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Esteban Schmidt
22 February 2005, 11:27
Villa Gesell es otra onda. Hay menos decks pero tenés que esquivar escupidas por la calle, por lo que el perfil vacacional agreste, de caminar en patas con La Nación, el Clarín y el Página, ¡o un libro!, bajo el brazo un domingo, como si esto no fuera África, sufre la señal de ajuste de las zapatillas, los cinturones y las navajas, después de la medianoche. Ya nos los dice el cartel que te recibe en la villa: “Gesell, El sueño posible”.
Un dramón el texto, todavía me duele leerlo, y llevo ocho días interpretándolo, sacándomelo de encima. Tiene muy el tonito de los cartelitos políticos de los ochenta que eran como una corrección de los cartelitos de los setenta. (Esto es medio largo y no es para mí, pero si en los setenta era “te vamos a matar”, en los ochenta era “ey, ¿no crees que todos debemos poder elegir si jugar al quemado o no?”). Bueh, no es exactamente así. Me quiero referir a una poetización de las cosas. Algo como “no digo”, “hago que digo”. “El sueño posible” es “hago que digo”. Pero, ¿qué digo? No digo nada pero alguien puede creer que digo. Digo “sueño”, que queda bien, como de mina, como de psicólogo. Digo “posible”, que suena “no estamos locos”, “usamos el balero”. Esto se llama ahora “perfil de gestión”.
Luis Baldo, intendente de Gesell, hace que dice y nos abruma con una poetización del hecho burocrático de administrar una ciudad, Gesell, que, no es para tanto ¡y nunca lo fue!. Ya no queda arena en las playas, eliminaron la calle pegada al mar y, la avenida tres, si la tiene que definir un extraterrestre, diría que es una larga excusa, con algunas curvas, para tener hilados videojuegos, parrillas, casas de artículos playeros y locutorios. ¿Hacía falta lo del sueño posible? Baldo es punto de Freddy Storani, entonces por ahí, sí.
Que se yo, punto de Freddy durante cinco años en los ochenta, vaya y pase. ¿Pero en el 2005? Es un poco fuerte.
Decía que Gesell es otra onda. Los piben son pobres, no como en Mar de las pampas o en Mar azul, que quedan pegados, a veinte cuadras. A las seis de la mañana los pibes pobres están borrachos por las playas intentando ver el amanecer, porque después de tomar destornilladores de tres pesos, no sé qué catzo ven. Jugo de naranja y vodka, ¿por tres pesos? Ha de ser el vodka posible. Destilado en un alambique de Dolores por un tipo al que le dicen el ruso pero porque se llama Cohen.
Los adultos, al menos a los que se ve sueltos, se pierden en los bingos. Las minas en el mismísimo salón de bingo, y los tipos en los tragamonedas o en la ruleta electrónica. El panorama ahí dentro es reposible. El miércoles a la noche, después de comer con Florencia, mi novia y con mi amigo Nicolás, nos metimos en uno de los Bingos, donde me pidieron en el ingreso que me saque la gorra Wilson verde que llevo y me distingue y me hace más guapo y más joven. Acaté, porque no discuto contradicciones secundarias y nos sentamos, en primer lugar, en el salón donde son mayoría las maestras jubiladas. Un peso el cartón y dios santo levantamos la vista y leímos (y la piba que canta lo dijo en el mismo momento) que la línea pagaba cuatro pesos. Y el bingo (acertar todos los numeritos del cartón) pagaba treinta. Era medianoche, y la luz del lugar y el murmullo y la humedad y el olor a faso, me recordaba esos gimnasios del interior, de Catamarca o Neuquén donde vi hacerse velatorios para las multitudes, velatorios políticos.
