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Esteban Schmidt
21 February 2005, 09:22
Una de las pocas enseñanzas que me dio abuela Antonia cuando era chico y que deseché como mandamiento tenía que ver con la fortuna de los Rockefeller. Su hermano Basilio, mi tío abuelo, la refrendaba, aunque con vacilaciones, con la moral de quien ayuda a la educación no formal de un chico. Y esa moral es pura mistificación que requiere de más mistificaciones grandes y chicas para que rinda.
La enseñanza fue impartida cuando yo tenía algo así como diez años y en Buenos Aires, edad y lugar donde uno, además de saberlo, puede preguntarse por qué mi compañero de banco tiene una casa quinta y nosotros no, má.
Antonia, la mamá de má, que fue pensionada todo el tiempo que la conocí —unos 23 años-— y tejía para entretenerse mirando la televisión, decía que un niño llamado Rockefeller, un día, pasó por una frutería y pidió al frutero que le regalara una manzana medio podrida. El frutero se la dio y el niño comenzó a darle aliento y a frotarla, para que renazca. Pasó luego por otra frutería y le propuso al frutero canjearle esta manzana que estaba, al menos mejorada, por dos malas, a lo que el frutero accedió y luego las limpió, las frotó y las volvió a cambiar por cuatro malas. Este cuentito seguía indefinidamente. No sé que a edad se aprende la regla de tres, pero mientras iba creciendo y recordaba la historia, no entraban las manzanas en los diagramas de Venn, ni las fruterías, ni los fruteros macanudos, ni las buenas cosechas, ni los años, ni el aliento de diez mil niños sobre cien mil manzanas para que esa familia tuviera guita hasta para poner supermercados en la Argentina. Evoqué el cuento de la fortuna de los Rocke, una de estas tardecitas frente al mar, al sur de Villa Gesell en Mar Azul, a propósito del folletín de la quincena, el caso Southern Winds.
“¡Mirá que leí notas sobre Juan Maggio!”, me dije. ¡El enterpreneur! El tipo que con unos mangos que le prestaron se compró un avioncito y después alquiló otro avioncito, y después, hizo unos vuelitos a Río Cuarto, ¡que nadie hacía! y se pudo comprar más avioncitos y alquilar otros. En fin, el tipo fue respetable durante diez años, un orgullo familiar seguramente, debe haber enganchado minas como loco con el papelito del dueño de aerolínea. Ahora sabemos que no era él, que nunca fue él, que los dueños son/están en off. En cuanto al caso en particular, podemos pronosticar que si el tema es serio, habrá un muerto dentro de poco y si no es serio, no. En cualquiera de los dos casos, no hay o no habrá aprendizaje para nadie, excepto para los traficantes; será parte de su educación no formal, su anecdotario ilustrativo. “Que no nos pase como aquella vez que quedaron boyando cuatro valijas en la cinta transportadora de Barajas porque el boludo que las tenía que buscar se quedó en el hidromasaje”.
Como siempre, además, podremos seguir los diarios, y ver quién es el que se encarga de hablar en nombre de la embajada, quién defiende a Julio de Vido, quién se quiere cargar a Pampuro pero, a esta altura, seguir eso en detalle es un plomazo y nos deja como el público del circo. Es mejor tirarle piedritas a las carpas o, si se puede y uno ahorra, comprarse un avioncito y fumigar a los payasos.
Y de qué se habla en Mar Azul.
Se hablan boludeces, natural. Mucha pareja de treinta, mucha familia mínima con un solo hijo. No es lugar de enganche para nadie, ni para pendejos, ni para pensionados, ni para Maggio siquiera. La gente hace asado, se aburre, lee a Felipe Pigna y tararea la canción de Attaque 77, “Arrancorazones”, que es pegadiza como un chicle Bazooka pegado en el asfalto caliente en verano y pisado por unas zapatillas Flecha. Creo que en una semana, alguien sensible mata a Ciro Pertusi.
