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Gli Uccelli
19 12 2004 - 19:55

EL DOBLE ADIOS

por Quintín y Flavia de la Fuente

[esta nota será publicada en el próximo número de la revista El Amante]

1. Noviembre de 2004 nos será difícil de olvidar. El miércoles 17, mientras estábamos en Turín, nos echaron del Bafici. Por e-mail, brutalmente, el secretario de Cultura de Buenos Aires, Gustavo López, decidió leer mal el diario, hacer abuso de su poder e interrumpir el contrato basura que hasta entonces nos ligaba con la ciudad a pesar de habernos confirmado hasta la próxima edición del festival. La causa invocada, la supuesta incompatibilidad entre trabajar para el Bafici y programar la primera edición de un pequeño festival en Mar del Plata, se reveló sólo aplicable a una persona: Quintín (ni al resto de los programadores, ni al nuevo director del Bafici, que se declaró “hombre del Malba” apenas asumió en su nueva función). A la imprecisión y a la violación de nuestros derechos laborales, López añadió una pequeña infamia: que usamos el “know how” adquirido en función de gobierno, como si él mismo no se hubiera beneficiado largamente de nuestro conocimiento en materia de festivales, además de nuestra sobrededicación y aun de nuestros fondos personales invertidos para poder hacer el trabajo frente a las precarias condiciones que el gobierno siempre nos ofreció. López, además, hablaba como si programar festivales fuera una especie de secreto que un empleado de la Coca Cola no debería transmitir a la Pepsi, y no una actividad de animación cultural cuya multiplicación no merece sino ser celebrada.

2. Claro está, por lo menos para los que rondan el medio del cine, que nuestra expulsión tuvo más que ver con las iras del Instituto Nacional de Cinematografía ante la posibilidad de que alguien hollara el sagrado terreno de Mar del Plata donde se realiza, año a año, el festival oficial de Argentina que el Bafici opacó desde su nacimiento. No era la primera vez que Jorge Coscia alzaba la voz contra nuestra libertad. El año pasado, un artículo escrito en Cahiers du cinéma en el que se decía que las reglamentaciones del Instituto y las presiones del establishment industrial hacían cada vez más difícil la aparición de directores independientes fue motivo de escándalo y, entonces también, la Secretaría de Cultura de la Ciudad demostró su obsecuencia frente al funcionario nacional y se decidió nuestro despido, a último momento cambiado por la subordinación a una nueva figura, la de presidente del festival, que recayó en Alberto García Ferrer, un personaje completamente ajeno tanto a los festivales y al cine independiente como a la Argentina misma de donde había estado ausente por más de 20 años. Este disparate que finalmente no prosperó por milagro venía acompañado de la inclusión de un nuevo programador, para “hacer el festival más abierto, más aceptable para la industria, sin confrontar con el INCAA ni con Mar del Plata”. El hombre para acompañar a García Ferrer era Fernando Peña que, afortunadamente para él, no tendrá ahora que soportar el fantasma presidencial.

3. En todo caso, la historia se repitió, ahora con final más infeliz para nosotros. Protesta del INCAA, quejas de “la industria”, eyección del director del Bafici. De hecho, nada se hace ni se dice en el cine argentino si no le gusta a Jorge Coscia. Desafiamos al lector a encontrar una frase impresa contra su política. Y aprovechemos la circunstancia para decir algunas. Coscia preside un organismo cuya función es fomentar el cine argentino, pero su gestión se orienta a controlarlo. Las reglamentaciones sancionadas bajo su gobierno se encaminan a conservar el statu quo, a dificultar la entrada de los jóvenes al sistema, a restringir la producción, a privilegiar el comercio sobre el arte y el negocio sobre la transparencia. Su política de expansión territorial en el país, con sabor a campaña militar, es de un arcaísmo peligroso. También lo son su devoción a España, país que ha colonizado el cine argentino y al que el INCAA le sigue ofreciendo más porciones de su cine. Igualmente negativa es la promoción internacional basada en viajes ostentosos, delegaciones excesivas, publicaciones inútiles, incompetencia lingüística y difusión del material menos exportable. Para no hablar de las cuentas del Instituto y de sus actos administrativos, históricamente sumidos en la oscuridad. Pero estas cosas sólo se comentan en privado. Hacerlas públicas es considerado peligroso: como diría Orson Welles, en Argentina hay mucha gente que quiere conservar su pileta de natación.

4. De modo que fue bueno mientras duró. Y nos enorgullece lo hecho. Trabajando, nos sentimos creativos y transparentes, abiertos y rigurosos, dedicados y atentos, hospitalarios y generosos, frenéticos y fanáticos. Acaso hayamos sido algo de todo eso. Intentamos traer lo más vivo del cine internacional y exportar lo más auténtico del nacional, y acaso lo hayamos logrado. Pero no podía durar mucho más. El Bafici que imaginamos y programamos durante cuatro años tenía una ambición ya cumplida, ser el festival más importante de Latinoamérica, y otra en vías de cumplirse: ser uno de los festivales más sofisticados y más prestigiosos del mundo. Pero en la Secretaría de Cultura nunca lo creyeron o no quisieron creerlo. Durante varios años hicieron todo lo posible para evitar el crecimiento. La estructura que sostiene al festival es patética: no crecen los recursos, no se hace prensa, ni comunicación, ni siquiera se proveen los elementos mínimos de trabajo. Para dar otro ejemplo, en la última edición se subió el precio de las entradas a 5 pesos cuando en Mar del Plata costaban 2 y en los otros festivales de la Ciudad de Buenos Aires eran gratis o disminuían de valor. Ni Gustavo López ni su jefe de gabinete, Claudio Pustelnik, entendieron nunca que el festival podía ser un importante capital para la ciudad, símbolo de su modernidad, diversidad y avidez cultural. Prefieren las postales habituales de Buenos Aires: el tango y los negocios. Reunirse con ellos fue, durante estos años, una actividad poco frecuente pero muy penosa. Un diálogo de sordos y una pared contra la que se estrellaban nuestra ambición y nuestros proyectos. El autoritarismo endémico de la estructura municipal no sólo se hizo evidente en el despido: el Gobierno de la Ciudad se rige por prácticas prehistóricas, completamente inadecuadas para el dinamismo que requiere un festival de cine, y sus funcionarios suelen escudarse en la rigidez de las leyes porteñas, en los secretos mecanismos de la burocracia, para controlarlo todo y aumentar su poder de pequeños déspotas poco ilustrados. Como dijimos en 1999, cuando celebramos como críticos la creación del Bafici, el talón de Aquiles de este festival fue siempre su dependencia de las autoridades municipales. Es un asunto demasiado serio para los Lopérfido, los Telerman y los López. Las alternativas para el Bafici, sea quien fuere el que lo dirija, son la institucionalización adecuada o la decadencia.

