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Ernesto Semán
18 01 2005 - 14:40
Quizás por el frío del carajo de Nueva York en estos días (unos 11 bajo cero en este momento, y una térmica que ni tiene sentido traducir), quizás porque faltan dos días para que George W. Bush asuma de nuevo, y esta vez después de haber ganado la elección, quizás por lo mismo que se enfureció Alberto Dalotto el domingo después de leer las mentiras y las verdades de Thomas Friedman; quizás por algo de todo esto es que una sensación de cosas perdidas, dejadas definitivamente atrás, se ha posado sobre la Ciudad.
Roger Lowenstein carga en sus espaldas con bastante de ese mood, que parece melancolía pero no tiene nada que ver. Debe ser uno de los mejores periodistas económicos de los Estados Unidos. Sus libros de divulgación recuerdan un poco a John Kenneth Galbraith, de hecho los dos escribieron sobre los crashes que les tocó vivir, en 1929 y el de fines de los ‘90. The Origins of The Crash: The Great Bubble and Its Undoing debería ser obligatorio para no economistas que hablen (o hablemos) de la economía norteamericana.
El domingo, Lowenstein escribió la nota de tapa de la revista del New York Times sobre la Seguridad Social en Estados Unidos y la ofensiva para privatizarlo, de una vez y para siempre. Hubo un mundo mejor? Es decir, mucho mejor? Quintín se acordaba el otro día del discurso épico/populista y colectivo del final de The Grapes of Wrath, citado en Sideways. Yo leía con el mismo ánimo de Sideways la explicación simple con la que Franklin D. Roosevelt defendía en 1938 su nuevo programa. ‘’Because it has become increasingly difficult for individuals to build their own security, ‘government must now step in and help them lay the foundation stones.’‘
Lo del ánimo de apariencia melancólica se alimenta en un círculo vicioso: ver cómo se está desmontando todo eso delante nuestro, quedarse pasivamente mirando el tren desde el andén, y luego mirar con perplejidad esa escena desde afuera, con la figurita de uno mismo en el andén, viendo pasar la locomotora.
”...no other conservative has ever come as close to transforming the program as George W. Bush. He is making Social Security reform, including a partial privatization, a centerpiece of his second term. If the most ardent ideologues have their way, such a reform would be a first step toward a wholly new approach to retirement security—one that would set aside the notion of collective insurance and guaranteed minimums for that of personal investing and responsibility.”
No es que uno no lo haya visto en la Argentina. Es peor porque uno ya lo vio en Argentina, además de que la espectacularidad de las dimensiones americanas le da a la obra el escenario más grande del mundo, la caída más amplificada.
“This could do more to reverse the New Deal, and even the Great Society, than Goldwater, Stockman and Reagan ever dreamed of.”
En circunstancias excepcionales de la historia, conviven el “oh, podríamos perder este mundo” y el “oh, este mundo”, las dos fórmulas con las que Esteban Schmidt describe la narrativa de The Day After Tomorrow y Spiderman II, respectivamente — cuando uno revisa los restos de la casa arrasada y encuentra una foto familiar pisoteada que se torna imprescindible y banal ante la escala de lo que ha sucedido.
Ese momento único, me imagino, es el de la Revolución. Me pregunto qué habrán sentido los monarcas, los zares, los blancos. Sin convencerme del todo de que George W. Bush asume su segundo mandato pasado mañana como si todo fuera lo mismo, me pregunto qué es lo que verdaderamente está pasando.
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