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Ernesto Semán
16 January 2005, 17:26
Con los ojos llenos de lagañas, cansado de trabajar como una bestia durante toda la semana y con toda la familia alrededor, Alberto Dalotto abrió el diario el domingo a la mañana y le salió en un breve instante la energía que le faltaba a tp en este fin de semana largo de los Estados Unidos. He aquí la saludable consecuencia de un acto tan inocente como servirse el café:
Quisiera apelar a la indulgencia de los amigos de tp por las contribuciones “viscerales” que he efectuado a sus páginas electrónicas, pero ocurre que no puedo con mis humores y les envío una más, pergeñada en una mañana de domingo en la que todo me predisponía a la contemplación de la naturaleza y al relax del almuerzo en familia.
Pero es que cayó en mis manos el artículo de Thomas Friedman en “Week in Review”, de The New York Times de hoy, cuya lectura les recomiendo por representar, para mí, la quintaesencia de la hipocresía a la que conduce la ideología, en este caso en los Estados Unidos, aunque se trata, qué duda cabe, de un mal universal.
Y es que este cronista, de retórica liberal, nos anoticia de que los soldados de su país no han hecho otra cosa en los últimos tiempos que sacrificar sus vidas para salvar a los musulmanes en Kuwait, en Somalía, en Afganistán y, colmo del dislate, en Irak. Pero parece que estos pueblos no han apreciado en su justa medida tanta generosidad, pues antes bien, el antiamericanismo les ha servido para evadir sus propias responsabilidades, y a sus gobernantes para consolidar sus tiranías y seguir manteniendo a sus pueblos en la miseria e ignorancia.
Lo que más me molesta de esta línea argumental es la parte de verdad que encierra. Los argentinos conocemos bastante de esta costumbre autodestructiva de atribuir nuestra desgracia a las conspiraciones de execrables que vienen de afuera de nuestras fronteras, en particular de los Estados Unidos, pero también de otras sedes del capitalismo y por supuesto de las siniestras instituciones de Bretton Woods, concebidas, según el canon victimista en boga, exclusivamente para expoliarnos. En Argentina, como también en el mundo árabe, el antiamericanismo, o mas generalmente el “victimismo”, no es, y en esto acierta Friedman, sólo un “hobby”, sino directamente “una carrera”. Qué otra cosa ha hecho sino un personaje como José Pablo Feinmann, que ha dedicado toda una vida a la lamentación de nuestros infortunios y a la denuncia de la maldad del mundo, sin dedicar una sola línea a razonar sobre las posibilidades de progreso que se abren para la Argentina en el mundo globalizado, con todas sus dificultades y peligros, ni a denunciar el clientelismo, corporativismo, ineptitud y corrupción de buena parte de la clase política, progresista y no progresista, como causa bien concreta, y nada fantasmal de la dilapidación de los recursos del contribuyente y de la miseria de los ciudadanos.
Últimamente hasta han surgido “historiadores” como Felipe Pigna, cuyo imbatible best seller explica nuestra suerte por una siniestra confabulación oligárquica en la que une a los conquistadores españoles con Repsol en el sistemático despojo de los pobres argentinos, que de otra manera serían hoy los prósperos habitantes de un país, quizás como Australia.
Estragos de la ideología o del oportunismo, esas visiones contienen también elementos reales, pero tienen escaso valor pedagógico para orientarnos hacia una acción colectiva que se centre en la responsabilidad propia y en la comprensión del mundo tal como es, para estar en condiciones de transformar nuestra desastrosa realidad, en lugar de confortarnos, porque ha habido malvados que no nos permitieron ser lo que merecíamos.
Estoy también seguro que en el mundo árabe, la desgracia del pueblo palestino ha sido explotada por teocracias y dictaduras para mantenerse en el poder y confinar a sus pueblos en la edad media.
Pero la costumbre de los “ideologizados” es callar parte de la verdad. Y volviendo al principio, lo que calla Friedman es la parte que nunca podría justificar y que desplomaría su amargo lamento sobre la falta de gratitud musulmana. Y ello es la masacre de miles de civiles iraquíes de los que no se habla, los horrores de una guerra inexplicable, las torturas sistemáticas de Abu Ghraib, los memoranda infames que pretenden liquidar las Convenciones de Ginebra, la indiferencia culpable por casi sesenta años de injusta marginación y sufrimiento del pueblo palestino, los lazos corruptos con las monarquías petroleras, entre otras acciones vergonzantes.
Concluyo pensando que la falta de objetividad de los intelectuales es una desgracia que no se denuncia desde los tiempos del denostado Raymond Aron, que con todos sus errores había visto claro el efecto similar al opio que producen algunas de sus caracterizaciones, como las que nos dedicó Friedman este domingo.
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