5. Luego del despido, recibimos muchas muestras de solidaridad. Algunos amigos escribieron cartas al jefe de Gobierno o al secretario de Cultura, algunas de las cuales publicamos en las páginas adjuntas. Otros firmaron (y siguen firmando al cierre de esta edición) una solicitada internacional lanzada por Claire Denis y Jean-Michel Frodon (director de los Cahiers du cinéma). Sin embargo –debemos ser muy sinceros en este punto–, hubo muchas más firmas y muestras de comprensión en el extranjero que en Argentina. Si fuera del país nuestra gestión al frente del Bafici es considerada ejemplar y casi irreemplazable, aquí no ocurre lo mismo. Pocos firmaron, pocos consideran que el cambio ocurrido es una pérdida. La llegada de Peña a la dirección es calificada como “inobjetable”, no sólo entre los que celebran nuestra partida sino, incluso, entre los que la lamentan. Así que no queda mucho por decir. La indignación internacional ante la alevosía del despido y nuestro deber cívico de hacer públicas ciertas prácticas y políticas abusivas nos hacen escribir estas líneas cuando hubiéramos preferido una retirada mucho más silenciosa. La falta de apoyo que tuvimos en el cine y en la cultura argentina en general (la de los políticos la descontábamos) amerita nuestro alejamiento por tiempo prolongado ante un medio que se ha revelado más hostil de lo que imaginábamos. El cine parece haber encontrado su consenso y no formamos parte de él. Nos gustaría participar de las celebraciones por el nuevo director del Bafici, pero aunque parecería un gesto de grandeza, sería hipócrita: Fernando Peña nos persigue desde hace 12 años, desde que fundamos El Amante, sin que hayamos logrado entender las razones de su inquina. De todos modos, deseamos que continúe (con su estilo y sus propuestas) con la trayectoria de un festival que nació único y exitoso y que mantuvo intacta su ambición y, ante todo, su independencia.

6. Así que esto es un adiós. Pero es un adiós doble, o cuádruple, dado que somos dos y nos toca despedirnos dos veces. Poco antes de que se decidiera nuestra expulsión del Bafici, Gustavo Noriega –nuestro socio desde 1991– ofreció comprarnos la parte en El Amante para seguir solo al frente de la publicación y de la escuela (emprendimiento en el que nunca participamos). Es una propuesta lógica. Desde que empezamos a ocuparnos del Bafici nos fuimos alejando paulatinamente de la revista y hoy compartimos muy poco de su línea editorial y ni siquiera conocemos personalmente a los redactores que se incorporaron en los últimos años. Así que, a partir de este número, dejamos de ser parte de la dirección aunque es posible que escribamos ocasionalmente.

7. Resta agradecer. A nuestras familias. Tanto Norma como Tino y Luisa que ya no están fueron los responsables de que esta revista haya existido. A los redactores, técnicos y empleados que compartieron nuestras épocas más entusiastas en El Amante y, muy especialmente, a nuestra amiga Gabriela Ventureira, histórica y devota correctora de El Amante y del catálogo del Bafici. Y a los lectores que tantas veces nos alentaron a seguir. Así como a los espectadores del Bafici, o al menos a los que disfrutaron de nuestro trabajo de programación. Y a los programadores, Luciano Monteagudo, Marcelo Panozzo y Diego Brodersen. (Y también a María Valdez y a Diego Dubcovsky y, especialmente, a Ricardo Manetti, que hace cuatro años llamó a Flavia para ser parte del equipo, antes de que se nombrara a Quintín como director.) Y a Rosa Martínez Rivero, Violeta Bava, Eloísa Solaas, Carolina Baitman y a Hugo Salas, la parte del equipo de producción con la que siempre nos sentimos cómodos y comprendidos. Y a todos los que participaron, cineastas, críticos, programadores, que enriquecieron año a año nuestro trabajo. A la distancia, fue un placer y una aventura hacer esta revista y hacer el festival.

Nos despedimos con una foto del último festival que visitamos, tomada en los escenarios favoritos de Theo Angelopoulos, en una tarde fría de este noviembre de 2004 en Salónica, cuando casualmente en compañía de Alejo Taube y Vincenzo Marra, nos parecía que sólo era cuestión de poner una cámara para tener una película. Tal vez no sea así pero la foto, antes de sacarla, parecía apropiada para una despedida. Hasta siempre.


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Del mismo autor:
7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
4. Siesta
3. Almuerzo
2. Matutinas
1. Residuo Nocturno
Al-Fon-Sín
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