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Gli Uccelli
23 December 2004, 06:19

Buen día. Xmas is here, lalalala, villancicos.

Me voy a tomar unas breves vacaciones hasta enero, durante las cuales —en la medida de lo posible— prescindiré de las noticias, así que permítanme decir alguna cosa acerca de las noticias en sí, de lo que son o creen ser. [El site seguirá activo todos los días, igual; Semán, Puricelli y otros me sorprenderán con una acumulación de nuevo material a mi regreso.]

Podrá discutirse si el despido de funcionarios cordobeses de la cultura por motivos ya no políticos sino casi, te diría, estéticos es la noticia más importante del día. Yo creo que lo es, como comentaba acá anoche, pero andá a saber cómo se perciben estas cosas in situ. De algo estoy seguro, sin embargo: es un hecho lo suficientemente importante como para aparecer en los diarios. Y, salvo en Clarín (se les escapó anoche, pero corrigen el error relegando la información bien lejos de la portada, tanto en la versión impresa como en Internet), nadie lo menciona. A ver, ¿es posible que un episodio como este sea menos relevante que la aparición del Almanaque “Los Grandes Del Rock”, o el “plan retorno de Ortega”, whoever the fuck he is? Hm. Nah. No me parece.

Al mismo tiempo, Granovsky empieza así el artículo en el que (a diferencia de los otros diarios) desmiente toda negociación via España respecto del conflicto diplomático con Cuba:

El Gobierno no está negociando con José Luis Rodríguez Zapatero que España se convierta en lugar donde se encuentren la médica cubana Hilda Molina y su familia radicada en la Argentina. La información fue proporcionada a Página/12 por un funcionario clave en el nuevo enfoque del caso, que mantendrá el pedido a La Habana, pero no convertirá un tema humanitario concreto en una confrontación diplomática para la que el presidente Néstor Kirchner, por otra parte, no había dado instrucciones.

Y yo tengo que decir algo sobre Granovsky, a quien no conozco y de quien (sin sarcasmo) respeto tanto sus intenciones como su responsabilidad a cargo de un diario sin el cual (pese a todo lo que me irrita en muchas áreas) Argentina sería un lugar mucho peor, hoy, de lo que es: ¿Está loco? ¿Qué le pasa?

En la vida de todo el mundo hay un momento para la intervención de los amigos. Uno se equivoca mal en algo y no se da cuenta, uno está a punto de divorciarse por los motivos erróneos, o se deprime, o se confunde y planea acciones cuyas consecuencias sólo pueden ser previstas por quienes están cerca. Este es el momento para que los amigos de Granovsky se lo lleven a tomar un café y le expliquen los riesgos de tratar a sus lectores de pelotudos con tal desparpajo. Para ellos, para los amigos de Granovsky, entonces, este módico servicio de sugerencias; algunos argumentos.

¿Cuál es el problema de decir cosas como esta

Hasta ahora el sitio ofrecido por Fidel Castro es La Habana y el gobierno argentino recibió la comunicación de que estarán garantizadas la seguridad y la posterior libertad de movimientos de Roberto Quiñones, el hijo de Molina, cubano y casado con una argentina.

con semejante impavidez y sangre fría?

Disculpen si por falta de tiempo no detallo todo lo que está mal en el texto en sí, que asume que Cuba es una república de lo más sensata cuyas declaraciones sobre garantías individuales deben ser aceptadas at face value. Supongamos por un momento que el periodismo no tiene nada que ver con la Verdad — es una postura bien fundamentable. Consideremos también, por motivos didácticos, que efectivamente los lectores de Página (y de cualquier otro diario) son, en su enorme mayoría, lo suficientemente pelotudos como para que haga falta manipular sus opiniones de este modo, ante el riesgo de que quienes las manipulen sean ellos mismos. Esto es menos fundamentable, pero no es ningún delirio: es cierto que una postura crítica, más o menos lúcida, de la realidad conlleva hoy el riesgo de ser muy mal leída, por los motivos que comentábamos ayer. Es cierto que la mayoría de los habitantes del planeta y, entre ellos, la minoría que lee los diarios, son ciegos a la gama de grises que para bien o para mal conforma el complejísimo entramado de la política, en Argentina y en todas partes. Es cierto que estamos rodeados de pelotudos, ergo por qué no actuar en consecuencia. Es cierto que no hay una oposición razonable y que está lleno de personas, grupos e instituciones miserables que acechan en todas partes, esperando el momento de debilidad de quien se anime a cuestionar el propio sistema de pensamiento. Es cierto que, en determinados momentos, decir lo que uno piensa no rinde.

Despejando todas estas dudas, asumiendo con liviandad que Granovsky tiene incluso razón en su evaluación (que imagino) cínica y desencantada de quienes lo rodean, nos queda un factor bastante familiar para quienes hayan hecho política durante más de tres meses en su vida, y es la idea de “cambiar las cosas desde adentro”.

Se trata de un concepto de lo más cuestionable, en mi opinión, pero imposible de aplicar si tu función nominal es hablar con quienes están “afuera”. Lo que es peor: incluso si el concepto tuviera validez en términos teóricos (a veces parece tenerla, especialmente cuando uno está convencido, como decía más arriba, de la imbecilidad de sus contemporáneos), en la práctica siempre sale mal. Y no sólo en política. Sale mal en el mundo corporativo, sale mal en Hollywood (¿quién es responsable de que todas las películas sean malas, hoy? Cientos de individuos bienintencionados queriendo cambiar las cosas “desde adentro”). No hay instancias históricas exitosas de las cuales agarrarse. No hay buenos modelos que sugieran que una manipulación maquiavélica del pensamiento de los demás es una buena idea — es un método que invariablemente fracasa, sea porque sale objetivamente mal, o porque, al salir bien, el método te fagocita los principios de a poquito y sin que te des cuenta, dejándote en una situación bastante parecida a la de Robert Redford al final de The Candidate, aunque al revés.

Hace rato que el diálogo de Granovsky con los lectores es un monólogo intencionado producto de una pasión que lo conduce a la propaganda. Su espiral autodestructiva es preocupante, porque podría eventualmente privarnos de notas como la de Wainfeld, hoy, cuya lectura es refrescante incluso considerando que apenas escarban en la superficie de lo que hay. Pese a un par de simplificaciones tal vez demasiado optimistas, Wainfeld se permite decir algo que sabe bien:

“Los derrotados generan espontáneas arcadas en el peronismo, una máquina de ganar que le dispara a la derrota como a la muerte.”

Es una época interesante, esta, en la cual la bisagra es tan grande que no se ve del todo bien pero, uno intuye, puede llevarnos hacia adelante o hacia tan atrás que da vértigo.


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