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Ernesto Semán
9 February 2005, 00:20

En esto de qué es menemista en la cultura, qué es un objeto cultural menemista, hay una discusión tan larga y extensa que cuesta creer que el menemismo haya arrancado apenas en los noventa, y que haya sucedido sólo en la Argentina. Por caso, y en un contexto muy distinto al de Cromagnon, Raffo comentaba que, para él, lo que hacen Christo y su mujer Jeanne-Claude es, también, menemista.

La conversación giraba en aquel entonces alrededor de la instalación The Gates, que finalmente empieza este sábado en el Central Park, y producto de la cual unos 35 kilómetros de senderos internos del parque van a estar cubiertos con unas banderolas color azafrán (15 mil, más específicamente), que el viento, la luz a lo largo del día, la gente y la vegetación pondrán verdaderamente en escena.

Lo menemista a lo que refería Raffo aquella vez era en buena parte un cierto tipo de kitsch, la búsqueda deliberada/desesperada de un efecto del objeto sobre los que lo aprecian y la consecuente trivialización de ese objeto, junto con cierta inclinación de los Christo por, digamos, llamar la atención, rodeando islas en Florida, envolviendo el edificio del Reichstag en Berlin o el Pont Neuf en París. O creando un nuevo y efímero y colorido trazado dentro del histórico diseño del Central Park.

Habría otros elementos más laterales, asociados, que harían acreedor a The Gates del mote de menemista, como la suite del Carlyle Hotel en la que se puede servir una fiesta para 25 personas con champagne y comida con vista aerea y privilegiada a la instalación, a 6.000 dólares las dos horas.

Ahora que Nueva York se prepara para asimilar la invasión de cerca de 200 mil visitantes que recorrerán la instalación durante 15 días, quizás sea el momento oportuno para pensar por qué, pese a todo lo dicho precedentemente, el trabajo de Christo me gusta tanto.

No hace falta ser Zelig, paradigma del efecto kitsch, para que a uno le resulte mucho más fácil criticar el gusto ajeno que fundamentar el propio. “The Gates se va a ver lindo” sería una razón débil, aunque probablemente no haya mucho más. A diferencia de lo que me imagino como menemista, hay algo de cierto recato en la monumentalidad de Christo (mayor en la envoltura clara del Reichstag que en las cintas púrpuras o rosa que bordeaban las islas de Florida) que le da a uno el espacio para ver la obra tranquilo sin que nadie le mastique su sentido. Esa monumentalidad sumada al efímero formato de las instalaciones tanto en el tiempo como en las texturas, terminan por hacer más visible la belleza de los objetos, sea el Pont Neuf o los senderos del Central Park.

No mucho más que eso. Más allá del tamaño mamut, lo de los Christos no es una obra grande, aunque sus curvas y envoltorios y movimientos puedan atraernos a más de uno, y quizás la dilapidación del esfuerzo que implican en obras cuya magnitud está en duda (caro y mucho) sea el único aspecto menemista que podría ver con más claridad en ellos. Pero es difícil decir cuál es el efecto de esa operación sobre las telas al viento.

Y, sacando específicamente eso, el resto es un problema de Christo, su mujer y su analista.


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