Jugamos tres cartoncitos cada uno, sin éxito, sin ganar cuatro pesos y fuimos a la ruleta. La ruleta electrónica es una rueda de hombres solos y grandes y que se clavan fernets. El croupier es un tipo que aprieta enter y vos, si te sentás a jugar, manejás una palanquita como la del pac man. Como soy el más grande de los tres, me senté en representación, aunque jugando los números de mi novia y de mi amigo. Yo solo juego al 23 porque una vez metí un pleno en un casino de Corrientes y, desde entonces, nunca nada, pero como es mi día de cumpleaños es una forma de apostar por mí. Arrancamos con cuarenta pesos y cuando quedamos en dieciseis, comenzamos a jugar a color y Florencia dijo: “negro, negro, rojo, negro” y nos pusimos al toque en ochenta pesos. Yo no vi el crecimiento espectacular, me lo contaron, porque me había ido a buscar JBs para Nico y para mí. Cuando vi el numerito dije: “nos vamos”. Esa cifra pagaba la cena, las apuestas y los whiskies y quedaba un poquito más. Volvimos, entonces, a liquidar los vasos al salón de bingo donde la línea pagaba tres pesos, a la una de la mañana. El olor a faso, más y más denso, cruzado con la humedad y las cien bombachas tristes bajo las mesas nos expulsó después de dos jugadas. Conteniendo la respiración (bah, tratando) me entretuve viendo pasar un enorme trofeo que las pibas que venden los cartones hacen circular de mesa en mesa y se apoya a la derecha de quien gana una línea para tener caliente a la gente y que sean, por un ratito, campeones de la línea de cuatro o de tres pesos. Después jugué en los tragamonedas. Pero esas máquinas son frustrantes, las bananitas son miles pero no se ponen de acuerdo, los duraznos, turros, conocidos hijos de puta, y las frutillas, como en las ensaladas de frutas que comen los pobres, vienen de a una por pote.
Ahora sí hablamos de pobreza, dios santo, el mar.
Seis y media de la mañana. 105 y playa. 18 grados, los pibes destornillados jugando a “¡quién se muere primero!” y una piba en brote histérico sacándose el corpiño en algo que sería sexy si no te morís de pena antes. En el plan “como si esto no fuera África” había propuesto ir a pescar embarcados. Una caña para cada uno con dos anzuelos y nos metimos dos kilómetros para adentro. Para abajo estaba profundo como ocho metros, según la estimación del capitán del gomón que, además, es bañero de la playa de la 105. Sacamos un congrio, que parece una víbora gorda, y cuatro corvinas. Un desastre. Ojo, si tirás la línea desde la costa es un suceso, pero en el medio de la mar… Loco, no queda un pez ahí abajo. Se los llevaron los coreanos. Fueron tres horas, ocho anzuelos, un guía experimentado cuyo negocio es que pesquemos, ocho metros de profundidad. Dolor país. Dolor mar. Dolor corvina.
Esa noche hice chupín con los pescados. Tomate. Morrón, cebolla, vino blanco. En fin, me queda mucho por aprender en la cocina en relación a los pescados pero te dejan tanto olor en los dedos que dentro de unos años, cuando lo intente de nuevo, habré olvidado que me faltó algo más de sal, de ajo y alguna especia. Los olores son un gran quilombo. Cuando creías haber dejado atrás los ascos de la infancia, estos se reactualizan cada vez que cruzás la frontera social. De Belgrano a Flores o de José Ignacio a Montevideo. Ojo, no lo digo por los pescados que a lo mejor se mezclan con alguna cosa sexual pero, bueh, me hizo acordar.
De regreso a Mar de las Pampas se lee otro cartelito municipal, pero como escrito a mano (pero no escrito a mano) sobre maderitas y son como honguitos en el suelo, como los mojones que cuentan los kilómetros. Dice el cartelito: “estamos caminando”. Uhhhhhhh. Están caminando, la concha de su madre. Los señoritos están caminando. Sus hijitos están caminando. Sus suegras están caminando, sus camionetitas también están caminando. ¡La concha de su madre!
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