelo peinado para atrás, lacio y blanco mezclado con negro. Tiene un principio de Parkinson. Todas las noches cuando alguien estaciona el auto trata de detectar rápido, por la forma de bajar del coche, de echar pie a tierra, de mirar las casas, por la mínima familiaridad que muestran con el lugar, si se trata o no de clientes nuevos, los que entraron ese día, cuando él dormía, de modo de ser gentil sin que por ello se transgreda la seguridad por la que vela, por la que le pagan y que es su afán, lo haya buscado o no.
Quiso hacer el fuego y lo dejé. Me siguió con mis bolsas del supermercado mientras Skippy, el perro oficial del apart, nos seguía a los dos, mudo y triste, vaya uno a saber por qué. Debajo de la parrilla, sacó el sereno las maderitas de los cajones de fruta y pedazos de diarios fechados en enero. Enérgicamente, comenzó a mezclar los clasificados con las maderitas y enseguida prendió un papel con un fósforo y, con ese papel, prendió todos los demás. Me pidió los carbones y arriba de la montañita de papel y madera fue poniendo, con las manos, los carbones, de a uno, y ahí estaba el Parkinson, ese temblor de locos, aunque no tengas miedo.
“Cuando se caigan las brasas, acomodalas con la pala debajo de la parrilla y poné la carne”, me dijo amablemente.
—Gracias, señor. ¿Cómo es su nombre?
—Jorge, soy.
—Gracias, Jorge.
Y se volvió hacia donde tiene que mirar para la calle De la Liza. Skippy se quedó conmigo al lado del fuego y yo que no acaricio perros, lo acaricié.
¡Qué lindo!, como decía Luis Cardei, a cuento de cualquier cosa antes de empezar a cantar.
Bueno, veamos las noticias y hagamos un prode. Local somos los buenos, visitante son los malos. Y eso será por hoy.
Y todo lo demás, un empate largo y tedioso.
A demain.
[page]

IV. Sobre Pappo.
Buenas tardes. Murió Pappo y es la noticia de la que más se habla en Innsbruck, la confitería más tradicional de Pinamar. Un personaje fuerte Pappo que terminó siendo más famoso, que todo lo que hizo concientemente por llegar a serlo. Como se sabe, siempre hay una diferencia entre el goce esperado y el goce obtenido, estos nunca coinciden.
Tocaba bien la guitarra, y eso lo dijo hasta B.B. King. Será eso, seguramente, lo más importante.
Hoy, que toca velarlo y empezar a olvidarlo, pensaremos en él, más de lo que hemos pensado en él, en toda nuestra vida.
Les dejo mis recuerdos.
Me acuerdo de la película Ba Rock, la que dirigió Héctor Olivera en el ochenta y tres, creo, y que incluía las imágenes del festival que se hizo al aire libre en Obras. La cinta se complementaba con imágenes de la banda haciendo otra cosa. En esas imágenes que precedían a los temas que, de cada banda, fueron en la película (en la que también actuaban León Gieco, Orion, Los abuelos), los integrantes de Riff, miraban un motor, como si lo arreglaran, y Pappo que tenía una llave en la mano creo (la vi una sola vez hace 22 años) se da vuelta a cámara y echa un sonido gutural tipo “ehhjjjjjhrrrgg”. Algo así. Lo rodean, supongo, Vitico, Michel y Boff.
El tipo, que se sentaba al lado mío en el cine Moreno de Caballito, se mató de risa, y yo lo miré y después miré la pantalla y después lo volví a mirar al tipo. Cuando sos chico, hay gente que se ríe de cosas que no entendés. Bah, lo mismo que cuando sos grande. Sólo que antes te daba curiosidad saber porqué era así, y ahora, ese momento, resulta otra instancia del doloroso aprendizaje de saber que no somos todos iguales.
De todos modos, por más curiosidad que tuviera yo a esa edad, esta no podía con mis prejuicios y me caía mal. En esos años, yo estaba como sobrepolitizado y lo nadapolitizado me parecía una distracción para las masas. Cualquier música que no promoviera valores lo era, aunque entrenado como estaba en la musiquita changa changa que escuchaban las distintas chicas que nos cuidaron en casa cuando mis hermanos y yo eramos chicos, sí podía tolerar bien y tararear la música pegadiza, las baladas con estribillo, aun cuando no hablaran de política. Pero Pappo no…, eso me parecía un ruido infernal. A los diez años, yo escuchaba a Katunga, o sea que a los quince, podía escuchar a Los Abuelos, pero Pappo…
En algún otro momento, me enganché con el seudónimo Pappo, que me parecía precioso, mientras iba teniendo noticias de él, recitales en tal lado, a los que nunca fui, el día que le pegó a una periodista, a una mujer, en un viaje a Córdoba, a un festival.
Los prejuicios de alguna otra época me llevaron a considerarlo una persona censurable, y ya no por la falta de política, sino por su falta de familia. Alguien inconsistente para el matrimonio me parecía alguien fallado.
Más tarde, lo escuché con el Ruso Verea en la Heavy Rock and Pop y las personas, a través del ruso, se vuelven personajes literarios y eso coincidió con el tiempo en que todo se me volvió como un cuento, a veces con referente ficcional, a vecés con referente real, y Pappo cobró una nueva dimensión y nunca pasó que hiciera zapping al escucharlo por radio o por tevé o que no leyera los reportajes que le hicieran. Lo contrario de lo que me pasa con Kevin Johansen, que de tan macanudo, te saca cera en los oídos. Pappo tenía voz, un “yo digo”.
Años después, trabajé con el mismísimo Ruso y él me hizo descubrir la diferencia de Pappo con la guitarra y me enganchó con las baladas tipo “me sigue gustando el cabaret” o “sube a mi vuaturé, olvida los Mercedes Benz”.
Con la madurez, y la rebeldía de la madurez, Pappo se me naturalizó. Su condición de otro dejó de resultarme amenazante sin que eso se tradujera en indiferencia total. No me hubiera ido de vacaciones con él y él me hubiera dicho puto si yo frenaba con el amarillo. No estábamos a mano, estábamos a contramano.
Como nos suele pasar con mucha gente, la historia hasta ayer es que privadamente me caía bien pero, algo o mucho de lo que él representaba fue y es blanco de mi desprecio y de mi lucha, ahora que los cuentos son los cuentos y los dolores de muela, dolores de muela. Pappo era machista, violento y tenía ese culto privado y público a las motos y los autos, y al ruido de los caños de escape, que en lo único que me hace pensar es en un brutal desprecio por los demás. Los que hacen ruido primero piden perdón y siguen y después no piden más perdón, sólo siguen. Y niegan para siempre que otros no quieran escucharlos. No se puede hacer el mal sin olvidarse de los demás. Supongo que Pappo se olvidaba de los demás. Vivía un mundo impuntual, un mundo sin cinturón de seguridad, un mundo de “andá a la concha de tu hermana”, si no te gusta.
No me acuerdo mucho más, pero lo lamenté un montón anoche cuando vi la noticia urgente en la televisión.
————————————
Del mismo autor:
La Familia Bilial
Sans camoufler
Corto
Diario del Bafici # 3.5
Diario del Bafici # 0.75
La estela que dejó Aníbal
El Chivo Necesario
Ni con un corazón de fantasia
Meteorología
"Most of them", said the VP