En Mar Azul, cuya calle principal se llama Mar del Plata, la gente va a la playa y pone la sombrilla contra el viento y no contra el sol. Mar azul está pegado a Mar de las Pampas, que está pegado a Villa Gesell. El lugar común de Mar de las Pampas es “acá no hay mercadito”, como que parte de la frescura del lugar es que no hay carnicería, ni papas sucias en un canasto y, entonces, los víveres hay que comprarlos en Gesell o en Mar Azul pero, en Mar Azul, que hay tres mercaditos, no hay librería que sí hay en Mar de las Pampas donde también hay una vinoteca. Bueh, en Mar de las Pampas también hay un Havanna donde el café sale tres pesos, contra dos 2,20 que sale en un Havanna de Gesell o de Buenos Aires. “Pasa que éste es categoría A”, me explicó la moza que me atendió y me trajo dos galletas de limón con el café negro. “El de Cariló es categoría A, también”. Cuando le quise pagar, una moneda de un peso se me cayó por entre las maderitas del deck donde apoyan las mesas y las sillas y esa moneda se fue abajo donde “no se puede llegar”. En Mar de las Pampas y en Mar Azul no existen los pisos, existen los decks de maderitas. Si hubiera un cementerio, no dudo que te entierran bajo un deck.
El café, entonces, me salió cuatro pesos y le dejé cincuenta centavos a la moza. Después pedí en el mostrador un alfajor fuera de forma para empezar la rutina Rockefeller y dejar de sufrir por cada peso que pierdo en Mar de las Pampas pero me fue negado. Se me dijo que tenía que autorizarlo el gerente porque había un stock sobre el que debía responder. Por lo que tendré que seguir laburando como hasta ahora. Como hizo Juan Navarro del Exxel Group, todavía dueño de Havanna, que se compró un ternerito flaco y con caries cuando era chico y luego vio como se incrementaba su patrimonio. Dado que la onda con el sw gate viene de desmitificación momentánea, permítaseme aprovechar la ocasión de preguntarme sobre Agulla y Bacceti, ¡esos dos genios!. Que alguien pida una visita guiada a la sede de la agencia. Y hagan sumas, restas, divisiones, multiplicaciones, exageren ganancias, exagérenlas mal, exageren la hipótesis del negreo, el ejército de pasantes, exageren para arriba y para abajo. Y le pago un mes de café en cualquier Havanna A, a quien me pruebe que el capitalismo, la oferta y la demanda y el inmenso talento y creatividad de estos dos muchachones permitió levantar ese edificio, que queda a la vuelta de la cancha de Excursionistas (donde tocó Callejeros en noviembre, como para mezclar todo) donde las paredes se mueven con control remoto, y células fotoeléctricas detectan la caída de un pelo.
Bueh, pero acá en Mar Azul, Agulla y Bacceti son el horizonte conceptual, no un frontón casual y la gente, como es de esperar, habla de cosas personales, asuntitos privados. Las parejitas hablan de sí mismas, “me dijiste, no me dijiste”, “te acordás, no te acordás”. Los que son padres les enseñan palabras a sus monohijos y los mamis y papis compiten un poco por quién les da la enseñanza más inteligentemente emotiva. Puede ser que les cuenten sobre el ciclo de la naturaleza y aprovechen el veraneo y que ven animalitos, para decirles que “igual que ese caballito que vimos en la ruta, las personas un día no están más” o les hablen, siempre alterando la forma normal de expresarse, sobre el ruido de los motores, el sentido del gusto o el olfato (una madre dijo a su nena: sabe a frutilla) o les repitan el nombre de otros nenes con quienes bien podrían jugar. “Mirá ahí está Ayelén. ¡Ah! y Jerónimo”. Siempre indiecitos rubios por esta zona. Tenemos Aimés y Nahueles jugueteando en “la sorbetería”. Pobre país. Muchachos, si conquistamos América, la conquistamos. Punto, a otro tema. Si no, devolvemos las hectáreas. Quedarse con los nombres de los tipos a los que afanaron tus antepasados es feíto. O es raro. Yo, Esteban, me sigo inclinando por los nombres de los santos o nombres de la naturaleza (que, hay que decirlo, siempre suenan mejor en inglés) tipo River o Rain. Maggio se llama Juan, por ejemplo. Igual que Navarro.
Y de que más se habla en Mar Azul. El dueño de la cabaña que alquilamos con mi novia aquí habla de su exitazo. Armó catorce cabañas con todo, hasta con dvd y con hidromasaje para perder el avión. Llenó toda la temporada. Estimo, yo, su facturación en 180.000 pesos de diciembre a marzo. Su actividad paralela, y con la que ahorró para hacer las cabañas frente al mar es una pyme metalúrgica que queda en Haedo. Es un entrepreneur de sesenta años y se llama Nicolás, que es otro santo.
Ya volveremos sobre las cabañas y los aparts y los resorts y las casitas alpinas a dos aguas, bien en ángulo para que no se acumule las nevadas jodidas que se dan en esta zona, que tenemos por aquí. Volveremos.
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