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Ernesto Semán
29 January 2005, 14:45

Que Nueva York se haya convertido en en una ciudad cada vez más segura no es una buena noticia para Nicole DuFresne. Algo del aclimatamiento, de acostumbrarse a que las cosas son así ablanda el cuerpo, ralenta los reflejos, baja las defensas. En Moreno, a nadie se le ocurre decirle a los chorros: ”¿Qué? ¿Me vas a pegar un tiro?” aunque otros perecen en su propia estupidez, tratando de retener el celular o las llaves del auto. El jueves a las tres de la mañana DuFresne salía de trabajar en un bar en el East Village cuando una banda intentó robarle la billetera a su novio. Ella se interpuso. “What? Are you gonna shoot me now?” Errrr, as a matter of fact, yes. El chico le disparó al pecho a un metro de distancia. La bala le salió por la espalda, el chico se llevó la billetera y Nicole murió un poco más tarde en el hospital.

Esta relación entre sentirse seguro y estarlo parece dinámica, pero no lo es —un abismo las separa. Así como las estadísticas no le sirven de mucho a Nicole DuFresne, la muerte conjunta de 200 tipos no puede con décadas de una tradición política organizada en torno a lo institucional y convertida, a esta altura, en una caricatura de sí misma al seguir manteniendo un discurso formal que nada tiene que ver con las pasiones que la limentan. No sé a qué sesión en qué legislatura fueron los periodistas que cubren hoy, en todos los diarios, la crucifixión de Ibarra; seguramente no a la misma que escuchamos nosotros, de a pedazos y a 12 KBs por segundo, desde lejos. En la versión directa, tanto las posturas de cada bloque como los balbuceos del Jefe de Gobierno eran inaprehensibles a través de un manto opaco que no dejaba pasar más que su constitución misma: el TONO de los discursos, indistinguible del de una arenga en una asamblea barrial, disociada del mundo real no precisamente por su especificidad o su altura.

Mucho más espesor han tenido las discusiones en Nueva York durante la última década sobre la seguridad y la vigilancia. No porque los legisladores neoyorquinos sean Einstein, ni mucho menos porque los últimos alcaldes sean maravillas de tipos, ni porque la gente discurra sobre cosas más interesantes en Brooklyn que en Balvanera. Algo que aun no podemos descifrar hace la diferencia. Una de los más interesantes fue y es el de las cámaras de vigilancia, aparatito que retomó protagonismo con la muerte de Nicole y que, horas más horas menos, será un cornerstone de las nuevas normas de seguridad en los boliches porteños. En Nueva York, la cámara de vigilancia de un restaurante en la esquina de Nortfolk y Rivington filma la calle 24 horas al día. Ayer le pasaron la cinta a la policía, que identificó al posible asesino y sus amigos. Se los ve de espaldas a la cámara, con toda la apariencia de caminar como caminan los negros, connotados y denotados, apuntados y buscados. Es difícil caminar más que un par de cuadras en Nueva York o Londres sin que alguna cámara registre tus movimientos sin que te enteres. Terror y seguridad refuerzan sus mutuas paranoías y producen más y más control. Por obvias razones, quiero todas las cámaras posibles si van a evitar los robos o que un boliche se prenda fuego, pero no quiero que vean todas y cada una de las cosas que hago.

O tal vez se trate simplemente, una vez más, de la falta de equidad que deviene, muchas veces, del sentido común, pero no por ello debe quedar fuera de todo cuestionamiento. Hacia fines de la década pasada (o, como suele decir un amigo nuestro “back in the nineteen-hundreds”), parecía empezar a establecerse un consenso por el cual una buena respuesta a las cámaras de la policía eran otras cámaras, propias, cancelando el efecto 1984 de un modo matemático, como quien reduce fracciones. No hay ningún problema con la cámara en el patrullero del cual se bajan los cinco ursos que proceden a
cagar a palos a Rodney King, siempre y cuando los vecinos de Rodney King también tengan las suyas. Jamás pensé que iba a citar como ejemplo a Cameron Díaz, pero su respuesta a los paparazzi es, sin embargo, digna de imitación: ella lleva siempre encima su propia cámara y los graba a ellos. El mundo post 9/11 está lejos de ofrecernos siquiera ese consuelo como forma alternativa de conservar un mínimo rango de movimientos independientes. Hoy nadie te deja grabar en ningún lado — ni hablar de un aeropuerto o una estación de subte — , otra gran reivindicación lograda gracias al siempre atento fundamentalismo, otro sector dedicado a defender las libertades individuales.

No soñemos, de todos modos. La difusión de la realidad en dos dimensiones tampoco era garantía de nada. Y para confirmarlo volvamos, caminando en círculos, a Ibarra y sus villanos: recién me entero de que la sesión fue televisada en vivo. Tiendo a asumir que la vio una cierta cantidad de gente, desde sus casas. A tres años del “que se vayan todos”, la patética puesta en escena de la legislatura no hacía más que confirmar, tristemente, la validezde la consigna que sigue siendo tan nefasta hoy como entonces. La respuesta de los televidentes, no muy distinta (en apariencia y por omisión) a la de los diarios, sugiere que no perciben la homogeneidad del discurso en todas las partes, todas las instancias, todos los bloques. No sabemos cómo pasó, pero de pronto, el conjunto de la política se revela como una gran interna, sólo amenazada por grupos inconexos que pugnan, reconociéndolo o no, por ingresar a ese mismo universo. No se trata ya de que la política se haya distanciado de las personas: antes de hacerlo se permitió infectarlas con sus modos y sus recursos, reduciendo nuestras opciones a dos: la deserción o una masiva fumigación con kerosene previa producción del fósforo que nadie (y mucho menos nosotros) tiene ganas de encender.


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