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Gli Uccelli
22 December 2004, 11:41

España sí (parece, quién te dice, en una de esas), Argentina no, Venezuela menos. Que las prioridades de Fidel Castro se parezcan a las de uno no quiere decir que tengan algún sentido, ni mucho menos. Del Molinagate sale mal parado todo el mundo, y por un motivo simple: hay demasiadas cosas que no se pueden decir. En eso consiste, entre otras cosas, la diplomacia, que vive en conflicto con el sentido común todo el tiempo pero en este caso chocó con la vida real, dejando un tendal de tullidos sin aportar, a cambio, demasiadas soluciones. ¿Por qué?

Hipótesis. Pese a lo que podrían haber prometido los noventa, las posiciones políticas se vienen radicalizando en todas partes. En un período de tiempo relativamente breve (cinco, seis años), todo discurso se fue reduciendo a las posibilidades limitadísimas que delimita, ya no el propio sistema de pensamiento sino el de los demás. Lo obvio: arremeter contra Castro implicaría alineamiento con los Estados Unidos, y viceversa; la agenda la marca el otro en un equilibrio ridículo más propio de la Guerra Fría que del planeta en el que creíamos estar viviendo. Pero hay más: hay un proceso subterráneo que tiene lugar en la medida que simpatías y antipatías arcaicas no puedan ser revisadas (por lo ya dicho: el enemigo acecha, unidos o dominados). Todos tenemos alguna simpatía por la revolución cubana, y sin embargo la historia no se detiene. Todos fuimos chiquitos, todos los delincuentes de la tierra jugaron alguna vez a la pelota con otros tres amigos, o le regalaron el chupetín a otro. Qué novedad. Y la tercera obviedad en el mismo párrafo, si me permiten: cuanto más se reprime lo que hay que decir, peor sale, al final, cuando se dice.

Es este tipo de cosas el que se le escapa a Granovsky en su nota de hoy al respecto. Sin ánimo de ensañarme, diría que en el caso de Granovsky sus omisiones son mucho peores, porque no se trata de cualquier pelotudo — es un tipo inteligente y preocupado por un montón de cuestiones que comparto, aunque no comparta la puesta en escena de las mismas en el Organo Oficial de Una Sección Infinitesimal del Universo. Puricelli o Semán, que están mucho más enterados, deberían escribir acá al respecto. Yo, como outsider completo, puedo decir sólo una cosa: todos —tanto la cobertura escandalizada de Clarín, como la inquina miserable de La Nación, como las parrafadas obedientes en Página— omiten los ejes que a mí me resultan centrales al conflicto: Cuba como tragedia, la imposibilidad de la izquierda de mirarse en el espejo deformante de la realidad, la peculiar situación en la que esta señora y su familia, al erigirse en poster people, ponen a todos quienes estén en una situación de influencia en el área de la política internacional.

La hipótesis, que iba a venir un poco más arriba pero se me demoró, es que a medida que pensar y hablar con cierta independencia se hace tan difícil en el mundo real como dentro de los estrictos cánones de la diplomacia, perdemos todos. Nosotros (en el mundo real) porque pensar y hablar con cierta independencia hace bien al alma y a la digestión; la diplomacia porque se queda con pocos elementos exclusivos para justificar las decisiones inhumanas que la caracterizan, por definición. La lógica de la obediencia y la lealtad, desde donde yo estoy parado, no es menos repulsiva en círculos tan jerárquicos como los de las Fuerzas Armadas o los equipos de fútbol, pero al menos ahí tiene algún sentido. La adecuación corporativa de áreas más humanas (el periodismo entre ellas) a ese tipo de alineamientos no promete nada bueno.


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