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Esteban Schmidt
25 February 2005, 12:37

Buenas tardes. Murió Pappo y es la noticia de la que más se habla en Innsbruck, la confitería más tradicional de Pinamar. Un personaje fuerte, Pappo, que terminó siendo más famoso que todo lo que hizo concientemente por llegar a serlo. Como se sabe, siempre hay una diferencia entre el goce esperado y el goce obtenido, estos nunca coinciden.

Tocaba bien la guitarra, y eso lo dijo hasta B.B. King. Será eso, seguramente, lo más importante.

Hoy, que toca velarlo y empezar a olvidarlo, pensaremos en él, más de lo que hemos pensado en él, en toda nuestra vida.

Les dejo mis recuerdos.

Me acuerdo de la película Ba Rock, la que dirigió Héctor Olivera en el ochenta y tres, creo, y que incluía las imágenes del festival que se hizo al aire libre en Obras. La cinta se complementaba con imágenes de la banda haciendo otra cosa. En esas imágenes que precedían a los temas que, de cada banda, fueron en la película (en la que también actuaban León Gieco, Orion, Los abuelos), los integrantes de Riff, miraban un motor, como si lo arreglaran, y Pappo que tenía una llave en la mano creo (la vi una sola vez hace 22 años) se da vuelta a cámara y echa un sonido gutural tipo “ehhjjjjjhrrrgg”. Algo así. Lo rodean, supongo, Vitico, Michel y Boff.
El tipo, que se sentaba al lado mío en el cine Moreno de Caballito, se mató de risa, y yo lo miré y después miré la pantalla y después lo volví a mirar al tipo. Cuando sos chico, hay gente que se ríe de cosas que no entendés. Bah, lo mismo que cuando sos grande. Sólo que antes te daba curiosidad saber porqué era así, y ahora, ese momento, resulta otra instancia del doloroso aprendizaje de saber que no somos todos iguales.

De todos modos, por más curiosidad que tuviera yo a esa edad, esta no podía con mis prejuicios y me caía mal. En esos años, yo estaba como sobrepolitizado y lo nadapolitizado me parecía una distracción para las masas. Cualquier música que no promoviera valores lo era, aunque entrenado como estaba en la musiquita changa changa que escuchaban las distintas chicas que nos cuidaron en casa cuando mis hermanos y yo eramos chicos, sí podía tolerar bien y tararear la música pegadiza, las baladas con estribillo, aun cuando no hablaran de política. Pero Pappo no…, eso me parecía un ruido infernal. A los diez años, yo escuchaba a Katunga, o sea que a los quince, podía escuchar a Los Abuelos, pero Pappo…

En algún otro momento, me enganché con el seudónimo Pappo, que me parecía precioso, mientras iba teniendo noticias de él, recitales en tal lado, a los que nunca fui, el día que le pegó a una periodista, a una mujer, en un viaje a Córdoba, a un festival.

Los prejuicios de alguna otra época me llevaron a considerarlo una persona censurable, y ya no por la falta de política, sino por su falta de familia. Alguien inconsistente para el matrimonio me parecía alguien fallado.
Más tarde, lo escuché con el Ruso Verea en la Heavy Rock and Pop y las personas, a través del ruso, se vuelven personajes literarios y eso coincidió con el tiempo en que todo se me volvió como un cuento, a veces con referente ficcional, a vecés con referente real, y Pappo cobró una nueva dimensión y nunca pasó que hiciera zapping al escucharlo por radio o por tevé o que no leyera los reportajes que le hicieran. Lo contrario de lo que me pasa con Kevin Johansen, que de tan macanudo, te saca cera en los oídos. Pappo tenía voz, un “yo digo”.

Años después, trabajé con el mismísimo Ruso y él me hizo descubrir la diferencia de Pappo con la guitarra y me enganchó con las baladas tipo “me sigue gustando el cabaret” o “sube a mi vuaturé, olvida los Mercedes Benz”.

Con la madurez, y la rebeldía de la madurez, Pappo se me naturalizó. Su condición de otro dejó de resultarme amenazante sin que eso se tradujera en indiferencia total. No me hubiera ido de vacaciones con él y él me hubiera dicho puto si yo frenaba con el amarillo. No estábamos a mano, estábamos a contramano.

Como nos suele pasar con mucha gente, la historia hasta ayer es que privadamente me caía bien pero, algo o mucho de lo que él representaba fue y es blanco de mi desprecio y de mi lucha, ahora que los cuentos son los cuentos y los dolores de muela, dolores de muela. Pappo era machista, violento y tenía ese culto privado y público a las motos y los autos, y al ruido de los caños de escape, que en lo único que me hace pensar es en un brutal desprecio por los demás. Los que hacen ruido primero piden perdón y siguen y después no piden más perdón, sólo siguen. Y niegan para siempre que otros no quieran escucharlos. No se puede hacer el mal sin olvidarse de los demás. Supongo que Pappo se olvidaba de los demás. Vivía un mundo impuntual, un mundo sin cinturón de seguridad, un mundo de “andá a la concha de tu hermana”, si no te gusta.

No me acuerdo mucho más, pero lo lamenté un montón anoche cuando vi la noticia urgente en la televisión.


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