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Ernesto Semán
14 February 2005, 00:24
Entre las muchas cosas que dejamos a medio hacer, hay una conversación pendiente en tp desde hace algún tiempo sobre las diferencias entre los parques públicos europeos, el Hyde Park de Londres, y el Central Park de Nueva York. Entre nosotros no hay muchos arquitectos (hasta tenemos prejuicios contra algunos arquitectos!) ni paisajistas, asi que la conversación pendiente es, sobre todo, estética y política. Que si tal parque nos gusta más que otro, que cómo se lleva el diseño de aquel parque con la sociedad que lo usa.
Ayer domingo, cerca de las ocho de la mañana, con el primer día de The Gates a pleno, en el Central Park podían verse como casi nunca las curvas de los senderos por todas partes, senderos que lo hacen único y, a gusto de quien esto escribe, uno de los lugares más lindos del mundo. La belleza de la obra de Christo, el artista que durante 15 días cubre más de 38 kilómetros de caminitos dentro del parque con unas 7 mil banderas gigantes de color azafrán, descansa sobre algo que le es previo y ajeno: el Central Park es una obra de arte perfecta, no sólo quizás insuperable, sino casi con seguridad inmejorable.
El genio de Christo ha sido darse cuenta de eso, no hacer ningún intento por modificar siquiera temporalmente ese dato y montar una obra dedicada a realzar esa belleza, señalar como con un marcador sobre un plano algunos de los hallazgos del Central Park y luego levantar campamento para que uno pueda seguir disfrutando del parque en su versión original. Queda claro después de un par de horas bajo los arcos con banderas naranjas, se puede llegar al Reservorio, una caminata de casi tres kilómetros alrededor de un espejo de agua en el punto más elevado del parque. No hay banderas en ese circuito, nada que señale en naranja el borde ondulado del Reservorio: se ve increíblemente perfecto y uno se queda con la sensación de que no hay banderas que lo puedan mejorar.
De hecho, fue el mismo buen juicio de aprovechar las virtudes de otros el que le dio a Christo (y la pesada de su mujer y vocera, Jean Claude) los mejores frutos, con las envolturas del Reichstag en Berlin o el Pont Neuf en Paris (mucho menos felices han sido sus obras con sombrillas en Japón y Estados Unidos, sus islas rodeadas de tela en Florida, montadas sobre territorios enriquecidos en su sentido y en su estética por la mano del hombre). Hasta dónde ese buen juicio le quita méritos y audacia al artista es otra discusión. Pero The Gates, montado sobre el diseño perfecto del Central Park, se ve hermoso. La melancolía de un domingo cuando cae el sol en Nueva York, y uno sabe que a la noche ni siquiera habrá Futbol de Primera, es mucho mayor con esos telones naranja sobre el parque.
En los próximos días, habrá millones de fotos e imágenes en todos los diarios, revistas, sitios de internet y canales de televisión, lo cual nos ahorra la descripción de la obra y los links a los siete mil sitios dedicados al tema. The Gates es una mega obra, un emprendimiento gigante que llega desde los bordes hasta convertirse en un evento apoyado sobre la poderosa parafernalia combinada de los medios, el Estado y el establishment de Nueva York. Cuando Christo presentó su idea en 1979, el gobierno de la ciudad elaboró un documento de 100 página rechazando la obra. Por aquel entonces, el parque estaba a la miseria y el argumento más reiterado por el gobierno para negarle la autorización para usar el parque era que la magnitud de la obra podía atraer una multitud que arruinara aún más el lugar. Casi 26 años después, todo cambió, menos la idea básica de la obra. El Central Park se revitalizó desde fines de los ’80 en adelante y hoy es uno de los lugares más lindos, limpios y seguros de la ciudad y no necesita de The Gates para ganar belleza. Las multitudes otrora temidas son ahora la principal banderola con la que el alcalde Michael Bloomberg ha promocionado el evento, anticipando ingresos para la ciudad de cientos de millones de dólares (lo que parece ser cierto a juzgar por la enorme cantidad de gente dando vueltas por ahí). Christo y sus intenciones ya no son provocadoras ni temibles, Nueva York puede mucho más que embanderar su parque insignia.
Quizás lo que corona el acierto de The Gates en hacerle caso al Central Park es que, al igual que el parque, se trata de una obra gigante pero que se aprecia mejor desde una prespectiva absolutamente humana. A diferencia de otros mega-emprendimientos, y al igual que el parque, no hay visión aérea ni punto privilegiado que otorgue una panorámica mejor que la de caminar distraídamente por el parque y mirar cada tanto el sendero de banderas y las formas que ha tomado con el viento, los colores que han evolucionado a medida que sube el sol sobre las banderas translúcidas y la vegetación escasa. Si se lo hubieran propuesto a Olmstead cuando terminaba de construirse su parque allá por 1850, seguro que agarraba viaje.
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