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Ernesto Semán
8 January 2005, 20:52

I. Brooklyn.

Con todo lo que hemos dicho en esta pantalla sobre Anibal Ibarra, es indeseable estar en este momento en su lugar, viendo como la boa se mueve lenta pero indefectiblemente sobre su presa.

Increíblemente a cargo de facto del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Duhalde dice que Ibarra es responsable por el incendio del Once, pero que no debe renunciar. Yo digo que vos sos un pelotudo, pero no que por eso tengas que hacer algo al respecto, mucho menos renunciar. Con que digas a viva voz “qué pelotudo que soy” me alcanza.

No es por solidaridad con Ibarra que uno se conmueve. Su decisión de colocar a Juan José Alvarez como secretario de seguridad bonaerense es, como dice al principio de esta oración, suya. Es por lamentar lo que ya sabíamos o esperábamos: que el malestar y la tristeza derivada de un desastre que ya se cargó con 191 vidas sólo sirva para empeorar las cosas.

Comentario al margen y final sobre el tema, los defensores de Chabán siguen firmes en la estrategia de reventar a su cliente, y ya anunciaron que va a pasar muchos años en cana. Anoten los nombres de los tipos para cuando necesiten un abogado.

Si a uno no le toca estar justo en el círculo de la boa, puede hacer otras cosas. El tiempo más pausado de enero abre la chance de aprovechar los comentarios de Quintin sobre Alexander Payne y Sideways y utilizarlo como lazarillo involuntario dentro de la dvdteca.

Netflix, desafortunadamente, apenas puede acercarnos en unos días The Shop Around The Corner, una de las películas más apreciadas por Payne, al menos es lo que intimó con Quintín. Election, My Summer of Love y Freaks, todas con comentarios variados en la nota, requerirán de algún esfuerzo extra.

Late Marriage, en cambio, pasó largamente por Nueva York. Tiempo después, El Abrazo Partido me provocó un previsible y medio embolante deja vu. Muchos, casi todos en mi agenda, tuvimos madres y abuelas judías, pero de ahí a contárselo a todo el mundo durante dos horas y en una pantalla enorme…

El resto es una tormenta absolutamente porteña que cae sobre Nueva York.

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II. Madrid.

Hace unas horas cenábamos con un amigo común (común a todos los editores de TP, digo), que viajó a Buenos Aires para las fiestas. Se me ocurrió preguntarle si había visto televisión.

— No. La prendí, una vez, y estaba Mauro Viale preguntándole a los gritos a Cormillot: ”¿Cuál es la manera más horrrrrible de morir? ¿Quemado? ¿O asfixiado?” Y ahí apagué el televisor y no lo volví a encender.

“It’s not the bullet that kills you, it’s the hole”, decía Laurie Anderson allá por el ‘74, sin desatar necesariamente una psicosis colectiva alrededor de los agujeros como objeto persecutorio. Hay niveles de metáfora que todo el mundo entiende. OK, bueno, no todo el mundo.

A nadie se le ocurriría reclamar que “No los mató la bengala, los mató la corrupción” compitiera con Laurie Anderson en la delgada capa de hielo sobre la cual patinan la poesía y la performance, pero sí habría que enarbolar una cierta firmeza ante lo semántico, con la intención de prevenir que la repetición de un enunciado torcido nos acostumbre a verlo derecho.

“No los mató la bengala…” entra en la misma categoría preocupante de “Violencia es mentir”. Como todo sabemos, la violencia está mal y mentir también, pero eso no los convierte en sinónimos, así como pagar impuestos y hacerse caca encima son cosas muy distintas aunque a nadie le guste enfrentarse a ninguna de las dos. En el caso de la bengala, sería una grosería sugerir una lectura similar a la de Laurie Anderson — para eso está Mauro Viale. Pero cuando Duhalde declara, lo más campante, que “exime a los chicos que tiraron la bengala” (curiosa elección, “eximir”) la consigna empieza a sonar peor que nunca. Y lo que es más bizarro: Duhalde y las consignas se encuentran de pronto en el mismo terreno de la izquierda más demente, aquella que titula “Matanza de jóvenes a manos del Estado y el mercado”.

La palabra, esa herramienta obsoleta de la que el cine argentino prescinde y sus políticos flagelan, va de este modo, subrepticiamente, instalando una visión insana de las cosas — una visión que todos los medios (todos) reproducen, aprovechando la oportunidad para callar algo muy significativo: la facilidad con la que Don Corleone ha desembarcado en la ciudad.


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